Dos cadáveres

"Y la grasa ascendió al cielo enroscándose en el humo" - Homero. La Ilíada, Canto I, 318.

Llegamos a la casita de madera del viejo marino, la que está frente a la laguna y de espaldas al mar.

Pusimos el pollo en la parrilla, boca abajo y con las patas abiertas como un veraneante al sol, y encendimos unos palos de acacia.

El viejo marino destapó un vino oscuro. Brindamos, respiré profundo y seguí el vuelo de una cigüeña que aleteó y se posó, bailarina sobre el agua, para mirarse al espejo.

El celular del viejo marino sonó.

—Perdón, tigre, es un minuto… —me dijo, y mantuvo un diálogo con la cara dura.

Cortó y me habló.

—Mi mujer… al final la perra se nos murió. La está trayendo con mi yerno. La vamos a enterrar acá.

El pollo bronceado largaba un olor denso y verde a mostaza, limón y perejil.

La cara endurecida del viejo marino se puso negra. Parecía una papa sembrada de yuyo blanco.

El auto se detuvo a cinco metros de nosotros. La mujer bajó en silencio con un pañuelo en la mano. Dos chicas, que parecían sus nietas, y una cuarentona, que era la hija, la rodea- ron y palmearon. El pequeño cortejo se ordenó en torno a un pozo que el yerno, en cinco minutos y con la ayuda del viejo, cavó frente a la casa.

Yo apenas me movía y hasta sentía que mi respiración, que mi cuerpo instalado allí, que el pollo asándose, que el vino y la ensalada éramos parte de una banda criminal que no merecía clemencia y, aprovechando que ninguno me miraba, alejé unas brazas para evitar que el cadáver se quemara.

El viejo y el yerno sacaron del baúl del auto una bolsa negra y grande que podría haber contenido el cuerpo de un chico de diez años.

Las mujeres se mimaban los lomos mutuamente. El viejo y el yerno taparon la tumba con tierra y después usaron sus palas como bastones para pasar apoyados el minuto de silencio.

El ruido de la parrilla era imposible de callar. Quería morirme como la perra y hasta pensé que sería mejor enterrarme junto a ella hasta que todo pasara.

Después de un rato, cada uno giró para su lado y el círculo se rompió. La vida seguía. Tres de las cuatro mujeres subieron al auto sin mirarme, sonándose la nariz.

La vieja, la que más lloraba, la dueña del perro/perra, mujer del viejo marino, se acercó. Sentí que debía presentarle mis respetos:

—Lo lamento…. la verdad… no sabía… —susurré, incómodo, algo ridículo, culpable.

—No se preocupe, muchacho… es que son muchos años conmigo. Quince…

El humo nos internó en una bocanada irritante y aromática. El sonido de fondo ya era un escándalo: repercutía desvergonzada la grasa sobre el ardor.

La vieja miró para abajo, giró y se fue hacia el auto. El viejo marino se despidió de sus familiares y volvió a la parrilla. —Es así —empezó—, mientras están vivos les doy todo… Cuando mueren, para mí ya está… Pero mi mujer y las chicas lo sufren mucho… porque estaban todo el día… y mi mujer está mal, está enferma, entonces duele… ¿le pusiste más mostaza, tigre?—, me preguntó levantando de golpe la voz, incluso reprimiendo, pensé, una carcajada. —No…

—Dejá, dejá —me dijo—, dejame a mí, que vos de esto no entendés nada.

Y ahí sí, ahí los dos largamos la risa.

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