El caos como política

Para algunos colectivos, el desorden es un derecho y el orden es la opresión.

Las manifestaciones en Europa son una nueva muestra de cómo la vieja división entre izquierdas y derechas está siendo devorada por una grieta mucho más profunda, visceral y psicológica. No se trata solo de economía o de gestión pública; se trata de cómo entendemos la realidad misma y a la vida en sociedad. Nuestro mundo se ha fracturado entre dos visiones irreconciliables: un mundo de Orden como objetivo social frente al mundo del Caos como reinvindicación. En esta grieta las redes sociales y las políticas encuentra en esta división su combustible más eficiente.

Para algunos colectivos, el desorden es un derecho y el orden es la opresión. Se unen quienes buscan romper las viejas reglas de funcionamiento social que ven como normas rígidas, jerarquías institucionales y tradiciones y no como redes de seguridad construidas pacientemente por generaciones. Para ellos son jaulas invisibles diseñadas para perpetuar el control de unos pocos sobre nuevas mayorías, estructuradas sobre múltiples minorías que son base de un basamento confusamente contradictorio. Ellos conciben el orden que les ha dado derechos como opresión, como una fuerza homogénea que aplasta su individualidad, su diversidad y la propia autenticidad humana que dicen proferir. Bajo esta lógica, el desorden no es anarquía destructiva, sino un derecho fundamental y la base de legitimidad de su resistencia y derecho a la protesta de forma radical. Romper las normas, y entre ellas obviamente como  primera la propiedad individual, es por definición, el acto central de su emancipación. El caos se celebra como la única garantía real de que el poder establecido no ha logrado domesticar el espíritu humano. Junto con ello vienen los múltiples individualismos y en esos países especialmente las migraciones.

Al otro lado, se encuentra un mundo que observa el panorama anterior con absoluto pavor. Para este grupo, el orden es la construcción histórica que separa la civilización de la barbarie y el abismo. Ven las leyes, los límites geográficos, las instituciones, los derechos individuales y la seguridad como el único suelo firme sobre el cual es posible construir una vida digna, prosperar y tener paz. Para estos, el desorden no es libertad; es una amenaza existencial a la convivencia y la vida colectiva. El caos, sostienen, destruye el esfuerzo acumulado por generaciones, genera y amplia conflictos colectivos y disuelve los lazos de confianza que sostienen a toda comunidad. En este universo, la obediencia a la norma no es sumisión, sino una muestra de responsabilidad cívica y madurez moral. La libertad solo existe si hay un marco institucional fuerte que la proteja de los impulsos más oscuros del ser humano.

Pero, lejos de buscar un puente o un sano equilibrio entre la libertad del caos y la seguridad del orden, los nuevos actores políticos propenden a la ruptura de los puentes posibles como base de su propia existencia y de la construcción de sus espacios de poder radicalizados. El objetivo de estos nuevos liderazgos pacientemente construidos en las grietas sociales que la enorme transición socioeconómica está facilitando, no es competir por convencer al rival, sino de profundizar las trincheras que se han ido construyendo con la globalización, utilizando este corte global y existencial como una herramienta de movilización masiva. En este escenario la política es el incentivo a la polarización. La moderación o el derecho a respectar a los otros no vende ni convence. Es más rentable empaquetar y enfrentar al adversario como extremista de unos derechos individualesl El insulto es siempre más fácil que el pensamiento, aunque los defensores del orden no sean tiranos totalitarios y retrógrados que odian la libertad y las minorías. Y que a los defensores del desorden se los vea como salvajes que quieren ver el mundo arder para poder existir como minorías reclamando ser mayorías. La nueva política se conforma como la capitalización del miedo y el resentimiento en las puertas de las próximas elecciones que se acercan en toda Europa. El orden se alimenta del miedo al crimen, de la pérdida de identidad y de la inestabilidad económica, prometiendo mano dura a cambio como garantía de convivencia. Por su parte, la política de «el desorden» se nutre del resentimiento contra las élites, las burocracias asfixiantes y las utopías de promesas incumplidas y del “quiero ya”, buscando romper las estructuras coloniales, patriarcales, meritocráticas o individualistas desde su raíz, y exigiendo a los demás unas reglas especiales de derechos.

Los algoritmos en las redes sociales aceleran este proceso. Al premiar la indignación, obligan a los ciudadanos a elegir un bando: o estás con el progreso disruptivo (caos) o estás con la ley y la tradición (orden). Nada nuevo en la historia. Es el inicio del gobierno de los radicalismos extremistas que es donde estamos ya instalados desde hace rato.

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6 Comentarios

  1. Seguimos con lo de izquierda repitiendo lo que dicen los medios de la derecha europea…
    La centro derecha del gobierno culpa a la izquierda, metiéndola en estas manifestaciones juveniles por sus fracasos. Mientras la extrema derecha (los fascistas) culpan al gobierno, aprovechan de paso también poner la opinión pública en contra la verdadera izquierda ganadora en las elecciones en Berlín.

    Lo que quieren hacer ver:
    Emmanuel Macron y el primer ministro han acusado directamente a la extrema izquierda de inflamar las calles, capitalizar políticamente el caos y respaldar a los manifestantes violentos. Desde la oposición conservadora y la extrema derecha de Marine Le Pen se coincide en señalar a partidos como Francia Insumisa por legitimar los disturbios.

    La realidad:
    Informes policiales y analistas constatan que en los disturbios graves (como los incendios de ayuntamientos en Limoges o los destrozos en Marsella y París) participan de forma activa grupos anarquistas, antifascistas y tácticas de Black Bloc.

    -El anarquismo no pertenece a la izquierda tradicional o parlamentaria, ya que rechaza por completo el Estado, los partidos políticos y las elecciones.

    -Los antifascistas no son militantes de partidos políticos de izquierda, sino que se organizan en agrupaciones, colectivos autónomos y redes comunitarias.

    -También están los grupos palestinos antisionistas que son los que están quemando los comercios de los judíos porque los otros ni los tocan.

    Así que dejen de culpar tanto a la izquierda.

  2. Para algunos colectivos, el desorden es un derecho y el orden es la opresión.
    La rotulación para comentaristas y publicista pasa a DEPENDER de la ideologia de eses «algunos».
    Lo que le quita objetividad y HONESTIDAD a los comentarios de esos apoyadores ideológicos….

  3. … 😊… tanto análisis… tanta teoría… para terminar concluyendo en que:
    «-Cada vez que kos franceses se reúnen en La bastilla…:
    los oligarcas tiemblan…-«

  4. ¿No les gusta el caos revolucionario a la gente de izquierda? Para construir algo nuevo, tienes que destruir primero. Además, no es que Francia no sea conocida por su caos revolucionario. Nunca en la vida.
    Entiendo. Están viejos y burgueses. Son el pasado.
    No se preocupen que, a veces, el caos se organiza solo en un atractor extraño. Siempre que pienso en eso pienso en Markarian, Lewowicz y Massera. Nosotros mismos somos ejemplo de autoorganización en un sistema complejo. Si no me creen, miren a un conjunto de péndulos dobles sincronizarse solos en un atractor. En youtube hay videos sobre el tema. Se llama «emergencia». Y, si fuera totalmente estático, no podría aparecer.
    Todo lo interesante, para aparecer, necesita algo de caos.
    Eso fue un poco profundo. Es poco probable que me entiendan. No importa.

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