El imperio de la doble vara

La política exterior de Estados Unidos y la democracia selectiva.

Existe una frase atribuida al escritor y político mexicano Carlos Fuentes que, con el paso del tiempo, se transformó en una de las definiciones más mordaces sobre la política exterior estadounidense: *»Estados Unidos no sufre golpes de Estado porque no tiene embajada estadounidense en su territorio.»*

La expresión, cargada de ironía, resume décadas de intervenciones directas e indirectas de Washington en los asuntos internos de numerosos países. Desde América Latina hasta Oriente Medio, pasando por África y Asia, la historia contemporánea está repleta de episodios en los que la defensa de la democracia, los derechos humanos o la libertad de mercado sirvieron como justificación para operaciones que terminaron alterando gobiernos, desestabilizando sociedades y modificando equilibrios políticos enteros.

Estados Unidos se presenta ante el mundo como el principal garante de los valores democráticos. Sin embargo, la realidad histórica muestra una contradicción difícil de ignorar. Mientras exige elecciones transparentes, respeto institucional y soberanía popular en otras naciones, ha respaldado o tolerado acciones destinadas a derrocar gobiernos considerados incómodos para sus intereses estratégicos.

La caída del muro de Berlín no modificó sustancialmente esta lógica. Las intervenciones en Irak, Afganistán, Libia o Siria demostraron que el unilateralismo continúa siendo una herramienta habitual cuando Washington considera amenazados sus intereses. El resultado de muchas de estas acciones ha sido devastador: Estados fragmentados, crisis humanitarias, desplazamientos masivos y regiones enteras sumidas en conflictos prolongados.

Lo paradójico es que Estados Unidos jamás aceptaría para sí mismo las prácticas que promueve o tolera en terceros países. Ninguna potencia extranjera podría financiar grupos opositores, influir en sus procesos electorales, imponer sanciones destinadas a modificar el comportamiento de sus votantes o respaldar movimientos destinados a alterar el orden institucional sin provocar una reacción inmediata de Washington.

La soberanía parece ser un principio universal cuando se trata de Estados Unidos, pero relativo cuando se trata del resto del mundo.

La política exterior estadounidense suele justificarse bajo la idea del «liderazgo global». El surgimiento de un mundo multipolar refleja precisamente el agotamiento de esa visión. Potencias emergentes como China, India, Brasil o los países agrupados en los BRICS buscan construir mecanismos alternativos que reduzcan la dependencia de estructuras dominadas históricamente por Washington.

La frase sobre la inexistencia de golpes de Estado en Estados Unidos porque allí no existe una embajada estadounidense puede resultar exagerada. Pero su permanencia en el imaginario político internacional demuestra que millones de personas perciben una profunda contradicción entre el discurso y la práctica de la principal potencia mundial.

La democracia no puede ser una mercancía de exportación administrada desde centros de poder. Si Estados Unidos pretende seguir siendo una referencia moral en el escenario internacional, deberá comenzar por aplicar fuera de sus fronteras los mismos principios que exige dentro de ellas.

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1 Comentario

  1. «Mientras el circo político nos distrae, Flock construye el estado policial digital
    Por John W. y Nisha Whitehead | 18 de julio de 2026

    Había que vivir —y de hecho se vivía, por costumbre que se convirtió en instinto— bajo la premisa de que cada sonido que se emitía era escuchado y, salvo en la oscuridad, cada movimiento era examinado minuciosamente. —George Orwell, 1984»

    RON PAUL INSTITUTE Org.

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