«El Martí que fraguaron las escuelas cubanas»

Investigador revela el culto cívico al Héroe Nacional cubano en instituciones de Santiago de Cuba, antes y después de 1959.

Momento en que María Caridad Rodríguez Guibert (Macusa) expresa emotivas palabras cuando el Colegio Spencer recibe la custodia del Mausoleo.

«El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos». Esa frase, escrita por José Martí Pérez hace más de un siglo, condensa la esencia del poeta, periodista, diplomático y estratega independentista cubano. Nacido en La Habana en 1853 y caído en combate en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, su pensamiento antirracista, antimperialista y profundamente humanista lo convirtió en el más universal de los cubanos.

Sin embargo, durante las primeras décadas de la República Neocolonial (1902-1958), el conocimiento de su figura fue un proceso desigual. Durante años, solo se conmemoró la fecha de su muerte. No fue hasta el 20 de abril de 1922, bajo la presidencia de Alfredo Zayas, que se decretó el 28 de enero —natalicio del Apóstol— como fiesta nacional. La norma incitaba a nombrar calles principales con su nombre y a colocar bustos u obeliscos en cada municipio. Cada 28 de enero, los niños de todos los colegios, con una flor en el pecho, rendirían homenaje al «Maestro».

Pero mientras el Estado oficializaba los símbolos, desde antes, en las aulas santiagueras germinaba un culto cívico mucho más profundo. Así lo documenta el investigador Arnaldo Alfredo Delgado Fernández, Máster en Ciencias Sociales y Pensamiento Martiano por la Universidad de Oriente, quien ha examinado archivos y prensa de la época para reconstruir dos experiencias excepcionales: la escuela pública No. 3 Spencer (para niñas) y el colegio privado Juan Bautista Sagarra (para varones).

«Muchas veces se analiza la República desde visiones demasiado rígidas, y eso provoca simplificaciones», advierte Delgado. «El hecho de que una institución fuera privada, disciplinada o utilizara ceremonias cívicas no significa automáticamente que fuera conservadora o antinacional».

Investigador Arnaldo Alfredo Delgado Fernández, Máster en Ciencias Sociales y Pensamiento Martiano por la Universidad de Oriente.

Dos escuelas, un mismo fervor

Según detalló Delgado, la escuela Spencer fue fundada en 1905. En 1912, sus maestras descubrieron algo que las autoridades habían ignorado: la tumba de José Martí en el cementerio Santa Ifigenia estaba en abandono. Lejos de una queja formal, crearon la Comisión Pro Martí.

El investigador narró cómo organizaron colectas públicas, movilizaron a las familias de las alumnas y lograron encargar al escultor italiano Ugo Luisi el primer busto de mármol dedicado al Apóstol en Santiago de Cuba. Luisi, impresionado por el patriotismo de aquellas educadoras, renunció a su honorario. Solo aceptó el pago del seguro y el traslado de la pieza desde Italia.

«Ahí Martí dejaba de ser una figura distante y se convertía en una responsabilidad cívica concreta», explicó Delgado. El episodio tiene además una dimensión de género: en 1912, cuando la participación política de las mujeres era muy limitada, estas maestras asumieron liderazgo público y rompieron roles tradicionales.

En la otra orilla educativa, Delgado se refirió al colegio privado Juan Bautista Sagarra, fundado en 1903 por el pedagogo Luis María Buch Rodríguez. Aunque Martí ya había muerto ocho años antes, el centro desarrolló su propio modelo de formación patriótica tomando la vida y obra del Apóstol como referente moral y cívico. Según precisó el investigador, desde 1909 adoptó una organización militar para su alumnado. No se trataba de una orientación vocacional hacia el Ejército, sino de un mecanismo para garantizar disciplina y organización. Los estudiantes recibían instrucción gradual, ajustada a su edad. La asignación de grados militares funcionaba como incentivo al rendimiento académico y la buena conducta.

Pero el rasgo más distintivo del Sagarra fue, según Delgado, la llamada «República Escolar». Los alumnos elegían representantes, debatían asuntos internos y aprobaban artículos de una constitución escolar. «En una república donde muchas veces predominaban el clientelismo político y la frustración cívica —señaló—, la escuela intentaba enseñar cómo debía funcionar una ciudadanía ideal».

Delgado recordó que la Jura de la Bandera estaba institucionalizada desde 1910 por decreto del presidente José Miguel Gómez, y se concebía no como una «fiesta sentimental» sino como «enseñanza viva» de valores nacionalistas. Paradójicamente, la conmemoración oficial del natalicio de Martí no se celebró hasta el 28 de enero de 1923. Ese día, escuelas públicas y privadas se reunieron en la Plaza de Marte de Santiago de Cuba. «Eso demuestra —resumió Delgado— que antes de 1959 (triunfo de la revolución cubana) ya existía una tradición educativa que vinculaba a Martí con la soberanía nacional, la ciudadanía activa y la defensa de Cuba frente a influencias extranjeras».

Martí siendo homenajeado en Cuba.

Mitos y anacronismos

Uno de los hallazgos más sugerentes de la investigación de Delgado, según compartió con esta periodista, es que la primera institución privada fundada en Santiago de Cuba durante la ocupación militar estadounidense (1898-1902) llevó el nombre de José Martí. Fue el Instituto Martí, creado en 1900 por la American Baptist Home Society.

«Nombrar a Martí en Cuba era sinónimo de libertad e independencia, y sobre todo de patria». Arnaldo recordó los contactos del Apóstol con grupos evangélicos en Tampa y Cayo Hueso, documentados por el reverendo independentista Manuel Deulofeu.

El peligro, insistió, es mirar el pasado con lentes ideológicos actuales y perder los matices. «Aunque dentro de una República dependiente y mediatizada, existieron espacios donde la escuela actuó como defensora de la identidad nacional cubana».

Estudiar a Martí sin edulcorarlo

Con el triunfo revolucionario de 1959 se amplió el estudio sistemático de la obra martiana. Delgado mencionó a Roberto Fernández Retamar, Cintio Vitier y Armando Hart como figuras clave. Destacó también la creación de la Maestría en Ciencias Sociales y Pensamiento Martiano en la Universidad de Oriente, un programa orientado a usar el pensamiento del Apóstol como método de análisis de los problemas sociales actuales.

En un contexto global marcado por el resurgimiento de discursos de odio, la crisis de representación democrática y nuevas formas de colonialismo cultural, estudiar a Martí sin edulcorarlo se vuelve una necesidad. No se trata de venerar una estatua ni de repetir frases hechas. Se trata de entenderlo como un hombre integral: un intelectual que fue a la vez diplomático y guerrillero, poeta y organizador político, idealista y profundo conocedor de las realidades concretas de su tiempo. «El principal desafío es evitar la ritualización vacía», advirtió Delgado. «Las maestras de la Spencer enseñaban patriotismo organizando acciones reales; los estudiantes del Sagarra aprendían ciudadanía practicando autogobierno escolar. Eso sigue siendo muy actual».

Y concluyó: «Las nuevas generaciones necesitan experiencias participativas, no solamente discursos solemnes. El verdadero conocimiento de Martí no consiste en memorizar frases o fechas, sino en convertir sus ideas en conducta ética y compromiso social. Cuando eso ocurre, Martí sigue siendo un referente vivo. Cuando se pierde esa conexión con la realidad cotidiana, corre el peligro de transformarse en un símbolo vacío».

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