El objeto cultural como refugio

¿Qué se gana y qué se pierde cuando un producto artístico deja de ser un objeto? ¿Qué pasa cuando el disco de vinilo, el CD o el libro impreso pasan a ser solo un archivo digital?

El soporte físico no tiene como único propósito contener la obra, sino completar la experiencia.

A priori, pareciera que se modifica un aspecto importante: la emoción. Nuestra relación con los objetos no suele ser meramente racional. Están ligados a las emociones. Representan una forma de vida, una época, una moda. Los objetos cuentan historias; a veces, la nuestra. Y, en el caso de aquellos que tienen un fin artístico o sirven de soporte para él, contienen en sí mismos el resultado no solo del estudio y el trabajo, sino también de la inspiración.

Es fácil recordar memorables portadas de discos de vinilo que reflejan cabalmente el espíritu del álbum. En esos trabajos hay arte y diseño. Pero también hay un material tangible que se expresa en la textura, los brillos, los relieves y hasta en su particular aroma.

¿Cómo es la experiencia con un álbum que no es otra cosa que una playlist en una plataforma digital?. Está el contenido musical. Incluso está la imagen de la portada del disco, pero solo la imagen. No es posible percibir ninguno de los otros elementos mencionados, que enriquecen, por cierto, la experiencia final del oyente.

El soporte físico no tiene como único propósito contener la obra, sino completar la experiencia. Instalar una biblioteca requiere elegir el mejor lugar, decidir una disposición, ordenar los libros según determinado criterio. Su propietario podrá contemplar orgulloso los volúmenes y su colorido, un paisaje prometedor para cualquier lector. Buscar un título para releer será un plácido ritual. Los libros en formato físico se prestan, se heredan, se canjean, se exhiben. Algunos escritores los tendrán consigo como si fueran hijos.

El libro electrónico, por el contrario, facilita el encuentro. Las palabras justas en el buscador nos enfrentan al material de forma casi inmediata. No hay esperas ni ejemplares que se esconden de nuestros ojos aun teniéndolos delante. No hay hojas manchadas ni tapas estropeadas por el descuido de un préstamo. No hay habitaciones enteras ocupadas en la casa de un lector voraz. Tampoco hay que cargar el peso de las buenas ediciones durante un viaje de vacaciones.

Tal vez el objeto sea un refugio. Allí hay algo más. El libro que compramos en un viaje representa para nosotros no solamente la obra que contiene, sino también la memoria de ese viaje y del momento en que decidimos llevarnos ese ejemplar. El disco autografiado por un artista admirado después de un concierto no reúne únicamente canciones que ya conocemos de memoria y a las que podemos acceder desde cualquier plataforma. Es también el resumen palpable de aquella experiencia: la expectativa previa, el ingreso al teatro, la puesta en escena, la emoción compartida. Y, sobre todo, la posibilidad de volver a ella. Basta con tomar el objeto entre las manos para revivir ese instante.

Con ambas caras de la situación sobre la mesa, surgen algunas preguntas. ¿Es necesario el objeto físico para completar o potenciar la experiencia artística? ¿Puede el formato digital generar experiencias sensoriales y emocionales comparables en torno al contenido?

Las plataformas almacenan millones de obras. Pero ¿dónde podremos almacenar las historias personales que vivimos alrededor de ellas? No hacen falta los objetos por los objetos mismos, por más valor estético que posean. Hacen falta porque, con el tiempo, terminan convirtiéndose en la evidencia material de nuestra propia biografía.

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