Un piano fue construido para sonar. Parece algo obvio. Sin embargo, durante décadas, un piano de cola de la marca C. Bechstein permaneció en silencio en una sala de música de la Casa Quinta de José Batlle y Ordóñez, en el barrio montevideano de Piedras Blancas.
Sus cuerdas permanecían en tensión, pero el teclado, su mecanismo y la imponente presencia del instrumento se detuvieron en el tiempo. El pasado 3 de octubre volvió a sonar. Pero no solo como un piano cuyas cuerdas volvían a vibrar, sino como una vuelta a la vida. El instrumento, de origen alemán, llegó a Uruguay en 1911 para Ana Amalia Batlle Pacheco, hija del Presidente de la República Oriental del Uruguay, José Batlle y Ordóñez y de Matilde Pacheco. Ana Amalia había nacido en noviembre de 1894 y desde muy joven mostró interés por las artes, la literatura y la música. En su casa recibía clases del músico y compositor Alfonso Broqua.
Aquel piano no era un instrumento cualquiera. La fábrica C. Bechstein, fundada en Berlín en 1853, había alcanzado un enorme prestigio en Europa por la construcción de pianos de alta gama. Sus instrumentos fueron elegidos por destacados intérpretes y compositores, entre ellos Franz Liszt y Richard Wagner. En Berlín, la firma creó además el Bechstein Hall, dedicado a los conciertos de piano y a la música de cámara. Es fácil imaginar a la joven Ana Amalia y su entusiasmo frente a ese instrumento. En la sección Musicología del Museo Histórico Nacional se conserva su colección de partituras. Hay allí obras de diversos autores y compositores y algunas llevan dedicatorias manuscritas. Entre ellas, la musicalización del poema Tabaré, de Juan Zorrilla de San Martín, realizada por su maestro Broqua.

El piano formó parte de su educación, pero también de su mundo interior. En 1912, cuando tenía 17 años, Ana Amalia contrajo una enfermedad pulmonar que posteriormente sería diagnosticada como tuberculosis. Nueve meses después, con apenas 18 años, murió en su casa. El velatorio se realizó en la Sala de música y el ataúd fue apoyado sobre el mismo instrumento que había acompañado sus estudios y su desarrollo musical. Atravesada la tragedia, el piano dejó de sonar. Cuenta la tradición que su padre no permitió que volviera a tocarse. Hay algo profundamente abrumador en un piano que permanece en silencio. Un piano no es un objeto inerte. Por el contrario, está vivo. Madera, cuerdas, martillos. Pero el silencio se convirtió en parte misma del instrumento. Y el Bechstein pasó a ser memoria. Y también ausencia. Un objeto capaz de contener, al mismo tiempo, la vida, la muerte y el duelo. Matilde Pacheco continuó preservando y ampliando la biblioteca que había compartido con su hija. Los libros, las partituras y los espacios fueron adquiriendo otra dimensión: ya no eran solamente parte de la vida cotidiana, sino fragmentos de una vida que había sido interrumpida.
Durante décadas, el piano permaneció allí. Mudo. Solemne y espectral. Las últimas notas interpretadas por Ana Amalia fueron, durante muchos años, las últimas voces del Bechstein. Hasta que llegó el momento de volver a escucharlo. En octubre de 2026, el Museo Histórico Nacional y la familia Batlle coincidieron en que había llegado el momento de que el instrumento volviera a la vida. No solamente por su valor musical, sino también como homenaje a la joven Ana Amalia y su relación con la música.
El regreso no fue inmediato. Después de tantos años callado, el instrumento requirió varias semanas de trabajo por parte de técnicos especializados. Fue regulado mecánicamente. Su mecanismo de acción contiene alrededor de 10.000 piezas móviles. También se entonó y afinó repetidas veces, ya que las cuerdas debieron recuperar progresivamente la tensión adecuada. Horas de paciencia, para lograr estabilidad y reducir al mínimo el riesgo de que alguna cuerda se cortara. Casi como un proceso de rehabilitación, pareciera que el Bechstein tenía que volver a aprender a sonar. Y finalmente lo hizo.

Jóvenes pianistas alumnos de los profesores Agustín Urbina y Gonzalo Techera y de la Cátedra Superior de Piano del Sodre, bajo la dirección de Matías Ferreyra, interpretaron obras de compositores uruguayos como Jaurés Lamarque Pons, Guido Santórsola, Carmen Barradas y Eduardo Fabini; de los argentinos Alberto Ginastera y Astor Piazzolla; y de clásicos europeos como Robert Schumann, Johannes Brahms y Claude Debussy. Los intérpretes fueron Santiago Hernán Pereira, Santiago De Biase, Mateo Bennet, Federico Rivero y Manuel Almada, junto a los profesores Urbina y Techera.
El Bechstein volvió a hacer aquello para lo que había sido construido. Música. Volvió a cantar. Y volver a escucharlo no significa solamente recuperar un instrumento, sino interrumpir un largo silencio. Volvió a la vida, y de alguna manera, Ana Amalia sigue ahí, haciendo música.
Fuentes: Museo Histórico Nacional, Una vida breve en el 900. Ana Amalia Batlle Pacheco, coordinado por Andrés Azpiroz y Gerardo Caetano, Montevideo, Planeta/Museo Histórico Nacional, 2024; De ellas dos. La biblioteca de Matilde Pacheco y Ana Amalia Batlle, Montevideo, Museo Histórico Nacional, 2023; información institucional del Museo Histórico Nacional sobre la Casa Quinta de José Batlle y Ordóñez.

