«El valor de una silla vacía»

En la jornada inaugural del 81º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU, la delegación cubana (mi delegación) se levantó y abandonó el plenario mientras intervenía el presidente Donald Trump.

Momento en que se retira la delegación cubana de la ONU cuando habla Trump.

No fue una huida ni un arrebato: fue un gesto político. Trump había calificado a Cuba como “Estado absolutamente fallido” y había anunciado presión y negociaciones desde Washington.

Ese gesto de hoy de la delegación cubana (mi delegación) me recordó la frase del canciller cubano Raúl Roa en la OEA,:

“Me voy con mi pueblo y con mi pueblo se van también los pueblos de nuestra América”.

Ese es el antecedente histórico que da sentido y espesor a la retirada de la delegación cubana hoy del plenario de la ONU.

Roa la pronunció en San José, Costa Rica, a finales de agosto de 1960, durante la VII Reunión de Consulta de Cancilleres de la OEA.

Ante la certeza de las denuncias de Cuba sobre la inminente agresión de la CIA, el canciller se levantó de su escaño, pidió la palabra y anunció la retirada de su delegación.

No fue una huida: fue un acto de dignidad que le valió el sobrenombre de Canciller de la Dignidad.

Aquel gesto de 1960 y el abandono del plenario de la ONU en 2026 comparten la misma lógica política.

En ambos casos, la retirada es la respuesta de quien se niega a legitimar con su presencia el discurso del adversario ante la sarta de mentiras y amenazas de quien se cree el matón del barrio.

Roa lo dejó claro antes de irse: “El Gobierno Revolucionario de Cuba no ha venido a San José de Costa Rica como reo, sino como fiscal”.

La delegación cubana hoy no huyó del debate; lo trasladó al terreno simbólico, donde una silla vacía puede ser más elocuente que cualquier discurso.

Quienes hoy, en las redes sociales, califican la retirada como presunta «cobardía» desconocen esta tradición diplomática y la dignidad de la Revolución.

Una foto de la delegación cubana en el plenario de la ONU.

Cobardía sería quedarse a escuchar en silencio lo que se considera una infamia.

El gesto de Roa fue recibido en el exterior por una multitud que coreaba “¡Cuba sí, yanquis no!”, y su frase quedó inscrita en la memoria de los pueblos de América.

La delegación cubana de 2026 no hizo más que actualizar ese mismo gesto: retirar la presencia para no blanquear al orador, dejando que el vacío de la silla hable por sí mismo.

Cobardía es callar ante la injuria, aplaudir lo que se condena, quedarse para legitimar con la presencia, temer al gesto y refugiarse en el protocolo.

No es cobarde quien se retira de un discurso que considera infame; cobarde sería quien, pudiendo protestar, prefiere la comodidad del asiento.

La retirada diplomática no es una fuga, sino una forma de comunicación no verbal, un mensaje que no necesita micrófono y una negativa a ser cómplice público.La presencia en una sala otorga legitimidad. Por eso, retirarla es un acto de responsabilidad política.

No se abandona el plenario por miedo, se abandona el escenario para no blanquear al orador.

La silla vacía se convierte entonces en la noticia, y el vacío habla más que mil discursos. Quien se va no huye del conflicto: lo traslada a un terreno simbólico más potente.

Cuba no está en condiciones de igualdad en ese recinto; la asimetría de poder es real.

El gesto es una desobediencia simbólica: decir “no te escucho como legítimo”, “no acepto tu relato”, “mi ausencia es mi voz”.

¿Por qué ahora algunos medios y cuentas lo llaman cobardía?

Quizá porque confunden valentía con sumisión, o porque creen que aguantar insultos es heroísmo.

Pero el heroísmo no es quedarse quieto ante el atropello; el heroísmo es hacer lo correcto, aunque cueste. La delegación cubana eligió no legitimar, no ser comparsa, dejar una silla vacía que sigue hablando.

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