La pérdida auditiva afecta a más de 1.500 millones de personas en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). De ellas, unos 430 millones presentan una discapacidad auditiva moderada o grave que limita su vida diaria. En Uruguay, como en gran parte de América Latina, los especialistas advierten que los casos aumentan, especialmente entre jóvenes y adultos que no adoptan medidas preventivas básicas. La audición, muchas veces subestimada, es un sentido esencial para la comunicación, la educación y la calidad de vida.
El oído humano es un sistema delicado. Las células ciliadas del oído interno, responsables de transformar las vibraciones sonoras en impulsos eléctricos, no se regeneran. Una exposición prolongada al ruido, infecciones mal tratadas o el uso de auriculares a volumen elevado pueden dañarlas de forma irreversible. De allí la advertencia médica: la pérdida auditiva no siempre es consecuencia del envejecimiento, sino del descuido cotidiano.
Entre los factores más frecuentes se encuentran los ruidos laborales, la contaminación sonora urbana y los hábitos de escucha peligrosa. En fábricas, talleres o espectáculos, los niveles de sonido suelen superar los 85 decibelios (dB), límite a partir del cual el daño auditivo puede comenzar. La exposición continua a estos niveles, sin protección adecuada, puede generar hipoacusia progresiva. “Las personas suelen acostumbrarse al ruido, pero eso no significa que el oído se adapte; significa que se está dañando sin que uno lo perciba”, explica la fonoaudióloga y audióloga uruguaya Carolina Duarte.
El uso intensivo de auriculares representa uno de los desafíos más preocupantes. Los dispositivos personales de audio, populares entre adolescentes y adultos jóvenes, pueden alcanzar niveles superiores a los 100 dB. Los especialistas recomiendan aplicar la regla del 60/60: escuchar al 60% del volumen máximo y no más de 60 minutos seguidos. También se aconseja preferir auriculares que cubran la oreja en lugar de los que se insertan dentro del canal auditivo, ya que estos últimos aumentan la presión sonora directamente sobre el tímpano.
La pérdida auditiva no solo afecta la comunicación, sino que también puede tener impactos emocionales y cognitivos. Diversos estudios relacionan la hipoacusia no tratada con mayores tasas de aislamiento social, depresión e incluso deterioro cognitivo en adultos mayores. “El cerebro necesita estímulos sonoros para mantenerse activo. Cuando se pierde audición y no se compensa con audífonos o terapias, se acelera el envejecimiento cerebral”, afirma el otorrinolaringólogo argentino Javier Rodríguez, especialista en neuroaudiología.
La prevención, sin embargo, es posible y efectiva. El control auditivo anual es tan importante como el control visual o dental, especialmente en personas expuestas al ruido o mayores de 50 años. En el entorno laboral, el uso de protectores auditivos, como tapones o cascos aislantes, es obligatorio en muchas industrias, aunque su cumplimiento aún es irregular. En el hogar, reducir el volumen de televisores y equipos de música, ventilar los oídos tras el baño y evitar introducir objetos en el canal auditivo son medidas simples que pueden evitar problemas mayores.
En el ámbito de la salud pública, los programas de detección temprana en recién nacidos y escolares son clave. Un diagnóstico precoz permite intervenir a tiempo, mediante tratamientos médicos, dispositivos auditivos o implantes cocleares. La OMS prevé que, si se adoptaran políticas preventivas efectivas, más del 60% de los casos de pérdida auditiva podrían evitarse.
El sonido, en su justa medida, es vida. La audición nos conecta con los demás, con la música y con el entorno. Cuidar los oídos es, en definitiva, cuidar la comunicación y la identidad personal. En tiempos de ruido constante, el silencio voluntario puede ser una forma de salud.
Escuchar con conciencia es también una forma de vivir mejor.

