Escuchar sin oír.

¿Dejó la música de ser un acontecimiento?

Hoy podemos escuchar casi cualquier música en segundos. Basta un dispositivo conectado  a internet para acceder a incontables obras grabadas en cualquier lugar del mundo. Nunca  fue tan fácil reproducir música; sin embargo, nunca fue más difícil prestarle atención.  

Durante siglos ocurrió exactamente lo contrario. La oportunidad de escuchar música se  limitaba a la ejecución en vivo y esto ocurría en salones privados de los palacios de la  aristocracia, en ceremonias religiosas o en fiestas y reuniones particulares. Claro que  también se podía oír música de manera más informal, cuando las personas cantaban,  silbaban o tocaban percusión mientras realizaban tareas de la vida cotidiana: trabajando,  caminando o en momentos de descanso. 

Si una obra despertaba interés, la única posibilidad de volver a escucharla era que alguien  la interpretara nuevamente. Esto convertía cada interpretación en un acontecimiento muy  valioso. En algunos casos, incluso, estaba expresamente prohibida la reproducción de  determinada música fuera de los ámbitos para los que había sido concebida. 

Por ejemplo, la Iglesia Católica prohibía que la música interpretada durante la celebración  eucarística fuera copiada, escrita o reproducida fuera de ese ámbito. Es famosa la anécdota  de un Mozart muy joven que asiste a misa en la Capilla Sixtina y queda encantado con la  obra “Miserere”, compuesta para el salmo Miserere mei Deus por el sacerdote y músico  italiano Gregorio Allegri. La partitura era un secreto custodiado por el Vaticano. Mozart,  luego de escucharla una sola vez, llegó a su casa, la escribió completa y tocó la melodía  ante los orgullosos oídos de su padre. Pero ese no era un recurso del que pudiera disponer  la mayor parte del público. 

Pasaron los años, las décadas y los siglos, y la música dejó de estar limitada a un momento  o contexto determinado. El fonógrafo fue el primer dispositivo que ofreció la posibilidad de  grabar sonido. La radio multiplicó la escucha y la acercó más a la vida cotidiana. También  moldeó, de alguna manera, las modas y los gustos musicales. 

Lo que pasó después ya es conocido: surgieron diferentes formatos para almacenar,  transportar, consumir y difundir música. Discos de vinilo, cassettes, discos compactos, MP3,  plataformas digitales. Música en todas partes y en todo momento. Y eso naturalmente  cambia por completo la percepción y la emoción de aquello que pertenece a un momento  único e irrepetible, como lo es cada actuación en vivo. 

Ya no se vive con la misma frecuencia ese ritual de encontrarse con el propósito de  escuchar un disco. Tampoco la capacidad de tocar un instrumento se percibe igual. Estudiar  música, asistir a conciertos o interpretar una obra eran actividades reservadas para una élite  y consideradas símbolos de distinción y educación.

Afortunadamente, eso se democratizó y la música está hoy más presente que nunca. 

 

Pero  también existe un lado B: la música compite hoy con muchos otros estímulos por nuestra  atención y difícilmente conserve la exclusividad que tuvo. 

El ensayista alemán Walter Benjamin decía, en su trabajo La obra de arte en la época de su  reproducción mecánica, que existe un “aura” que vuelve única a una obra de arte. Tiene que  ver con que exista en un lugar y un momento irrepetibles, que implique un ritual o una  tradición, que experimentarla signifique verdaderamente “estar ahí”. Por ejemplo,  contemplar un cuadro original en determinado espacio, con su luz, su atmósfera y su  contexto particulares.  

Las ventajas que ofrecen las tecnologías radican, justamente, en la enorme difusión que  permiten. Más personas pueden acceder de forma instantánea. Según Benjamin, la  reproducción mecánica erosionaba esa “aura”, pero al mismo tiempo ampliaba las  posibilidades de acceso. Hoy es posible escuchar ópera, jazz o tango electrónico en un  remoto pueblo lejos de una gran capital. Las plataformas de streaming introdujeron además  una nueva lógica: algoritmos que recomiendan música, listas de reproducción infinitas y una  escucha cada vez más fragmentada. Muchas veces la música ya no se elige; aparece.  

También se redujeron las barreras para los artistas: ya no es necesario contar con un sello  discográfico internacional para alcanzar notoriedad y consolidar una audiencia. Eso abrió la  posibilidad de conciertos multitudinarios. 

La tecnología, además, ha sido fundamental para preservar registros históricos que, gracias  a la digitalización, vuelven a la vida y pueden difundirse masivamente. Algo esencial para  construir memoria. 

Antes, la música era más exclusiva: un ritual que se celebraba con entusiasmo. Hoy nos  acompaña a todas partes. Vivimos tiempos de inmediatez, y tal vez por eso cada vez cueste  más encontrar esos momentos en los que realmente logra detenernos.  

El desafío de hoy no es acceder a la música, sino prestarle atención.

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