Antes de convertirse en una referencia del arte uruguayo, Joaquín Torres García fue también un extranjero que intentaba sostener a su familia y encontrar un espacio para su obra. Ese hombre, atravesado por las urgencias cotidianas y la obstinación creadora, protagoniza El desterrado. Joaquín Torres García en Nueva York, la novela de Hugo Burel publicada por Sudamericana.
La historia comienza con su llegada a Estados Unidos en 1920, acompañado por su esposa, Lita, y sus tres hijos. Según la presentación editorial, desembarca con escasos recursos y un conocimiento limitado del inglés, después de dejar atrás una extensa experiencia europea. Nueva York aparece como la posibilidad de empezar otra vez.
La ciudad ofrece un escenario de contrastes: rascacielos, publicidad, transportes y multitudes expresan una modernidad que fascina al artista, pero también lo enfrenta con las exigencias del mercado. Para mantener a su familia, realiza trabajos diversos y procura desarrollar comercialmente sus juguetes de madera. La necesidad de obtener ingresos convive con la resistencia a abandonar sus convicciones artísticas.
El artista antes del reconocimiento
El interés de la propuesta está en abordar una etapa de búsqueda. El Torres García de esta reconstrucción todavía desconoce el alcance que tendrá su legado. La experiencia neoyorquina se presenta como un período de aprendizajes que no necesariamente se traducen en éxito inmediato.
Burel utiliza la ficción para acercarse a esa tensión entre vocación y supervivencia. El libro plantea, desde su argumento, una pregunta que excede al protagonista: qué posibilidades tiene un creador de preservar una mirada propia cuando las condiciones económicas parecen exigirle otra cosa.
La presentación de la novela tuvo lugar el 2 de setiembre en el Museo Torres García. Burel estuvo acompañado por Julián Ubiría, de Penguin Random House, y Alejandro Díaz, director del museo, según la crónica de Búsqueda reproducida por la Academia Nacional de Letras.
La elección del lugar vinculó el relato con el patrimonio del artista. Allí, la conversación permitió volver sobre los dos años estadounidenses y sobre experiencias que contribuirían a su posterior evolución.
El desterrado propone así una entrada a Torres García desde la incertidumbre. La distancia entre el reconocimiento posterior y las dificultades de aquel presente constituye el centro de su planteo: mirar al creador mientras todavía busca, se equivoca y necesita continuar.

