El pasado jueves en el Museo MAPI fue presentada la muestra “Los rostros de Guatemala “por el Dr/Ec.Claudio Rama,el director del MAPI Facundo de Almeida y el embajador de la República de Guatemala Emb. Christian Esaú Espinoza Sandoval.
Acompañados de personal diplomático de otros países ,autoridades nacionales y departamentales así como referentes culturales y público en general dieron a la velada un marco muy activo de concurrencia en la muestra.
La muestra expone una acción de historia y cultura muy interesante.
Un venado, un diablo, un conquistador español. Las máscaras de Guatemala atraviesan siglos de historia y condensan en sus rostros el choque entre el mundo maya y la colonización europea. La colección de Claudio Rama permite recorrer esa memoria cultural, donde una tradición ceremonial terminó convirtiéndose también en escenario de resistencia e identidad.
Hay historias que no se escriben en los libros. Se tallan en madera.
En Guatemala, algunas de esas historias tienen ojos, dientes, cuernos, colmillos y rostros humanos. Son las máscaras que, desde tiempos anteriores a la llegada de los españoles, forman parte de ceremonias, danzas y celebraciones y que todavía hoy salen a las calles durante las fiestas patronales.
A primera vista pueden parecer piezas de artesanía. Pero detrás de cada una existe una historia mucho más profunda.
La colección de Claudio Rama reúne parte de ese universo y permite observar cómo una tradición indígena logró atravesar uno de los momentos más violentos de la historia americana: la conquista española.
Para los mayas, la máscara no era simplemente un objeto destinado a cubrir el rostro. Permitía asumir otra identidad. Quien se la colocaba podía transformarse simbólicamente en un dios, un animal o un ser sobrenatural.
Y esa transformación tenía consecuencias.
Los animales ocupaban un lugar central en el imaginario maya. Las máscaras zoomorfas reproducían figuras presentes en leyendas, creencias y rituales. El animal no era solamente una representación: podía expresar fuerza, protección y una conexión espiritual con el mundo natural.
Incluso los guerreros podían recurrir a esas representaciones para intimidar al adversario.
Pero la historia cambió con la llegada de los españoles.
La conquista no consiguió borrar las máscaras. Las incorporó.
Los evangelizadores descubrieron en las danzas, los personajes y las representaciones teatrales una herramienta eficaz para transmitir la doctrina cristiana. Las máscaras comenzaron entonces a formar parte de espectáculos religiosos destinados a enseñar los principios de la nueva fe.
El resultado fue inesperado.
La tradición indígena no desapareció. Se transformó.
Los nuevos personajes comenzaron a convivir con los antiguos símbolos. Santos y diablos, conquistadores y guerreros indígenas, animales y personajes sobrenaturales terminaron compartiendo las mismas celebraciones.
Lo que había sido utilizado como instrumento de evangelización terminó funcionando también como mecanismo de supervivencia cultural.
LA CONQUISTA SE CONVIRTIÓ EN DANZA
El caso más revelador es el Baile de la Conquista.
La representación recrea el enfrentamiento entre los pueblos indígenas y las tropas españolas encabezadas por Pedro de Alvarado. En su origen, la puesta en escena estuvo vinculada a la representación de la victoria española y al proceso de evangelización.
Pero el tiempo produjo una transformación.
Las propias comunidades indígenas incorporaron la danza a sus celebraciones y la convirtieron en parte de su memoria colectiva.
La paradoja resulta poderosa: la historia de la conquista terminó siendo representada y conservada por aquellos pueblos que habían sido conquistados.
Las máscaras permiten entonces que ambos mundos aparezcan frente a frente.
El conquistador y el conquistado.
El vencedor y el vencido.
La religión impuesta y las creencias que sobrevivieron.
No se trata solamente de una danza. Es una forma de recordar.
CUANDO EL ANIMAL DEJA DE SER ANIMAL
La Danza del Venado introduce otra dimensión.
El venado ocupa allí un lugar que supera ampliamente la representación de un animal. La influencia de las concepciones nahualistas le otorga una dimensión espiritual y simbólica.
La máscara permite establecer un vínculo con una visión del mundo en la que la naturaleza, los animales y los seres humanos mantienen relaciones que no pueden comprenderse desde una mirada exclusivamente occidental.
Algo similar ocurre con el Tocontín, expresión de un universo en el que la danza, el personaje y la máscara forman una unidad.
Del otro lado aparecen las Danzas de Moros y Cristianos, traídas desde la tradición ibérica y adaptadas al contexto americano. Los antiguos enfrentamientos entre cristianos y musulmanes fueron reutilizados como parte del proceso de evangelización.
Una vez más, Guatemala transformó lo que recibió.
Y lo convirtió en algo propio.
LOS DIABLOS TAMBIÉN TIENEN HISTORIA
El Baile de los 24 Diablos ofrece otra muestra de ese proceso.
Cada diablo representa un pecado y la danza funciona como una representación teatral de la moral cristiana: pecado, castigo, condena y salvación.
Los rostros adquieren entonces una función pedagógica.
El espectador no solamente mira una máscara. Lee un mensaje.
Pero, al mismo tiempo, observa el resultado de siglos de mezcla cultural.
Eso es precisamente lo que hace que estas piezas tengan un valor que excede lo artístico.
Son testimonios de una sociedad que fue obligada a cambiar, pero que encontró formas de conservar parte de aquello que era propio.
La madera terminó registrando ese proceso.

UNA HISTORIA TALLADA EN MADERA
Las máscaras guatemaltecas cuentan una historia de imposición, adaptación y permanencia.
Algunas representan animales vinculados al mundo espiritual maya. Otras reproducen personajes de la conquista. Algunas muestran diablos y pecadores. Otras participan de celebraciones religiosas.
Pero todas tienen algo en común: sobrevivieron al paso del tiempo.
Y en esa supervivencia hay una lectura política y cultural.
Porque la historia de Guatemala no puede entenderse solamente desde la llegada de los españoles ni exclusivamente desde la tradición maya. Está en el choque entre ambas culturas y, sobre todo, en aquello que ocurrió después: la convivencia, la transformación y la resistencia.
Las máscaras son una prueba tangible de ese proceso.
No son piezas inmóviles.
Cuando aparecen en una danza, vuelven a contar la historia.
El venado vuelve a ser espíritu.
El diablo vuelve a representar el pecado.
El conquistador vuelve a enfrentarse con el indígena.
Y la memoria vuelve a ocupar las calles.
Una máscara puede ocultar un rostro. Las máscaras de Guatemala hacen lo contrario: muestran las distintas caras de un país marcado por la conquista, la fe, la resistencia y la permanencia cultural.
Por eso la colección de Claudio Rama no propone solamente mirar objetos.
Propone mirar una historia.
Una historia que todavía baila.
Son los otros rostros de Guatemala.




