El escenario internacional del último año confirmó una fractura estructural en el vínculo transatlántico. Lo que durante décadas se expresó como desacuerdos comerciales o fricciones diplomáticas manejables derivó, bajo la actual conducción de Estados Unidos, en una dinámica de presión permanente, basada en decisiones unilaterales y prácticas que erosionan el derecho internacional y los consensos multilaterales.
El intento de avanzar sobre Groenlandia, aunque frustrado, expuso con claridad esta lógica de poder. No se trata de un hecho aislado, sino de un patrón que incluye la imposición arbitraria de aranceles a productos europeos en abril de 2025, el acercamiento político de Washington a Vladímir Putin, la interrupción de la asistencia militar a Ucrania, una Estrategia de Seguridad Nacional que presenta a la Unión Europea como un obstáculo y la adopción de sanciones contra figuras institucionales europeas como el excomisario Thierry Breton. Todo ello confirma que el esquema de seguridad europeo apoyado en la tutela estadounidense ha dejado de ser viable.
La política de contención y concesiones aplicada hasta ahora no produjo resultados. Frente a una doble deriva neoimperial —desde Moscú y desde Washington— Europa necesita redefinir su rumbo con urgencia. Esto implica adoptar medidas inmediatas, pero también encarar transformaciones estructurales que aseguren autonomía política, capacidad de decisión y soberanía real.
En ese marco, la Unión Europea no debería convalidar el acuerdo de julio de 2025 que acepta aranceles no recíprocos del 15% impuestos por Estados Unidos. Por el contrario, resulta indispensable activar las contramedidas comerciales por 93.000 millones de euros ya previstas tras la escalada de abril y aplicar sin demoras el instrumento anticoerción, concebido precisamente para defender la libertad de acción política de la UE frente a presiones externas.
La seguridad de Groenlandia también debe ser asumida como una responsabilidad europea. El despliegue actual de fuerzas de distintos Estados miembros debería integrarse bajo un mando común de la Unión, con el consentimiento de Dinamarca y de las autoridades groenlandesas, para evitar cualquier intento de anexión encubierta o apropiación estratégica del territorio por actores externos.
Del mismo modo, Europa debe asumir que la defensa de Ucrania y su propia seguridad dependen, en última instancia, de sus capacidades internas. Esto exige acelerar inversiones a gran escala en activos estratégicos que ya no pueden darse por garantizados: sistemas satelitales, inteligencia autónoma, transporte aéreo estratégico y capacidades avanzadas de guerra electrónica. A ello se suma la urgencia de consolidar una soberanía digital europea, que incluya el euro digital, infraestructuras propias de comunicación y un desarrollo autónomo de inteligencia artificial.
Persistir en la idea de que la defensa europea puede seguir delegándose en Estados Unidos, y en particular en la figura de Donald Trump, resulta insostenible. Es momento de activar plenamente los mecanismos de Defensa Común previstos en el Tratado de Lisboa, en especial el artículo 42.2 del Tratado de la Unión Europea, para hacer efectiva la cláusula de asistencia mutua y establecer una cadena de mando europea. En ausencia de unanimidad, deberán explorarse fórmulas alternativas como la cooperación estructurada permanente o acuerdos específicos entre Estados dispuestos a avanzar.
La regla del veto en el Consejo en política exterior y de seguridad se ha convertido en una debilidad estratégica. Es imprescindible habilitar el voto por mayoría mediante la cláusula pasarela e iniciar un proceso de reforma institucional profunda, basado en la propuesta del Parlamento Europeo de 2023, con participación activa de parlamentos nacionales, sociedad civil y ciudadanía a través de mecanismos deliberativos innovadores.
Solo una Unión Europea de carácter federal, con un Parlamento fortalecido y capaz de controlar a un Ejecutivo con competencias reales, puede garantizar la soberanía continental y preservar su modelo de vida. Más que una amenaza coyuntural, Trump debería ser el factor que impulse la unidad política europea. En materia de seguridad, Europa ya no puede seguir funcionando como un protectorado fragmentado: debe afirmarse, de una vez, como potencia soberana.

