La identidad de un Teatro

¿Qué sucede con los Teatros, auditorios y otros espacios que fueron concebidos para producir y difundir arte y cultura cuando bajan la cortina?.

Lo que sucede en un Teatro o espacio escénico y cómo interactúa con la comunidad es lo que lo carga de sentido.

Cuando están cerrados, o trabajando a media máquina. Cuando el contenido que ofrecen ha sido programado con el único criterio de calendarizar propuestas que llegan de artistas y productores.

La compositora uruguaya Renée Pietrafesa decía que los espacios físicos están cargados de historia, vibraciones y energía y que, por lo tanto, es muy importante la elección de uno para desarrollar un proyecto determinado. Esa energía que percibía Renée con su característica sensibilidad se va impregnando de los lugares a medida que suceden cosas. Cada vez que creadores e intérpretes habitan el espacio y dialogan con él. Cuando un clásico vuelve a resonar, una intervención artística lo hace parte misma de la obra o el director de la orquesta camina hacia el escenario, mientras la música ya suena en su cabeza.

Es que un edificio destinado a la cultura no se convierte per se en un espacio cultural. Mucho menos se vuelve referencia. Ni siquiera es suficiente con mantener sus puertas abiertas, ni con tener agenda. Agenda no es programación. No es contenido. Y la diferencia es fácil de apreciar.

¿Qué hay en el Teatro? es una pregunta que responde a la agenda. Para que exista una programación deben estar las respuestas a muchas otras preguntas.

¿Qué hay, por qué, para quién, cómo dialoga con lo que hubo ayer y con lo que hay mañana, en cuál aspecto aporta, qué y cómo derrama?

La compositora uruguaya Renée Pietrafesa decía que los espacios físicos están cargados de historia, vibraciones y energía.

Agendar es encontrar una fecha que a todos los involucrados les sirva. Hay que celebrar un aniversario importante, hay que homenajear a un personaje del pueblo, hay que aprovechar la llegada al país de un artista importante. Así construyen el calendario quienes no programan.

Lo que sucede en un Teatro o espacio escénico y cómo interactúa con la comunidad es lo que lo carga de sentido. Programadores tienen la función de construir un proyecto, con su visión, misión y objetivos. Hacen que la agenda tenga sentido en sí misma y cada fecha sea un eslabón de una fuerte cadena que es la programación.

Una agenda nutrida puede generar “humo”. Muchas fechas, muchos espectáculos, incluso la posibilidad de contabilizar muchos espectadores. Algunas buenas propuestas, claro, pero sin ningún diálogo entre sí.

No hay identidad. El espacio se vuelve sólo una infraestructura disponible. Un envase.

En la actualidad el público ya no tiene aquel rol meramente pasivo sino que comulga, es parte. Se construye un vínculo con la institución teatral que comienza mucho antes de la hora del telón, y permanece tiempo después. Cuando la comunidad dice “nuestro Teatro” o “nuestro Centro cultural” es un muy claro sentimiento de pertenencia y de estar habitando ese patrimonio intangible que son los recuerdos, los acontecimientos, los descubrimientos. Un Teatro restaurado sin contenido está perdiendo una parte de su patrimonio.

La programación artística implica mirada y escucha atenta. Imposible conocerlo todo, por lo tanto un espacio vivo es receptivo a artistas, productores y públicos, pero también sabe decir que no cuando sea necesario, sabe renunciar. Sabe satisfacer al público pero también puede imaginar un público que hoy no existe, pero que se puede moldear.

Sería muy fácil abarrotar una programación de propuestas que sabemos taquilleras. Cada elección de una propuesta contribuye a generar la identidad que queremos. Dediquemos un momento a reflexionar ¿Cómo están programados los Teatros que nos rodean? ¿Tienen una agenda o un proyecto cultural?

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