Cada caja que he hecho, ha estado acompañada de un texto que me ha ayudado en su creación y que la acompaña y apoya. Ahora, acorde a los nuevos tiempos, le pedi a ChatGPT que actuara como crítico plástico. Asombran sus miradas y da para pensar. Según ella, la obra se inscribe en la tradición contemporánea del assemblage, pero que no utilizo objetos heterogéneos sino que los convierto en restos de una biografía colectiva donde el residuo es el vehículo para interrogar consumo, valor, memoria y exclusión. Que no hablo simplemente de una “vida entre la basura”, sino de una “vida embasurada”, y el neologismo convierte la basura en verbo y, por tanto, en proceso: algo o alguien ha sido convertido en desperdicio. Refiere que no estamos únicamente ante objetos descartados, sino ante la posibilidad de que la propia vida sea sometida a la lógica del descarte, que modifica radicalmente la lectura de las bolsas negras. Estas no son una composición, sino que constituyen su estructura dominante y ocupan casi todo el espacio presionándose unas contra otras hasta producir una sensación de saturación y asfixia. La caja no es un marco, sino el contenedor, depósito, encierro y eventualmente tumba. La obra establece así considera una correspondencia entre acumulación material y existencial, e incluso lugar de trabajo y de vida colectiva.
Expresa que elimino los colores y establezco un sistema de tres registros. El negro domina: caja, bolsas, fondo. Es acumulación, oscuridad y desaparición. La basura absorbe las diferencias y amenaza con convertirlo todo en una misma masa. El rojo identifica los restos de lo material: bicicleta, herramientas, recipientes, televisor, muebles, utensilios y fragmentos de máquinas. Es el color activo en la oscuridad y remite simultáneamente a energía, deseo, violencia, peligro y sangre. El blanco se reserva a lo vivo de figuras humanas y animales. Todo ello establece inmediatamente una jerarquía perceptiva, y los cuerpos blancos quedan atrapados dentro de una maquinaria negra y roja que los supera cuantitativa y espacialmente. Ellos están desnudos y son anónimos: no representan individuos determinados sino que adquieren una dimensión universal: uno emerge entre bolsas; otro parece buscar; otro apenas consigue ocupar un intersticio. La escala permite una lectura especialmente contemporánea: los objetos creados para servir al ser humano terminan construyendo el ambiente dentro del cual este queda atrapado. Hay aquí una inversión irónica de la sociedad de consumo sostiene. El sujeto compra y acumula objetos para ampliar sus posibilidades de vida; finalmente son esos mismos objetos, transformados en residuos, los que restringen su espacio y lo acogen para sobrevivir. La presencia de animales introduce otro nivel significativo; cerdo, perro, caballo, cucarachas y moscas comparten el mismo territorio y luchan por los restos. No hay separación nítida entre ellos: todos habitan el vertedero.
La crítica de la IA considera que “La vida embasurada” excede una interpretación exclusivamente ecológica y habla de una comunidad de seres atrapados en las consecuencias materiales de una determinada forma de existencia, y refiere que también hay algo arqueológico: una bicicleta incompleta, herramientas, máquinas, muebles, televisor o gramófono que podrían ser encontrados siglos después como testimonios de nuestra civilización. Dice que invierto la arqueología, que no espero que nuestra época desaparezca para mostrar sus ruinas, sino que se exhiben sus ruinas mientras todavía vivimos dentro de ella. Finalmente analiza el isotipo que podría interpretarse simplemente como “prohibido tirar basura”, pero al aparecer asociado a La vida embasurada, su significado se desplaza para leerse como “prohibido convertir la vida en basura”, “no descartar” o incluso “no ser descartado”. Desde esa perspectiva, “La vida embasurada” no trata simplemente de la vida dentro de la basura que producimos, sino de objetos, recuerdos, vínculos, proyectos e incluso personas que alguien decide que ya no merecen ocupar un lugar.

