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La protección al sol es prioritaria.

Lo que el verano no cuenta sobre el cáncer de piel

Las horas de exposición deben ser respetadas de manera muy responsable

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A la una de la tarde, con el sol en su punto más alto, las playas uruguayas suelen estar llenas. Familias enteras, niños pequeños jugando en la arena, adultos expuestos durante horas a una radiación que los médicos desaconsejan desde hace décadas. La escena se repite cada verano y, sin embargo, sigue llamando la atención de quienes ven el impacto sanitario de esa conducta unos días —o unos años— después.

Febrero es, desde hace años, el mes dedicado a la concientización sobre el cáncer. El mensaje circula en campañas oficiales, redes sociales y medios, con consignas claras sobre prevención y detección precoz. Circula. Pero a la hora de elegir la hora de playa, la radiación ultravioleta sigue perdiendo por goleada frente a la sombrilla mal puesta y la idea de que “un rato más no pasa nada”.

La contradicción es visible. Mientras se habla de prevención, las conductas de riesgo se repiten con una naturalidad que desconcierta a los equipos de salud.

Los datos ayudan a poner esa escena en contexto. En Uruguay se diagnostican más de tres mil casos de cáncer de piel por año, y el melanoma —la forma más agresiva— mantiene una de las tasas de mortalidad más altas de América Latina, según el Registro Nacional de Cáncer de la Comisión Honoraria de Lucha Contra el Cáncer y estimaciones recientes del Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (IARC) de la OMS.

En los servicios de emergencia, el patrón se vuelve tangible. En verano no es raro recibir consultas de adultos mareados, con dolor de cabeza, con la piel roja, convencidos de que “tomaron un poco de sol de más”. Tras la evaluación clínica, el diagnóstico suele ser otro: hipertermia, deshidratación, quemadura solar y una piel que ya acumula varias quemaduras previas. El malestar cede con hidratación, enfriamiento local, curación de las quemaduras y analgesia en algunos casos y reposo.

El doctor Carlos Montoya, gerente asistencial de UCM Falck, lo explica sin rodeos. “El sol en sí mismo no es el enemigo. El problema médico es la exposición prolongada y en horarios de radiación ultravioleta máxima, que en Uruguay se concentran entre el mediodía y las primeras horas de la tarde. Desde la emergencia vemos con preocupación cómo se normaliza pasar varias horas en la playa o en actividades sin barrera de protección solar como sombrero, camiseta de manga larga, por ejemplo, en ese horario, incluso con niños pequeños, cuando sabemos que la piel de los menores de edad es particularmente vulnerable al daño por radiación y el daño es acumulativo”.

Otro de los supuestos que el médico cuestiona es la idea de que el protector solar funciona como una especie de salvoconducto. “El protector es una herramienta de reducción de daño, no una licencia para permanecer horas bajo el sol. Cuando vemos quemaduras solares de primer grado, la piel roja, repetidas en niños y adultos, lo que estamos observando es una conducta sostenida que, a largo plazo, se traduce en mayor incidencia de cáncer de piel”.

A esto suma otra advertencia que suele pasar desapercibida pero que en la práctica clínica aparece todo el tiempo: la mayoría de las personas aplica mal el protector solar. Montoya insiste en que debe colocarse con generosidad, unos veinte minutos antes de exponerse, y reaplicarse cada dos horas o después del agua. “Las zonas sensibles son las que más se olvidan”, explica. Orejas, cuello, nuca, empeines, hombros y la línea del cabello concentran una parte importante de las quemaduras que luego derivan en lesiones sospechosas. También subraya que no todos los lentes oscuros protegen: deben tener filtro UV real, porque el melanoma también puede aparecer en la retina, donde su diagnóstico suele ser más tardío.

Entre diciembre y marzo, Uruguay registra los niveles más altos de radiación UV del año. La piel se expone más, mientras los controles médicos tienden a espaciarse porque la gente se va de vacaciones y no tiene presente controlarse. En los adultos mayores —el grupo con mayor incidencia de cáncer de piel— esa combinación resulta especialmente delicada.

“Muchas consultas vinculadas a exposición al sol se resuelven en el corto plazo”, señala Montoya. “Pero eso no aborda el problema de fondo. Cada quemadura solar deja un grado de daño actínico acumulativo en la piel. Ese daño no da síntomas hoy, pero es el que, con el tiempo, se vincula con la aparición de lesiones precancerosas y cáncer de piel”.

El melanoma es responsable de la mayoría de las muertes por cáncer de piel en Uruguay. Y la diferencia entre detectarlo en una etapa inicial o avanzada no se mide en años, sino en meses. Cuando la lesión es pequeña, el tratamiento suele ser simple y el pronóstico, excelente. Cuando la consulta se posterga, el escenario cambia.

El médico insiste en que no se trata de generar miedo, sino de ajustar la mirada. “El problema no es el sol”, dice. “Es cómo y cuánto nos exponemos. Lo que preocupa es que se naturalice pasar horas bajo el sol en los momentos de mayor radiación, incluso con niños, sin dimensionar el impacto que eso puede tener dentro de veinte o treinta años”.

El verano no provoca más cáncer de piel. Pero muchas veces decide en qué capítulo aparece. Y, en ocasiones, elegir una sombra a tiempo alcanza para cambiar el final.

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