Hay edificios que justifican por sí solos una visita. El Museo Internacional del Barroco (MIB), en Puebla, es uno de ellos.
Diseñado por el arquitecto japonés Toyo Ito (Seúl, 1941), distinguido con el Premio Pritzker en 2013, constituye una extraordinaria obra de arquitectura contemporánea.
Desde el primer encuentro, sus monumentales muros blancos parecen moverse con el viento, inclinarse y recostarse unos sobre otros. Las superficies curvas, los espacios generosos y la presencia de la luz natural generan una experiencia visual fascinante.
La arquitectura parece perder su condición estática para transformarse en una escultura habitable.
La recepción es magnífica. Antes de iniciar el recorrido decidí tomar un café en el restaurante y disfrutar de esa atmósfera excepcional. Durante mi visita también se desarrolló una performance alusiva al Día de Muertos en el patio central.
Todo anunciaba una experiencia artística memorable.
Sin embargo, mi entusiasmo comenzó a desvanecerse al ingresar a las salas.
El problema de este museo es que el continente supera ampliamente al contenido.
Esperaba encontrar un diálogo entre el barroco europeo y las manifestaciones artísticas desarrolladas en México durante la colonización española.
Me interesaba descubrir cómo los artistas y artesanos indígenas, sometidos a modelos culturales y religiosos impuestos, incorporaron sus propias sensibilidades, conocimientos e imaginarios, dando origen a expresiones artísticas singulares.
Porque el barroco novohispano no fue simplemente una reproducción del europeo.
Fue también el resultado de encuentros culturales desiguales, apropiaciones, resistencias y transformaciones.
Sin embargo, encontré salas dominadas por extensos discursos narrativos, textos y videos que privilegiaban una perspectiva marcadamente europea.
La acumulación de información terminaba desplazando la experiencia estética.
Me aburrí y, sobre todo, me decepcioné. No cuestiono la incorporación de recursos tecnológicos a los museos, pero considero que ninguna pantalla puede sustituir la emoción de encontrarse frente a una obra auténtica.
Un museo de arte necesita obras, sensibilidad y pensamiento crítico, no solamente explicaciones.

¿Dónde está México?
Puebla posee un patrimonio barroco extraordinario. Su arquitectura religiosa, sus retablos, sus cerámicas y sus tradiciones artísticas constituyen un universo cultural de enorme riqueza. Por eso resulta difícil comprender que un museo de semejante envergadura no otorgue mayor protagonismo a las expresiones locales.
Estamos avanzados en el siglo XXI y resulta imprescindible revisar las narrativas heredadas de la colonización.
Una mirada decolonial permitiría reconocer que las culturas indígenas no fueron simples receptoras de modelos europeos, sino protagonistas de procesos complejos de creación y transformación. El Museo Internacional del Barroco podría convertirse en un referente de esa discusión.
El calificativo “internacional” no debería significar el predominio de una perspectiva europea. La verdadera universalidad comienza cuando una institución es capaz de construir un discurso propio desde su territorio.
La paradoja de la tienda
Curiosamente, uno de los espacios que más disfruté fue la tienda del museo.
Bajo la curaduría de Tina Valenti encontré una exquisita selección de piezas artesanales mexicanas: cerámicas de Talavera, indumentaria, joyería y objetos que expresan la vitalidad de la creación local.
Allí percibí una sensibilidad hacia la identidad cultural mexicana que eché de menos en buena parte de las salas. Resulta paradójico que un espacio comercial consiga transmitir con tanta claridad aquello que debería constituir uno de los ejes del discurso museográfico. Otro aspecto incomprensible fue la prohibición de filmar durante el recorrido.
En una época en la que las imágenes circulan globalmente y contribuyen a difundir el patrimonio cultural, semejante restricción merece ser reconsiderada.
Una oportunidad extraordinaria
El Museo Internacional del Barroco tiene todo para convertirse en una institución cultural de referencia mundial. Su arquitectura es excepcional. Su ubicación, privilegiada. Su contexto histórico, extraordinariamente rico.Pero un gran edificio no garantiza un gran museo.
Se necesita una visión curatorial capaz de interrogar la historia, cuestionar las jerarquías culturales y reconocer la riqueza de las expresiones artísticas nacidas en este territorio. Salí admirando profundamente la arquitectura de Toyo Ito, pero decepcionado por una propuesta museográfica que, en mi experiencia, no alcanza la dimensión de su continente. Puebla tiene un museo con arquitectura del siglo XXI. Merece también un discurso museográfico que esté a su altura.

