Parque Roosevelt: de la zona de sombra al legado del 2030

El deterioro crónico del Roosevelt no es solo una falta de mantenimiento, es una falla de seguridad pública. La propuesta de Bordaberry para el Mundial 2030 es la última oportunidad para rescatar un espacio que la noche nos ha arrebatado.

Si logramos transformar el Roosevelt en el corazón de las celebraciones de 2030, estaremos dándole al país un legado que sobrevive a los 90 minutos de cualquier partido.

El senador Pedro Bordaberry presentó ante el presidente Yamandú Orsi un proyecto de planificación para el Mundial 2030 y el Bicentenario. La iniciativa, que busca articular al sector privado y público para una «Feria del Bicentenario», pone en el centro de la escena al Parque Roosevelt.

El Parque Roosevelt ha sido, durante demasiado tiempo, una cicatriz verde en el mapa metropolitano. Un espacio privilegiado por su ubicación estratégica, pero sistemáticamente castigado por el abandono y una gestión errática que se prolonga décadas atrás. Para cualquier vecino que transite la zona, es un secreto a voces que este pulmón natural, al caer el sol, se transforma en una zona de exclusión. La ausencia total de infraestructura lumínica y de seguridad transforma un área que debería ser un centro de recreación familiar en un territorio inviable, donde el miedo se convierte en el guardián de los senderos. Durante años, hemos sido testigos de cómo el deterioro devoraba la infraestructura, transformando un espacio que debería ser el corazón verde de Canelones y Montevideo en un monumento a la desidia política.

Sin embargo, la reciente reunión entre el senador Pedro Bordaberry y el presidente Yamandú Orsi abre una ventana de oportunidad que no podemos dejar cerrar. La propuesta de crear una comisión de planificación de cara al Mundial 2030 y el Bicentenario de la Jura de la Constitución no debe ser vista sólo como un gesto político, sino como la hoja de ruta necesaria para una intervención radical. La iniciativa busca atraer inversiones que el Estado, por sí solo, ha demostrado no poder gestionar, permitiendo que la articulación público-privada sea el motor de una transformación profunda.

El Mundial 2030 es la excusa perfecta, pero no debería ser el fin en sí mismo. La idea de una «Feria del Bicentenario» en este enclave ofrece la oportunidad de atraer inversiones que reviertan la inseguridad actual. No estamos hablando de una reforma cosmética, sino de un blindaje que incluya iluminación, vigilancia constante y servicios que recuperen la dignidad del parque. El desafío es enorme: el deterioro es tan profundo que requerirá una inversión sostenida para garantizar que, una vez finalizado el evento mundialista, el espacio no regrese a su condición de abandono.

El Parque Roosevelt ha sido, durante demasiado tiempo, una cicatriz verde en el mapa metropolitano.

La clase política, habitualmente atrapada en la lógica de la chicana, tiene hoy ante sí un desafío constructivo. La coordinación entre el Ejecutivo nacional y la Intendencia de Canelones es el requisito mínimo indispensable para que este proyecto no sea un simple brindis al sol. Si logramos transformar el Roosevelt en el corazón de las celebraciones de 2030, estaremos dándole al país un legado que sobrevive a los 90 minutos de cualquier partido.

La pregunta que queda flotando en el aire es si finalmente estamos dispuestos a profesionalizar la gestión de nuestro patrimonio natural o si, una vez pasados los fuegos artificiales del Bicentenario, dejaremos que la noche vuelva a reclamar el control de sus senderos. El Roosevelt ha sido una zona liberada para la delincuencia durante demasiado tiempo; recuperar su luz es un acto de soberanía ciudadana. Es hora de entender que la seguridad pública también se construye recuperando espacios públicos.

La gestión que se propone, articulando ministerios con el gobierno departamental, es la única vía para garantizar que este proyecto trascienda colores partidarios. Recuperar el Roosevelt es una deuda de seguridad y de convivencia que el Uruguay metropolitano reclama con urgencia.

El 2030 no debe ser solo la fiesta del fútbol, sino el año en que el parque vuelva a ser, finalmente, de los ciudadanos. Que la planificación sea el primer paso para terminar con años de abandono y, sobre todo, para que caminar bajo los árboles deje de ser un acto de riesgo para transformarse en un derecho recuperado. El tiempo corre, y el parque, agotado de esperar, nos necesita con voluntad política real y sin más demoras burocráticas.

Comparte esta nota:

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Últimos artículos de Departamentales