Pasión y erotismo: dos formas de vivir el deseo a través de los años

Durante mucho tiempo, hablar de sexualidad fue casi sinónimo de hablar de sexo. Y hablar de sexo parecía significar hablar de rendimiento, frecuencia, juventud y capacidad física. Pero el deseo humano es bastante más complejo.

La pasión sexual suele tener una relación muy estrecha con la novedad.

Entre el impulso de querer al otro y la capacidad de mantener vivo ese deseo existe un territorio mucho más amplio: el erotismo.

La diferencia puede resumirse de una manera sencilla: la pasión sexual es intensidad; el erotismo es construcción. La pasión puede irrumpir de manera repentina. Una mirada, un cuerpo, una voz, un encuentro inesperado o una fantasía pueden despertar una respuesta inmediata. Tiene algo de visceral y de urgente. El cuerpo parece adelantarse al pensamiento.

El erotismo funciona de otra manera. Necesita imaginación, expectativa, complicidad y cierta distancia. No necesariamente está en el contacto, sino en aquello que lo anticipa. Una conversación, una mirada sostenida, una insinuación, una caricia que todavía no llega pueden tener una enorme carga erótica. Por eso, pasión y erotismo pueden convivir, pero no son exactamente lo mismo.

La pasión sexual suele tener una relación muy estrecha con la novedad. Durante el enamoramiento, por ejemplo, una persona puede convertirse en el centro de nuestra atención. Esperamos sus mensajes, buscamos su presencia, imaginamos encuentros y experimentamos una fuerte activación emocional y corporal. Todo parece nuevo.

Pero precisamente allí aparece uno de los grandes desafíos de la sexualidad humana: ¿qué ocurre cuando lo nuevo se convierte en conocido?. Una pareja puede conocerse durante años. Puede saber cómo piensa el otro, cuáles son sus gestos, sus horarios, sus costumbres y hasta anticipar muchas de sus reacciones. Esa seguridad puede ser extraordinaria para el vínculo afectivo, pero puede convertirse en un problema si se confunde intimidad con ausencia de misterio. El deseo, en cambio, necesita cierta capacidad de volver a descubrir. Y allí entra el erotismo.

Quizás una de las mayores equivocaciones culturales consiste en asociar erotismo exclusivamente con la juventud. El erotismo no desaparece porque aparezcan arrugas, cambie el cuerpo o pasen los años. Tampoco depende exclusivamente de la belleza física. Tiene que ver con la manera de mirar y de ser mirado, con la confianza, con la imaginación y con la capacidad de seguir percibiendo al otro como alguien deseable y, al mismo tiempo, como alguien que todavía puede sorprendernos.

En este sentido, la experiencia puede incluso enriquecer el erotismo. Una persona que se conoce mejor puede saber qué desea y qué no desea. Puede expresar sus preferencias con mayor libertad. Puede comprender que el placer no consiste en cumplir una determinada actuación, sino en sentirse cómodo, conectado y deseado. La madurez puede quitarle dramatismo al sexo y agregarle profundidad.

No existe una regla según la cual la pasión desaparece y el erotismo aumenta automáticamente. Sería una simplificación. Lo que sí puede cambiar con la edad es la manera en que se experimenta el deseo. En la juventud, para muchas personas, la sexualidad está marcada por la exploración y la intensidad. Hay más novedad, descubrimiento y espontaneidad. El deseo puede aparecer con enorme rapidez.

Con el paso de los años, el conocimiento del propio cuerpo y de la pareja puede adquirir mayor importancia. La sexualidad puede dejar de estar tan vinculada a la urgencia y comenzar a depender más de la anticipación, la intimidad y la comunicación, No significa que la pasión desaparezca.

Significa que puede necesitar otras condiciones. El cuerpo también cambia. La respuesta sexual puede requerir más tiempo, determinadas circunstancias o mayor estimulación. Esto no debería interpretarse necesariamente como una pérdida de sexualidad. Puede convertirse, por el contrario, en una oportunidad para abandonar la lógica de la rapidez.

La sexualidad puede hacerse menos automática y más consciente. Cuando una pareja lleva muchos años junta, el verdadero desafío no necesariamente está en el envejecimiento del cuerpo. Muchas veces está en la repetición. La rutina puede instalarse silenciosamente.

Los mismos horarios. Las mismas conversaciones. Los mismos gestos. La misma forma de iniciar un encuentro. La misma expectativa sobre lo que va a ocurrir. Y cuando todo está anticipado, puede disminuir la capacidad de sorprenderse.

El erotismo tiene justamente una función poderosa frente a esa rutina: introducir imaginación dentro de lo conocido. No se trata necesariamente de buscar experiencias extraordinarias. A veces puede ser simplemente recuperar una mirada que se perdió entre las obligaciones cotidianas. Volver a conversar. Recuperar el humor. Vestirse para el otro. Salir de la rutina. Crear momentos de intimidad. Decirse cosas que durante años dejaron de decirse.

El erotismo necesita curiosidad. Y la curiosidad es incompatible con considerar que ya conocemos completamente al otro. En términos generales, la investigación científica encuentra que el deseo sexual tiende a disminuir con la edad, pero esa tendencia estadística no determina la experiencia de cada individuo.

Las diferencias personales son enormes. Influyen la salud, los medicamentos, el estrés, el sueño, la relación de pareja, las experiencias vitales, la autoestima, los cambios hormonales y también las circunstancias emocionales.

Por eso sería equivocado afirmar que una persona mayor necesariamente tiene menos deseo que una persona joven.

La edad puede modificar las condiciones del deseo, pero no establece su desaparición.

Y aquí aparece una diferencia fundamental: tener menos espontaneidad fisiológica no equivale necesariamente a tener menos erotismo.

Con los años puede producirse una transformación interesante.

La pasión puede seguir existiendo, pero deja de ser la única medida del deseo. La mirada gana importancia. La anticipación. La palabra. La confianza. La complicidad. La capacidad de sentirse atractivo para alguien.

Con el paso de los años, el conocimiento del propio cuerpo y de la pareja puede adquirir mayor importancia.

La sexualidad puede pasar de la urgencia al disfrute.

De la demostración a la intimidad.Del rendimiento a la conexión.Y eso puede resultar particularmente importante en las relaciones prolongadas.

El erotismo permite que dos personas que ya se conocen puedan seguir descubriéndose.

Es una paradoja: para mantener el deseo dentro de una relación estable hay que aceptar que el otro nunca debe convertirse completamente en alguien previsible.

También conviene separar tres conceptos que frecuentemente mezclamos: amor, pasión y erotismo.

El amor construye vínculo.La pasión enciende el impulso.El erotismo mantiene abierta la posibilidad del deseo.

Podemos amar profundamente y atravesar períodos de menor deseo. Podemos sentir una intensa pasión sin estar enamorados. Y podemos experimentar una enorme tensión erótica sin que exista necesariamente una relación sexual.

Cuando las tres dimensiones coinciden, aparece una de las experiencias más intensas de la vida afectiva.

Pero no siempre coinciden. Y eso también forma parte de la normalidad de la sexualidad humana.

Quizás el mayor error sea pensar que una vida sexual satisfactoria debe parecerse siempre a la de los veinte años.

No tiene por qué.La sexualidad de los veinte puede estar marcada por la velocidad.

La de los cuarenta puede estar atravesada por el conocimiento.La de los sesenta puede incorporar una mayor libertad.

Y después pueden aparecer otras formas de intimidad que no tienen por qué ser menos intensas.El problema aparece cuando una persona interpreta cualquier transformación corporal como una derrota.

El deseo no es una máquina que funciona siempre de la misma manera.Es una experiencia humana. Por eso, a medida que pasan los años, el erotismo puede adquirir un protagonismo mayor no porque la pasión desaparezca, sino porque aprendemos que el deseo no depende únicamente del impulso físico.

La juventud puede enseñarnos la urgencia.La experiencia puede enseñarnos el conocimiento.La madurez puede enseñarnos la intimidad. Y el paso del tiempo puede enseñarnos algo todavía más importante: que desear no significa solamente querer poseer un cuerpo; también significa seguir encontrando algo fascinante en la persona que tenemos delante.

Tal vez la verdadera juventud sexual no esté en la edad.  Esté en conservar la capacidad de sorprenderse.

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