“Yo sé que no estoy regularizado”, admite sin rodeos.

Paso Molino, la economía al margen que también sostiene el barrio

En su relato aparece una constante: la dificultad de acceder a la formalidad sin un respaldo inicial. “Es como que te piden estar fuerte para poder entrar, y justamente uno está débil.”

En una esquina transitada de Paso Molino, entre el ruido de los ómnibus y el ir y venir de compradores, trabaja Carlos, vendedor ambulante no regularizado que desde hace cuatro años ofrece ropa y artículos de uso diario sobre una mesa plegable. No tiene permiso municipal. Tampoco un local. Tiene, dice, “la necesidad de llevar plata a casa”.

La entrevista ocurre a media mañana, cuando el movimiento comercial empieza a intensificarse en este tradicional barrio de Montevideo. Carlos acomoda medias y remeras mientras habla. Mira de reojo cada patrullaje de inspectores, pero no deja de vender.

“Yo sé que no estoy regularizado”, admite sin rodeos. “Pero también sé que si no vengo acá, en mi casa no se come.” Tiene 39 años, dos hijos y trabajos intermitentes en la construcción. La pandemia, asegura, fue el quiebre definitivo. Desde entonces, la venta ambulante se transformó en su ingreso principal.

Paso Molino no es el Centro ni la Ciudad Vieja, pero es un polo comercial histórico. La competencia es intensa: comercios formales, ferias vecinales y vendedores informales comparten el mismo espacio. Para algunos comerciantes establecidos, la presencia de puestos sin habilitación representa competencia desleal. Para quienes venden en la calle, es supervivencia.

“Si yo pudiera pagar un alquiler y tener todo en regla, lo haría”, sostiene. Explica que intentó averiguar sobre permisos, pero los costos y requisitos le resultaron inaccesibles. “Me pedían cosas que hoy no puedo cumplir. Entonces uno queda en el limbo.”

La informalidad no es solo una cuestión legal; es también un síntoma económico. Según relata, sus ganancias varían día a día. Hay jornadas en las que apenas cubre el costo de la mercadería. Otras, especialmente a fin de mes, logra un margen que le permite pagar cuentas atrasadas. “No me hago rico. Me mantengo.”

La tensión con la inspección municipal es permanente. “Cuando vienen, levantamos todo en minutos. Ya sabemos cómo es.” La mercadería cabe en dos bolsos grandes. La escena se repite: aviso entre vendedores, retiro rápido, regreso cuando el control se aleja. “Es desgastante, pero es lo que hay.”

Sin embargo, Carlos no se define como alguien que quiera estar al margen. “A mí me gustaría aportar, tener seguridad social, estar tranquilo. Pero para eso necesito estabilidad.” En su relato aparece una constante: la dificultad de acceder a la formalidad sin un respaldo inicial. “Es como que te piden estar fuerte para poder entrar, y justamente uno está débil.”

El debate sobre la venta ambulante en Montevideo suele dividir aguas. Por un lado, la necesidad de ordenar el espacio público y proteger el comercio formal. Por otro lado, la realidad de quienes encuentran en la calle su única fuente de ingreso. En barrios como Paso Molino, donde la actividad comercial es parte de la identidad, esa tensión se vuelve visible todos los días.

Carlos reconoce que hay vendedores que revenden productos de origen dudoso. “Eso nos perjudica a todos”, dice. Asegura que intenta trabajar con mercadería adquirida en mayoristas formales. “No quiero problemas. Solo quiero trabajar.”

Al final de la conversación, resume su situación en una frase que condensa la complejidad del fenómeno: “No soy delincuente. Soy trabajador sin papeles.” La expresión refleja una realidad extendida en distintos puntos de la ciudad: personas que operan fuera del sistema no por elección ideológica, sino por falta de alternativas viables.

Mientras el flujo de compradores continúa, Carlos concreta una venta. Sonríe brevemente y guarda el dinero en una riñonera gastada. El día recién empieza y no sabe cuánto logrará reunir. Sabe, eso sí, que mañana volverá a la misma esquina.

La informalidad no es un fenómeno aislado ni reciente. Es el resultado de crisis acumuladas, empleos inestables y barreras de acceso a la formalización. La entrevista no resuelve el dilema, pero pone rostro a una discusión que muchas veces se aborda en abstracto. Entre la normativa y la necesidad cotidiana, hay personas intentando sostener su dignidad con lo que tienen a mano: una mesa plegable, mercadería básica y la esperanza de que el día rinda lo suficiente.

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