Reflexiones sobre el Día del Abuelo y la realidad de los residenciales

El homenaje de cada 19 de junio convive con la realidad de miles de personas mayores institucionalizadas; un análisis equilibrado sobre la burocracia de las habilitaciones, la encrucijada de las familias y la necesidad de consolidar un sistema de cuidados con base territorial.

Cada 19 de junio, Uruguay se detiene a celebrar el Día del Abuelo. Es una fecha cargada de afecto, donde las escuelas se llenan de canciones y los hogares se reúnen para honrar las historias y el legado de los mayores de la familia. Es un homenaje necesario y justo. Sin embargo, para entender la vejez en toda su dimensión, existe el deber de mirar más allá de la celebración familiar del domingo y recorrer los espacios donde miles de personas transitan su última etapa institucionalizadas. Los Establecimientos de Larga Estadía para Personas Mayores (ELEPEM) —comúnmente llamados residenciales— forman parte de nuestra estructura social. Mostrar su realidad de forma honesta pero constructiva implica comprender los desafíos de un entramado donde el amor familiar, las posibilidades económicas y el apoyo del Estado deben equilibrarse con precisión para garantizar una vida digna y protegida.

Entre el marco oficial y la complejidad del día a día

Uruguay se destaca a nivel regional por sus políticas públicas de envejecimiento, impulsadas por un marco institucional que lideran el Ministerio de Desarrollo Social (MIDES) y el Ministerio de Salud Pública (MSP). Los relevamientos oficiales y los registros del censo del Instituto Nacional de Estadística (INE) indican que el país cuenta con una de las poblaciones más envejecidas de América Latina, con más del 16% de sus habitantes por encima de los 65 años. En este escenario, existen más de 1.200 residenciales registrados en todo el territorio nacional. Alcanzar la habilitación total y definitiva es un proceso sumamente complejo, estimándose que menos del 20% de los centros cuenta con el aval definitivo de ambos ministerios debido a trabas burocráticas y exigencias edilicias difíciles de costear.

Para muchos directores y trabajadores de estos establecimientos, la vocación de cuidado choca a diario con la falta de recursos económicos o de personal especializado en enfermería y geriatría. El Día del Abuelo invita a reflexionar sobre esta brecha: los datos oficiales de fiscalización muestran que las sanciones y clausuras definitivas son difíciles de ejecutar por el riesgo de desamparo habitacional que generarían. Por ende, se vuelve urgente que el apoyo técnico y los subsidios del Estado lleguen de manera más ágil a los residenciales periféricos para que el cuidado de calidad sea una constante y no una excepción atada al poder adquisitivo.

La difícil encrucijada del cuidado familiar

La decisión de integrar a un familiar a un residencial de larga estadía suele ser uno de los procesos más complejos, debatidos y postergados por un núcleo familiar. Según estudios sociológicos locales del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales (FCS-UDELAR) sobre las dinámicas de cuidado en el Uruguay contemporáneo, la institucionalización casi nunca se elige por desinterés o abandono. Por el contrario, ocurre cuando las demandas médicas y cognitivas —como el avance de las demencias, que según la OMS afectan a cerca del 8% de los uruguayos mayores de 65 años— superan por completo las posibilidades físicas, temporales y logísticas de los hijos, quienes deben equilibrar la atención con sus propias jornadas laborales y responsabilidades biológicas.

En las salas de visita de los ELEPEM, los fines de semana exponen esa delicada transición humana. Existe una carga emocional y un sentimiento de nostalgia inevitable para las familias, requiriendo un proceso de adaptación profunda donde el afecto debe aprender a manifestarse a través de canales nuevos. Los modelos de «puertas abiertas», que según indicadores de bienestar psicológico reducen los niveles de depresión en un 40%, fomentan la integración comunitaria, habilitan las visitas sin restricciones horarias rígidas y mantienen el lazo afectivo activo, transformando el entorno edilicio y aliviando significativamente el peso de la rutina para el residente.

Hacia un Sistema de Cuidados con rostro humano

Las personas mayores que habitan los residenciales requieren estímulos integrales que vayan más allá de las visitas recreativas esporádicas de las fechas patrias. Las proyecciones de demanda social exigen la consolidación definitiva y el fortalecimiento presupuestal del Sistema Nacional Integrado de Cuidados (SNIC), dotándolo de un enfoque descentralizado que atienda las asimetrías existentes entre Montevideo y las localidades del interior profundo.

El análisis de la realidad también permite visibilizar las buenas prácticas que ya funcionan dentro del sistema. Existen múltiples residenciales que implementan de forma exitosa talleres de estimulación cognitiva, huertas terapéuticas, espacios abiertos a la música y dinámicas que priorizan la autonomía de la persona mayor tanto como sea posible. La fiscalización estatal debe seguir siendo rigurosa e inflexible para evitar situaciones de abuso o desatención, pero el rol del Estado también debe funcionar como un motor de desarrollo que guíe, asesore y cofinanciar la mejora de los centros más humildes, asegurando que la equidad social y la protección de los derechos humanos no se diluyen al llegar a la vejez.

El valor de acompañar el camino

Cuando las luces del 19 de junio se apaguen, los comercios retiren sus ofertas y los saludos protocolares queden guardados en el archivo de las redes sociales, la realidad cotidiana de los residenciales seguirá su curso habitual en cada barrio del país. Mostrar este panorama con respeto, veracidad y equilibrio nos permite entender colectivamente. La vejez institucionalizada no debe ser tratada como un tabú vergonzoso ni como un sinónimo automático de desamparo, sino como una etapa vital de nuestra sociedad que requiere visibilidad, madurez y corresponsabilidad.

Celebrar el Día del Abuelo con verdadera altura ética implica asumir el compromiso colectivo de diseñar entornos donde cuidar sea una tarea compartida y valorada. Exigir que las políticas públicas garanticen un envejecimiento digno, seguro y acompañado en cada rincón de Uruguay es la mayor muestra de agradecimiento que podemos ofrecerle a las generaciones que construyeron nuestro presente. No podemos permitir que la gratitud dure lo que dura un saludo comercial. Asegurar que el tiempo que les queda por delante esté iluminado por el respeto y la seguridad es una deuda histórica. Porque una vejez digna no debería ser un privilegio de pocos en un residencial privado, sino la pauta mínima y sagrada con la que este país despida a quienes lo construyeron con sus manos.

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