Federico García Lorca publicó el Romancero gitano en 1928, cuando apenas tenía 30 años, y el libro lo convirtió en el poeta más popular de su tiempo. Escrito entre 1924 y 1927, reúne dieciocho romances que se mueven entre la tradición y la ruptura. La obra tuvo un éxito inmediato y, aunque algunos círculos vanguardistas la criticaron por su aparente conservadurismo formal, con el tiempo se ha consolidado como uno de los libros de poesía más importantes del siglo XX en lengua española.
«Romancero» alude a la forma de todos los poemas están escritos en romance, esa estrofa de versos octosílabos con rima asonante en los pares que la tradición popular convirtió en vehículo de historias y leyendas. «Gitano», por su parte, remite a los protagonistas, un pueblo que Lorca convierte en mito. Porque el poeta no retrata la vida real de los gitanos, sino que los eleva a símbolo de la libertad, la pasión y la marginalidad.
Él mismo lo aclaró, «el libro en conjunto, aunque se llama gitano, es el poema de Andalucía, y lo llamo gitano porque el gitano es lo más profundo, más aristocrático de mi país». Y fue más lejos: «Un libro antipintoresco, antifolklorico, antiflamenco, donde no hay ni una chaquetilla corta, ni un traje de torero, ni un sombrero plano». Lo que late en sus versos no es la Andalucía que se ve, sino la que tiembla oculta bajo la superficie.

La obra tiene una estructura interna muy cuidada. Los primeros siete romances son los más líricos, con un predominio de figuras femeninas y símbolos cósmicos como la luna y el viento. La frustración amorosa y la pena son los temas dominantes. Los tres romances siguientes están dedicados a los arcángeles patronos de tres ciudades andaluzas: San Miguel para Granada, San Rafael para Córdoba y San Gabriel para Sevilla.
Funcionan como un intermedio, una pausa en la que el poeta exalta el alma de cada ciudad. Los cinco últimos son los más violentos y épicos: allí aparecen los Camborios, los gitanos perseguidos por la Guardia Civil, el muerto de amor, el emplazado. El libro cierra con tres romances históricos -el martirio de Santa Olalla, la burla de don Pedro y el relato bíblico de Thamar y Amnón- que incorporan leyendas y temas religiosos al universo gitano.
El tema central es el destino trágico, los gitanos de Lorca son seres marginales, abocados a la frustración y a la muerte. No pueden escapar de su condición, y su lucha contra el mundo que los oprime solo los conduce al dolor. El amor, cuando aparece, es siempre un deseo insatisfecho, una pasión que la sociedad o la muerte truncan. La violencia es omnipresente, y la muerte, anunciada por símbolos como la luna o el caballo, se convierte en el único final posible.
La simbología del libro es rica y compleja. La luna, que abre el primer romance y atraviesa toda la obra, es el astro de la muerte. El caballo representa la pasión desenfrenada que nunca alcanza su destino. El río libre es amor, mientras que el agua estancada anuncia la fatalidad. El verde, el amarillo y el blanco son colores de mal augurio; las adelfas y las malvas, plantas de muerte. Pero también hay símbolos de vida y erotismo: el olivar, las rosas, el viento personificado que carga de sensualidad los versos.
Formalmente, el libro es una síntesis perfecta entre lo popular y lo culto. Lorca recupera los rasgos del romancero tradicional que incluye el verso octosílabo, la mezcla de narración. Y diálogo, el comienzo abrupto, el final abierto, las fórmulas narrativas que parecen extraídas de la oralidad.
Pero al mismo tiempo, introduce metáforas audaces, imágenes surrealistas y una densidad simbólica que remite a Góngora y a las vanguardias. Esa fusión hace que el Romancero sea un libro único, donde la historia que se cuenta y la atmósfera que se crea se funden en una sola experiencia poética.

