La Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República dejó sin efecto la proyección de la película documental La Gran Palestina, cuya realización estaba prevista en las instalaciones del Aula Magna de la institución. La medida fue adoptada tras los reclamos presentados por representantes del Partido Colorado, quienes solicitaron formalmente la intervención de las autoridades académicas para impedir la realización del evento en predios de la enseñanza pública.
Las objeciones planteadas por los legisladores se fundamentaron en la promoción del largometraje, dirigido por el realizador mexicano Rafael Rangel, al figurar como una producción efectuada en colaboración con el grupo islamista Hamás. Desde la representación parlamentaria se sostuvo que la infraestructura universitaria no debe ser utilizada para dar difusión a contenidos que consideraron propaganda de una organización acusada de cometer actos de violencia y terrorismo contra la población civil.
A través de pronunciamientos públicos, los legisladores señalaron que, si bien la universidad estatal debe garantizar la pluralidad de ideas y el pensamiento crítico, la cesión de espacios públicos resulta incompatible con la legitimación de grupos armados. De este modo, la decisión tomada por las autoridades del centro de estudios cerró la controversia suscitada en torno a la realización del evento audiovisual en las dependencias universitarias.

«La gran Palestina». Me gusta la ironía.
Todo este asunto es medio gracioso. Pienso en Londinium. Antigua capital de provincia romana. Ustedes la conocen por «Londres». Pienso en un italiano del 2026 diciéndole a un inglés que tiene que salir de allí porque Londinium fue, hace 2000 años, una colonia romana. Y que se lo manda Júpiter. El inglés le responde:
1) Es discutible que seas descendiente directo de esos romanos de hace 2000 años.
2) Eres ateo. No crees en Júpiter.
3) El imperio hace 1500 años que no existe.
Lo de los sionistas es lo mismo. Igual de ridículo. Y los colorados. Son buenos sirvientes goy. No tienen ninguna autoestima.
Por cierto: van a perder, «elegidos». Resultaron ser mediocres en todo. Con razón no han podido mantener un país en 2000 años. Vayan a cobrar intereses abusivos. Crear imperios que pasen la prueba del tiempo (como en el juego Civilization), no. No se les da bien.
Les queda grande jugar al Alejandro Magno.
Se podría decir que apoyar al Estado de Israel es hacer apología del genocidio. Y 80 años de películas sobre el holocausto y los nazis me enseñaron que los genocidios están mal. Así que no puedo defender a Israel. Debo ser coherente y no contradecirme.
Lo moral es luchar contra Israel por intentar hacer un genocidio. Y no me pienso disculpar con nadie. Si no les gusta, se van a Tel Aviv. Yo no los extrañaré. Creo que necesitan soldados para conquistar el «gran Israel».
Los colorados combaten terroristas, pero apoyan genocidios. Qué humanistas, ¿no?
Excelente y muy práctica comparación la de los romanos con Londinium y los ingleses de hoy en día, en el comentario de este colaborador que arriba escribe.
Deja a las claras la ridiculez de los argumentos de la entidad sionista para tratar de erradicar por la fuerza a un pueblo y su cultura, recurriendo a «métodos» tan execrables y condenables como lo es un genocidio.
Tomando el mismo ejemplo de los romanos con su política de «panem e circenses» (Juvenal, Satira X, circa 100 a.D.), nos muestra hoy al mundo asistiendo al espectáculo macabro del genocidio y alimentado por una feroz propaganda mediática que llena el estómago de la conciencia pública, manteniendo a las «masas populares» adormecidas en un letargo conformista que al final no es sino una silenciosa complicidad con los criminales.
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En el ámbito de los espectáculos y las artes visuales de toda especie, sobre todo los productos de la decadente Hollywood, consumidos por las felices «masas populares» (que hasta pagan por consumirlos), es bien visible y en todos los aspectos –desde el económico hasta el ideológico en todas sus escalas– la casi total «contribución» de las mismas entidades que financian la entidad sionista genocida, la que hoy mismo arrasa Palestina, y ahora también Líbano en el Medio Oriente.
Y ahí no aparece ningún partido político a cuestionar el hecho, demandando que «no se use un medio público (como lo es la TV, los cines, el internet) para difundir propaganda de una entidad o entidades acusadas de cometer actos de violencia y terrorismo (y genocidio) de una población civil», como reza el artículo.
Pero quién se va a atrever a cuestionar esas situaciones tan «normales» de la vida diaria, como lo son las películas de Steven Spielberg o Woody Allen… o un genocidio en Palestina.
Total, si la manía de algunos ignorantes de tomar como referente a la vecina orilla ven que hasta el presidente del lumpenaje vecino va con gorrito y todo a felicitar a Netanyahu, entonces aquí está «todo bien», no hay de qué preocuparse.
No se puede ser menos, y el aliancismo republicano local representado por uno de sus coyotes ambiciosos de figuretear, no puede sino al menos poner su gota de aceite en el lubricado mecanismo que intenta suprimir la difusión, no de las estupideces fantasiosas de Hollywood sino de las verdades documentadas de lo que la barbarie sionista hace a diario.
Pero claro, los llamados terroristas de Hamas son terroristas «ilegales» por atacar los invasores de su país, y los terroristas invasores son terroristas «legales» porque su terrorismo está apoyado por el Gran Satán bélico que vive en el 2° piso del apartamento norteamericano.
Hablemos un poco de este engendro.
Este personaje se pone el uniforme y quiere ser el policía de la película.
Es tan horrible que quiere clausurar la escalera que viene de la planta baja con un muro.
También quiere adueñarse del tercer piso, del cual ya posee un cuarto que mira hacia el oeste, con ventana directa al estrecho y hacia la otra costa donde vive el Cuco.
Y habla de ocupar el ático, pero los dueños aunque viven en otra casa, no se dejan amedrentar y aparentemente tienen el apoyo de sus propios vecinos, aunque al final están todos en contra del Cuco, que vive al este, en su barrio propio y con sus vecinos que también son los únicos que les hacen frente.
Todo muy complicado.
Pero lo claro es que el Gran Satán quiere quedarse con toda la plata y la comida del mundo. Para ello necesita un punto de apoyo en el lugar de donde sale la nafta para mover sus armamentos. De ahí quiere toda la comida que tienen el Cuco y sus amigos en la granja más grande del mundo.
También quiere ampliar su residencia a los tres apartamentos del edificio «North America» que es donde vive.
Ya mantiene a raya a los gatos de su «back yard» en el sur, pero el asunto es que todavía «hay mucho comunista suelto» esparcido aquí y allá, y el asunto no parece tan fácil…
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Y por el «back yard», aquí mismo el «partido colorado» de hoy en día no es más que un fantoche insultante del Partido Colorado y el ideario de Batlle y Ordóñez, quien de estar vivo seguramente curtiría a patadas a estos mequetrefes usurpadores de su nombre y tradición, defensores inequívocos de los derechos individuales y de los pueblos a ser libres e independientes de toda influencia y poder extranjero.
Y en esas acciones de alcahuetería gratuita (o no gratuita…?) es que vemos salir del cajón de telarañas a estos «moralistas» que en su ceguera interesada no hacen sino tratar de impedir la difusión de lo que la verdad muestra, vociferando la repetitiva propaganda sionista basada en circunstancias pretendidamente religiosas que caen en el área gris de las creencias particulares que cada uno pueda tener o no y que, absolutamente y de ninguna manera tendrían –si hablamos de universalmente aceptada democracia– que imponerse en una mayoría absoluta que posee el derecho inalienable a una existencia pacífica dentro del medio en el cual vive.
De todas maneras ello no impedirá de forma alguna que el documental muestre su contenido al público en otros foros abiertos al conocimiento ciudadano.
Lo más triste de todo esto es la actitud sumisa de las autoridades de la Universidad, quienes han dejado ver y han cedido al peso de una influencia política «tercerizada», sobrepasando el cometido primordial de difundir toda información verdadera, que pertenece de hecho y enriquece el acervo pluralista del conocimiento público.