Un Fidel para todos los Tiempos

Este 25 de noviembre se cumplieron 9 años de la desaparición física del líder histórico de la Revolución cubana Fidel Castro Ruz. 

Fidel era, como lo diseccionó la historia, tres hombres en uno: el teórico fundador, el jefe militar victorioso y el líder carismático.

Hablar de Fidel es sumergirse en un torbellino de épica y contradicciones, de pasiones fervientes y odios viscerales de quienes nunca vieron esperanza para la construcción del socialismo en la isla . Es el joven de la Historia me Absolverá, que desde el fracaso del Moncada forjó la victoria. Es el barbudo de la Sierra Maestra que, tras el combate de Alegría de Pío, reunió a siete fusiles y una fe inextinguible para declarar: “Ahora sí ganamos la guerra”.

La derrota no era para él un final, sino un combustible para la revancha. En 1970, tras el objetivo incumplido de la zafra de los diez millones, no se rindió; apeló al “poder del pueblo”. Y cuando el mundo socialista se desmoronó como un castillo de naipes, él, previendo la debacle, movilizó a una isla entera para sobrevivir en lo que llamó el “Período Especial”, un acto de resistencia que parecía sacado de un libro de mitos.

Fidel era, como lo diseccionó la historia, tres hombres en uno: el teórico fundador, el jefe militar victorioso y el líder carismático, casi místico, que encarnaba las virtudes y las batallas de una nación. Su tribuna era su “medio ecológico perfecto”. Comenzaba con una voz baja, tanteando el terreno, hasta que daba el “zarpazo” y se apoderaba de la audiencia en un estado de gracia irresistible. Era el antidogmático por excelencia, para quien hacer trabajo de masas era, en esencia, “ocuparse de los individuos”. Tenía un idioma para cada ocasión, una seducción para cada interlocutor, y una paciencia invencible para convertir cualquier revés cotidiano en victoria.

Pero este estratega incansable era también un devorador de palabras. En su coche, una luz le permitía leer durante los largos viajes nocturnos. Consultaba el diccionario sin vergüenza, tratando a las palabras como “seres vivos” que había que vigilar. José Martí era el autor de cabecera cuyo ideario supo injertar en el torrente sanguíneo de una revolución marxista. De Martí tomó la máxima que convertiría en política de Estado: “Ser cultos para ser libres”. Bajo su mano, la cultura dejó de ser un ornamento de élites y se convirtió en patrimonio del pueblo. Escuelas de arte, editoriales, universidades; una explosión de acceso al saber que soñaba con elevar al hombre por encima de sus necesidades inmediatas.

Su legado es un mosaico de hazañas y sombras. La Campaña de Alfabetización de 1961, donde miles de jóvenes convirtieron a Cuba en un territorio libre de analfabetismo, sembró una cultura de solidaridad que perdura. Sus médicos, fruto de un sistema de salud de excelencia, se convirtieron en soldados de batas blancas en los rincones más olvidados de África durante el ébola o en la reciente pandemia, salvando millones de vidas. Fue el padre de los excluidos y el guía de los marginados, un símbolo de resistencia antiimperialista que apoyó causas desde Angola hasta Nicaragua, erigiendo a Cuba como un faro incómodo para el Sur global.

La derrota no era para él un final, sino un combustible para la revancha.

Sin embargo, esta misma obra se construyó bajo la férrea disciplina de un partido único y la asfixia de un bloqueo económico que lleva décadas, un sitio que fortaleció su narrativa de David contra Goliat pero que también marcó con carencias la vida de su pueblo.

Hoy, a nueve años de su partida física, Fidel es más que un hombre; es un territorio de la memoria. Su ejemplo resuena en la alegría de un niño yendo a la escuela, en la entrega de un médico en una misión internacional, en la voluntad de quienes aún creen que un mundo más justo es posible.

Como escribió el presidente de la República de Cuba Miguel Díaz-Canel Bermúdez, “Fidel es eterno”, no por decreto, sino por haber interpretado y encarnado el sueño de generaciones de luchadores. Es el huracán que, después de pasar, sigue mostrando la dirección del viento. Es el padre de una patria que, con todas sus complejidades, aprendió de él que el mañana no se espera, se construye hoy, palmo a palmo, con la terquedad de quien no admite el mal tiempo.

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