Uruguay desde los ojos de un retornado

La historia de Mario Sarli y un país que se volvió “caro y poco inclusivo”.

Sarli señala que “la vida cotidiana acá es carísima comparada con Europa".

Tras dos décadas viviendo en Florencia, Italia, Mario Sarli decidió volver a Uruguay en busca de tranquilidad, raíces y afectos. Pero lo que imaginaba como un regreso natural terminó convirtiéndose en un proceso complejo, costoso y lleno de obstáculos burocráticos y sociales. Su testimonio ilumina una realidad que afecta a miles de retornados: un país que, según asegura, “no está preparado para recibir a quienes vuelven”.

A sus 68 años, Sarli había construido en Italia una vida estable. Trabajó como técnico en mantenimiento industrial, se integró a la comunidad florentina y formó un círculo afectivo sólido. Sin embargo, la distancia con su familia en Uruguay, el deseo de reencontrarse con su país y la idea de pasar aquí los próximos años fueron argumentos decisivos para empacar y volver. “Uno piensa que volver es simplemente comprar un pasaje y empezar de nuevo. Pero cuando llegué, descubrí que Uruguay es un país difícil para el retornado, muy caro y poco inclusivo”, cuenta.

Según Sarli, el primer impacto fue económico. “La vida cotidiana acá es carísima comparada con Europa. Lo noté desde el primer día: los alimentos, los alquileres, los servicios básicos. Con mi jubilación italiana pensé que iba a estar cómodo, pero me encontré con que todo se evapora rápidamente”, explica. Asegura que el costo del alquiler fue una de las primeras sorpresas: “Terminé pagando por un apartamento modesto casi lo mismo que en Florencia, pero con servicios y mantenimiento inferiores”.

El segundo obstáculo fue el sistema de trámites y la burocracia. Para regularizar su residencia retornada, registrar su jubilación y acceder a beneficios como la exoneración de impuestos para el ingreso de bienes personales, debió enfrentar lo que describe como “un laberinto interminable”. “Cada oficina me mandaba a otra, con requisitos distintos, fechas que no coincidían, formularios repetidos. En Italia todo se hace online. Aquí, para cosas básicas, tuve que hacer colas durante horas”, lamenta.

Sarli también señala que no recibió orientación suficiente. “Uno llega desinformado. No hay una guía clara, un centro de apoyo, nada. Incluso consulté en oficinas estatales donde nadie sabía explicarme exactamente qué debía hacer. Me sentí solo, como si no existiera una política real de retorno”.

“Volver a Uruguay fue una decisión emocional, no económica. Me dolió descubrir que el país se volvió caro».

A nivel social, cuenta que tampoco fue sencillo. “En Italia aprendí otras formas de relacionarme, de trabajar, de convivir. Acá hay una sensación de desconfianza permanente. Cuando decía que venía del exterior, muchos asumían que yo tenía plata o que venía a aprovecharme del sistema. Nada más lejos de la realidad: yo solo quería reinsertarme”, sostiene.

Pese a las dificultades, Sarli afirma que no pierde el cariño por su país, pero considera que Uruguay debe revisar sus políticas hacia los retornados. “Muchos uruguayos afuera quieren volver, pero no lo hacen porque escuchan historias como la mía. Y es una pena, porque podríamos aportar experiencia, conocimientos, redes de trabajo”.

Sugiere que el Estado implemente un sistema unificado de información y acompañamiento, con trámites simplificados y asesoramiento real. “No se trata de pedir privilegios, sino de que el país entienda que el retorno es una oportunidad. Uruguay habla mucho de la diáspora, pero no tiene mecanismos concretos para integrarla”.

Hoy, Mario intenta adaptarse, aunque no descarta la posibilidad de dividir su tiempo entre ambos países. “Volver a Uruguay fue una decisión emocional, no económica. Me dolió descubrir que el país se volvió caro, difícil e injusto con quienes regresamos. Pero sigo creyendo que vale la pena luchar por un Uruguay más acogedor”.

Su voz, como la de tantos otros retornados, pone en evidencia un desafío creciente: cómo recibir a quienes eligen volver a casa después de años en el exterior, sin que ese regreso se convierta en un camino cuesta arriba.

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