Antonio Vivaldi compuso su ciclo Las cuatro estaciones alrededor del año 1720. Se trata de cuatro conciertos para violín solista y orquesta de cuerdas. Es probable que en su época losinviernos europeos fueran más severos que los de la actualidad.
Al escucharlo, sentimos latente esa agresividad del hielo, expresada por cuerdas y silencios cortantes. La fuerza de la naturaleza lo domina todo. No se trata de un frío elegante y romántico. La música es muy descriptiva; no es necesario ser entendido para vivir la
tormenta que toma a los instrumentos, se incorpora en ellos y construye verdaderas imágenes sonoras del paisaje.
Entre toda esa tensión —ráfagas, sobresaltos— también hay refugios: momentos de calma, cierto alivio, tímidos rayos de sol que entibian la partitura.
El intérprete que decida entregarse a este universo tendrá que desplegar toda su capacidad expresiva. Naturalmente, deberá afrontar las dificultades propias del estilo, la técnica del instrumento y la transparente escritura de Vivaldi; pero, como en toda manifestación
artística, la capacidad de transmitir al público la esencia del creador y su obra será lo que permita ofrecer una versión inolvidable al oyente.
El concierto tiene tres movimientos, tres escenas bien diferenciadas. En el primero está el frío, el viento, la tempestad. En el segundo llega el refugio: el frío no cesa, pero estamos bajo un seguro cobijo. En el tercero y último se abandona esa serena y cálida comodidad
para volver al hielo. La agresividad del frío que regresa y golpea parece aún más intensa. Más de doscientos años después de Vivaldi, el argentino Astor Piazzolla escribe su Invierno porteño, con una intención diferente, aunque emparentada. Piazzolla no busca describir el
frío desde el punto de vista climático, sino emocional. Hay una intención más íntima.
Prevalecen las sensaciones de nostalgia y oscuridad. En la ciudad porteña no hay el frío extremo que vivió Vivaldi, pero ese frío se siente en el alma del compositor y lo cubre como un manto.
Naturalmente, las instrumentaciones son muy diferentes; cada universo sonoro lo es. Vivaldi plantea un violín solista acompañado por la familia completa de la cuerda: violines, viola, violonchelo y contrabajo, sumados a un clavecín u órgano para el bajo continuo.
Piazzolla, en cambio, propone un instrumento solista de otra familia: los vientos.
Allí aparece el bandoneón, que, si bien nació en Alemania como un órgano portátil para iglesias, terminó posicionándose como voz fundamental del tango en el Río de la Plata, y Piazzolla es, en parte, responsable de ello. Justamente, esa voz del instrumento es perfecta
para expresar la génesis de esta pieza: melancolía profunda, oscuridad y dramatismo, pero respirando, como la reflexión de un hombre solitario que vaga por brumosas calles de Buenos Aires.
Piazzolla también suma otras voces: cuerdas, piano e incluso guitarra eléctrica, aportando una tímbrica metálica y un clima de urbanidad moderna. La guitarra eléctrica le permite aquí dinámicas más progresivas, una intensidad in crescendo.
Con siglos de diferencia entre una y otra, ambas composiciones comparten una intención profunda: poner al invierno en sonidos y silencios. Ambas pretenden narrar, pintar sensaciones. Con estilos diferentes, representan lo inhóspito y se valen del virtuosismo
técnico y estético para ello.
Aunque no toda la música tiene intención programática, tanto Vivaldi como Piazzolla incorporan en el Invierno una dimensión extramusical: en el primero, más descriptiva y naturalista; en el segundo, más emocional y urbana. Ese uso de la música como
representación de algo extramusical constituye un punto de contacto entre ambos compositores, a pesar de las distancias que los separan.
Pero quizás lo que más une a Vivaldi y Piazzolla es la necesidad de traducir en sonido aquello que no puede decirse con palabras: el modo en que el mundo, a veces, se vuelve inhóspito, ya sea por el hielo o por la soledad.

