La información de hace 45 años indicaba que un infarto de miocardio había fulminado a Albino Luciani en su cama durante la noche del 28 y que un sacerdote, su secretario personal, había encontrado el cuerpo. Esta fue la versión oficial. Días después se filtró un dato: el cadáver había sido descubierto, en realidad, por dos monjas que entraron de madrugada en los aposentos papales y encontraron al cadáver con los anteojos puestos y la luz encendida. Eso sería recreado en la ficción en «El Padrino III».
El Papa se sintió mal durante la noche del 28. Uno de sus asesores, Diego Lorenzi, le aconsejó que consultara a los médicos. Pero el sumo pontífice no quiso molestar ni alarmar a nadie. “Antes de acostarse, mandó llamar al arzobispo de Milán, el cardenal Colombo. Hablaron de la sucesión en Venecia, cargo que Juan Pablo I había dejado vacante. Mantuvieron una conversación larga, discreparon sobre el candidato. Después, el Papa se retiró a su cuarto, y poco más puede saberse. Sufrió un ataque al corazón tan fuerte que no tuvo tiempo ni de tocar el timbre que tenía al lado de la cama”, sostuvo Giovanni Maria Vian, autor del libro “Vida y muerte de Juan Pablo I”. Según el relato vaticano, John Magee, secretario personal de tres Papas -Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II- fue el que descubrió el cadáver. Recién diez años después, Magee reconoció en una entrevista con la revista que eso no era verdad. Lo habían descubierto dos monjas. Las autoridades vaticanas habían considerado inapropiado que dos o más mujeres hubieran entrado, en ausencia de hombres, al dormitorio papal. Por eso, supuestamente, inventaron que Magee había descubierto el cuerpo. Con la intención de evitar rumores indecorosos pero allanaban el camino de las hipótesis de asesinato que se avecinaban y se mantienen hasta hoy.

