“No quiero que exista una clase política”

La dirigente nacionalista Valentina Arlegui cuestiona el proyecto de exclusividad parlamentaria.

Valentina Arlegui Atanasiu fue Directora General de Secretaria del Ministerio de Trabajo.

La discusión sobre cuánto debe dedicarse un legislador a su función pone sobre la mesa otra pregunta: qué perfiles quiere tener el Parlamento. El proyecto presentado por el senador del Frente Amplio, Daniel Caggiani propone establecer un régimen de exclusividad para senadores y representantes durante el mandato.

La iniciativa busca impedir que los legisladores ejerzan otras actividades laborales o profesionales, sean dependientes o independientes, integren sociedades como socios o directores o perciban ingresos vinculados a actividades comerciales. También prohíbe percibir jubilaciones, pensiones o retiros durante el mandato. La única excepción prevista es la docencia universitaria no remunerada. Valentina Arlegui Atanasiu es abogada, escribana y dirigente del Partido Nacional (Lista 71). Fue en el gobierno anterior Directora General de Secretaria del Ministerio de Trabajo y está contra el proyecto.

Arlegui explica que el debate no debería centrarse en impedir que un legislador conserve su profesión o una fuente de ingresos, sino en cómo evitar que esa actividad interfiera con el ejercicio de la función pública.

La iniciativa parte de una preocupación: que la tarea parlamentaria se ejerza de manera transparente y sin intereses particulares que puedan desvirtuarla. La abogada comparte “al 100%” pero agrega que eso “no implica no trabajar”.

“No podemos prohibir por ley lo que la Constitución no prohíbe”

Arlegui entiende que la libertad de trabajo debe ser el punto de partida y que una regulación destinada a prevenir conflictos de intereses no debería transformarse en una prohibición absoluta. Sostiene que “no podemos prohibir por ley lo que la Constitución no prohíbe” y que cada legislador “es adulto y responsable de sus actos”. Si entiende que existe un conflicto de intereses, sostuvo, “tiene que dejar de hacer su actividad”. Y agrega que “filosóficamente” no está a favor de ninguna prohibición.

La diferencia entre una incompatibilidad concreta y una prohibición general atraviesa su razonamiento. Considera que el problema aparece cuando una persona utiliza la investidura para obtener una ventaja particular, no simplemente porque mantenga un vínculo con su profesión.

A su entender, “es empezar a meternos en la vida privada de la gente, cuando en realidad nosotros lo que tenemos que hacer es castigar a los que hacen la cosa mal, y no prohibir absolutamente todo”.

El proyecto también establece que los legisladores no podrán ser socios o directores de una persona jurídica nacional o extranjera ni percibir ingresos derivados de actividades comerciales. Para Arlegui, el alcance es excesivo.

Cada legislador si entiende que existe un conflicto de intereses, “tiene que dejar de hacer su actividad”.

El problema de los suplentes

La situación de los suplentes fue uno de los puntos de la conversación. Arlegui entiende que no todos llegan al Parlamento en las mismas condiciones ni por el mismo tiempo. Por eso, cuestiona a quién va dirigido el proyecto: “Tal vez Caggiani está pensando en legisladores que están durante los cinco años. Pero ¿qué pasa, por ejemplo, con los suplentes?”, preguntó. Y llevó el ejemplo a su propia situación: “¿Qué pasa si yo asumo la banca por tres meses, por una licencia médica del legislador titular?”.

Desde esa perspectiva, la exclusividad podría obligar a una persona a interrumpir una actividad profesional sin saber cuánto tiempo permanecerá en el Parlamento. “¿Yo tengo que renunciar a mi trabajo, que después vamos a ver si lo puedo volver a conseguir? ¿Tengo que dejar de hacer lo que hago, donde me especialicé, me profesionalice, porque fui electa legisladora?”.

Su propia experiencia como suplente le sirve para dimensionar ese planteo. Con solo tres entradas al Parlamento, la senadora suplente percibió $33.000, cifra que, aclara, no es suficiente para vivir. La cifra busca marcar la distancia entre el tiempo real que un suplente puede ocupar una banca y la posibilidad de abandonar una profesión por una actividad legislativa que puede durar días, semanas o meses.

Para Arlegui, una regla uniforme puede tener efectos distintos según la profesión y la situación económica de cada uno de los legisladores.

Perfiles parlamentarios

Para la senadora suplente, mantener una actividad fuera del Parlamento también permite conservar contacto con la realidad. “A mí el estar trabajando, conociendo la realidad de los juzgados, atendiendo clientes, en mi estudio, mujeres que no acceden a la pensión alimenticia, situaciones de familia muy complicadas, de violencia muy complejas, yo creo que me enriquece desde el punto de vista de dirigente político. Al contrario, no me resta, me enriquece.”

Esa diversidad, sostiene, forma parte de la representación política: “Todos tienen que estar, porque es el reflejo de la sociedad, yo no quiero que exista una clase política”.

La idea no implica rechazar a quienes hacen de la política una profesión. Su planteo apunta a que esa no sea la única vía de acceso al Parlamento.

“La gente que se quiere dedicar a la política de manera profesional, a mí me parece perfecto, están en su libertad de hacerlo. Ahora, quienes quieren tener, a su vez, una pata profesional en otro lado, porque entienden que eso enriquece su carrera política, porque también es cumplir con su vocación”.

Arlegui se pregunta que pasa cuando un legislador asume una suplencia, ¿no podrá trabajar más en su actividad?.

Conflicto de intereses

La entrevistada acepta que existan mecanismos de control y sostiene que la transparencia debe ser una obligación de quienes ocupan cargos de representación.

“Yo apunto a cualquier mecanismo que implique transparencia, no tengo inconvenientes con eso y entiendo que quienes representan tienen la obligación de rendir cuentas”. Su objeción aparece cuando esa prevención se convierte en una prohibición que alcanza a toda actividad externa. Arlegui no se opone a pensar en diferentes mecanismos, pero aclara que “nunca puede ser la prohibición”. Y agrega que su posición está vinculada a la libertad de trabajo que ampara la Constitución de la República.

La diferencia, para ella, está en distinguir entre tener una actividad y utilizar la condición de legislador para beneficiarse de ella. “No es el instrumento o la posibilidad de trabajar lo que genera el conflicto de intereses, es la gente que lo utiliza mal”. Por lo tanto, propone otra lógica: transparentar, controlar y sancionar cuando corresponda, pero no impedir de antemano todas las actividades.

“Si el día de mañana se entiende que hubo un conflicto de intereses, se verá la declaración de la JUTEP, se expondrá en la prensa, mediante un juicio político, y en función de eso se tomarán las medidas que se tengan que tomar”, aclaró.

La exclusividad y el acceso a la política

Otro de los puntos que plantea es el costo de entrar y permanecer en la política cuando una persona tiene una carrera profesional consolidada.

Argumenta que el problema puede ser especialmente fuerte para quienes se encuentran en una etapa activa de su vida profesional y no estarían dispuestos a abandonar su carrera para ocupar una banca.

Sobre ese punto, sostiene que su propio perfil profesional “suma a la actividad política, le agrega un valor”, al igual que los diferentes perfiles que hoy se encuentran dentro del Parlamento. En su razonamiento, una política de exclusividad puede favorecer a quienes cuentan con patrimonio suficiente para sostenerse sin trabajar. Pero, quienes todavía dependen de su actividad laboral podrían quedar ante una elección más difícil.

Eso no significa, aclara, eliminar las exigencias del cargo. Su discusión está en otro punto. Lo que se discute es que la única forma de asegurar dedicación sea impedir el resto de las actividades. En tanto, la alternativa que plantea parte de medir el desempeño de manera más directa: asistencia, cumplimiento de las obligaciones y transparencia. Si el problema es la falta de dedicación, sostiene, la respuesta debería apuntar a esa conducta específica y no a la prohibición general de trabajar.

El proyecto de Caggiani no aparece aislado. Arlegui entiende que debe ser leído junto con otras iniciativas vinculadas a la actividad política y al régimen de quienes ocupan cargos públicos. En la entrevista menciona especialmente los proyectos referidos a los viajes de los legisladores y al tope del subsidio de los cargos políticos, presentados por el mismo legislador.

En su opinión, si el objetivo es reducir privilegios, existen otros instrumentos posibles. “Si lo que se pretende es eliminar privilegios, me parece que hay otros lugares por donde atacar, y no necesariamente la exclusividad”. Incluso frente a la posibilidad de reducir salarios, no plantea una objeción de principio. “Sí, ¿por qué no? Si todos están de acuerdo hay que bajar los salarios”, agregó.

Trabajo para el 2030

El eje vuelve entonces a la pregunta inicial: qué condiciones debe ofrecer la política para atraer a personas que tienen otras alternativas laborales. Para la nacionalista, una política que imponga la exclusividad no necesariamente garantiza mejores legisladores, pero sí puede modificar quiénes están en condiciones de aceptar una banca. El proyecto todavía debe atravesar el proceso parlamentario. Su aprobación, además, no tendría efectos inmediatos: el texto establece que la ley entraría en vigencia en 2030. Hasta entonces, el debate tendrá que definir no sólo qué actividades son compatibles con una banca, sino también qué mecanismos son suficientes para prevenir conflictos de intereses y asegurar que los legisladores cumplan con su responsabilidad.

La discusión va más allá de si un legislador puede mantener un trabajo, una profesión o una actividad empresarial mientras ocupa una banca. Para Arlegui, también está en juego qué tipo de representación política se quiere construir y quiénes estarán en condiciones de formar parte de ella.

“Tenemos que preguntarnos qué tipo de política queremos”, plantea y responde: “Yo quiero que en la política estén los mejores. Los de mi partido y los de otro partido”.

Desde esa mirada, mantener un vínculo con el mundo profesional no es necesariamente un privilegio ni un conflicto de intereses. Puede ser, para la senadora suplente, una forma de conservar contacto con la realidad que se pretende representar.

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