La cara de Alem

A los cinco años ya intuía leyes físicas que no podía expresar e imaginaba relaciones que luego encontré en viejos teoremas griegos. Hasta sentía que tenía rayos equis en los ojos y era capaz de leer las cabezas de mis amiguitos. Después, salvo una vez, me pasó también con los adultos.

De la mañana a la noche me entretenía con problemas y complicaciones. Me divertía tanto pensar, que los buscaba para pasarla bien.

Cumplí doce y al taller literario, la escuela y el círculo de ajedrez de los jueves, le sumé las reuniones políticas. Era el año ochenta y dos y los encuentros eran casi secretos. Aunque todo el mundo parecía saber que funcionaba un comité —faltaban dos meses para se levantara la veda política impuesta por la dictadura— la vieja casona no exhibía ningún cartel y los participantes iban llegando de a uno o en parejas. Me había invitado un amigo de quince. Yo estaba entusiasmado con Yrigoyen: austero y astuto, silencioso, intransigente y duro.

Ya era tarde y no quedaba nadie más. Yo hablaba con el

líder del movimiento sobre una idea que quería impulsar. Me temblaban las entrañas de solo imaginarme que pensando y hablando se podían hacer cosas para que los demás vivieran mejor. El líder del movimiento me escuchaba. Parecía interesado.

Leandro N. Alem con su barba larga y blanca tipo Pitágoras, también nos miraba. Las paredes cubiertas de telgopor, las ventanas selladas, las banderas del techo al piso que colgaban como estandartes y los otros, Moisés Lebensohn, Hipólito Yrigoyen, Arturo Umberto Illia y Emir Mercader apretando el pañuelo para secarse el sudor de su apasionado discurso, protegían mi alegato como un caparazón abrigado de epopeyas.

El líder del movimiento interpuso una frase que no recuerdo. Ahora mismo escucho mi voz aflautada retumbando en la gran habitación y puedo ver los dedos jugueteado entre mis piernas. Su voz, una tonalidad seca y firme, que avanzaba sin arrebatos con una explicación sobre bases principistas, citaba paladines de la ética política y mencionaba la “función reparadora que tuvo el partido en nuestra historia”. Fue esta frase y no otra la que se vio penetrada por un paréntesis que brotó en un tono más bajo, pero tan natural como el resto: “Así. Así está bien” —dijo, y volcó la cabeza enrulada entre mis piernas.

El rumor jugoso de su boca se mezclaba con las frases que iba largando sobre el desafío histórico que le esperaba al movimiento y a sus militantes.

Me hablaba como si nada.

Extrañeza y no miedo. No miedo: extrañeza, y el recuerdo de la escena desde arriba, como si yo fuera otro. Un espectador en un palco teatral o un prócer partidario mirando desde el fondo del retrato.

La acción sigue así: el líder levanta la cabeza y deja ver

su bigote pegajoso, se aleja un poco y alza al militante con un movimiento rápido para girarlo. Tiene mucha fuerza. El militante queda de cara al respaldo azul cuarteado del sillón. Se escucha el relámpago de un cierre y el militante adivina algo caliente o palpitante.

El miedo, ahora sí, y no otra cosa, me hace dar un salto con las piernas juntas por encima del sillón. El secretario general del movimiento dice algo que primero no entiendo. Está quieto como un chico asustado y repite lo que había dicho:

—Tranquilo… No iba a cojerte.

Salgo saltando en una carrera de embolsados. Él no me persigue y yo sigo con el miedo.

Son las once de la noche y estoy en la calle. Un taxista me habla.

—¿Qué te pasó querido?

—Nada —digo—. Nada… Es una broma —y enseguida me subo la ropa y corro. Corro veinte cuadras hasta mi casa apretando la llave. La llave que papá me dio porque está or- gulloso de la inteligencia de su hijo.

Sin hacer ruido, me meto en la cama. La cama rodeada de libros de historia y fotos de esclarecidos dirigentes. Nunca le voy a contar nada a nadie. Y me quedo mirando el techo hasta las nueve de la mañana.

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