Quizá su nombre a muchos no les resulte familiar, pero sí su música al escuchar las primeras notas de algunas de sus composiciones. Es que varias de sus creaciones han estado presentes en series, cine y teatro, ambientando escenas inolvidables.
Alfred Erik Leslie Satie nació en 1866, en un París que algunas décadas después se convertiría en la capital de las vanguardias. Cada artículo o biografía sobre su vida menciona inmediatamente sus extravagancias, su excentricidad. No hay dudas de que era diferente para la época: cien años después de su muerte, su música sigue siendo moderna. Él no se lo propuso, pero fue un precursor del minimalismo en la música. Disconforme con la música grandilocuente, virtuosa y explosiva en cuanto a desbordes emocionales, Satie responde con una música que, más que afirmar, sugiere; que tiene más preguntas que respuestas; que busca crear atmósferas y sensaciones. Aparenta ser muy sencilla, pero en realidad hay una enorme profundidad en ella, y requiere gran concentración y dominio por parte de los intérpretes para crear ese efecto hipnótico en la audiencia.
Sus partituras también eran diferentes. En gran parte de su obra no usa compases: no hay líneas divisorias, sino figuras libres en infinitos pentagramas, con indicaciones de carácter tan disparatadas como si estuviéramos inmersos en una obra de Ionesco: “Con la punta de tu pensamiento”, “Muy perdido” o “Retire la mano y métala en el bolsillo”. Eso sí: advertía con toda severidad que el intérprete no debía jamás revelar esas indicaciones al oyente.
Se jactaba de ser “el único músico con ojos”, dejando en claro que no solo le interesaba la música, sino que esta estaba al servicio de la creatividad mientras él observaba todo a su alrededor con mirada de filósofo y, fundamentalmente, con humor.
Pasó horas contemplando las bóvedas ojivales de la Catedral de Notre Dame, y allí nació en su interior una música que nos remonta al canto llano o gregoriano. Leía vorazmente y coleccionaba las obras de Hans Christian Andersen. Fue amigo de Claude Debussy, Jean Cocteau y Pablo Picasso, con quienes compuso un ballet que le valió, el día del estreno,
una cachetada por parte de un crítico musical indignado. A partir de entonces salió a caminar con un martillo en el bolsillo interior de su saco, por si se cruzaba con algún erudito.
Es que colegas, profesores y críticos de la época estaban muy ocupados siguiendo reglas, mientras él construía una estética de la antiseriedad con sus Piezas en forma de pera, sus Cuadernos de un mamífero o las Memorias de un amnésico.

Se le conoció una única y tormentosa relación amorosa con la pintora y modelo Suzanne Valadon, quien le hizo un retrato que conservó en su diminuto apartamento durante toda su vida. El amor duró apenas unos meses, hasta que él le pidió casamiento. Ella no volvió, pero él la esperó todos los días.
La esperó en silencio. La esperó escribiendo. La esperó componiendo. La esperó sin hacer nada. La esperó en el café.
Todos los días iba al mismo café, al que iban juntos, a la misma mesa, a la misma hora. Satie iba y esperaba. Suzanne no aparecía, pero Satie esperaba, como una ceremonia, como un ritual.
Esa espera obsesiva resulta fácil de asociar con su obra Vexations, que consiste apenas en una frase, un motivo musical brevísimo que debe repetirse 840 veces sin interrupción. ¿Un mantra? No hay duda de que no se trata solamente de una pieza musical, sino de todo un concepto: una especie de instalación, un ejercicio místico.
La repetición obsesiva del mismo motivo interpretado en vivo crea un efecto especial en el oyente: ya no se escucha solamente la melodía, sino que comienzan a percibirse otras cosas. La obra incómoda. Hace cuestionar y reflexionar. Efectos probablemente similares buscaron y desarrollaron compositores posteriores como Philip Glass, Ludovico Einaudi, Arvo Pärt o Steve Reich. La influencia de la obra de Satie en la música moderna ha sido enorme. Entre sus piezas más famosas se encuentran las Gymnopédies y las Gnossiennes. Como ocurre con casi todo en torno a él, no hay demasiadas certezas sobre el significado de esos títulos. Se dice que Gymnopédies podría hacer referencia a las danzas de las fiestas sagradas de la antigua Esparta. Gnossiennes, en cambio, podría ser una palabra inventada por Satie inspirada en Gnossos, evocando a una Grecia soñada, más imaginaria que real.
Erik Satie parecía escribir música para un siglo que todavía no había llegado.

