Nuestro sistema inmunitario es el encargado de proteger al cuerpo de infecciones y enfermedades. Pero con una enfermedad autoinmune como es el síndrome de Sjögren, el cuerpo ataca tejidos y órganos sanos. Este síndrome es una enfermedad autoinmune crónica que afecta principalmente las glándulas que producen humedad en el cuerpo, como las glándulas lagrimales y salivales, causando resequedad en los ojos y la boca. También puede afectar otras partes del cuerpo, incluyendo las articulaciones, los pulmones, los riñones y el sistema nervioso.
La prevalencia se estima entre el 0.1% y el 0.72% de la población mundial, afectando principalmente a mujeres. La tasa de incidencia en el género femenino es de 5 casos por 100.000 habitantes, por lo que se trata de una enfermedad poco frecuente. Es más común que aparezca en aquellas personas que ya tienen otras enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoide y el lupus.
La enfermedad puede presentarse de forma aislada (primaria) o asociada a otras enfermedades autoinmunes (secundaria). El desencadenante sigue siendo un misterio; a pesar de que los investigadores no saben a qué se debe, sí que creen que puede ser una combinación de factores genéticos y ambientales. Muchas instituciones de investigaciones detallan que es una afección sistemática porque, además de los síntomas de sequedad, esta patología puede afectar a cualquier órgano del cuerpo y producir una gran variedad de síntomas.
Como dolencia crónica, tiene una progresión muy lenta a lo largo del tiempo. Es por ello que puede pasar un periodo de hasta 10 años entre que empiezan a aparecer los síntomas y se da con el diagnóstico efectivo. En las mujeres, los indicios comienzan a salir sobre los 40, por lo que muchas veces se cree que forma parte del envejecimiento normal, como es el caso de la sequedad vaginal, que se atribuye a consecuencias de la menopausia.
El síndrome de Sjögren puede tener diferentes efectos en el cuerpo. No todos muestran los mismos síntomas. Algunos presentan ciclos de síntomas leves y luego serios. Los dos síntomas principales son: ojos secos, que inclusive generan que le ardan los ojos, le piquen o la persona sienta que tiene arena; a este punto cuesta llorar. Después aparecen otros síntomas como boca seca; dolor articular y muscular; piel seca; sarpullido en la piel de manos o pies; entumecimiento u hormigueo en las manos o los pies; tos seca que no desaparece y fatiga que no mejora.
No hay una única prueba para diagnosticar el síndrome de Sjögren. Para determinar si alguien lo padece, el profesional de salud debe revisar el historial médico y evaluar los síntomas. Realizará un examen físico para detectar signos de boca seca y posibles enfermedades autoinmunes asociadas; podría ordenar diversas pruebas, entre ellas evaluaciones oculares para medir la producción de lágrimas y detectar posibles daños por sequedad.
Así mismo, pruebas de las glándulas salivales para analizar la cantidad de saliva generada, que pueden incluir estudios de imagen, una biopsia y análisis de sangre. No existe cura para el síndrome de Sjögren. El tratamiento busca aliviar los síntomas. Los tratamientos pueden ser diferentes para cada persona, dependiendo de qué partes del cuerpo están afectadas. Ante esto, los pacientes reclaman un mayor avance científico que permita diagnosticar la enfermedad desde fases tempranas.

