Según los datos provistos por el Instituto Nacional de Estadística, el 15,9% de la población uruguaya presenta alguna discapacidad.
En concreto, sobre la discapacidad visual, el Censo Nacional Uruguayo realizado en 2021, develó que 250.607 personas tienen dificultad para ver aún usando apoyo óptico, 57.100 tienen mucha dificultad y 4.219 no pueden ver (FBU, s.f.).
Estas cifras, ponen sobre la mesa la necesidad de trabajar sobre el acompañamiento y la atención de estas personas. Pero esto no es algo nuevo, la FBU (s.f.), informa que desde principios del siglo XX, niños y niñas ciegos uruguayos han recibido instrucciones y soporte.
Sin embargo, no fue hasta 1958 que esta asistencia pasó a ser una premisa de la Educación Primaria, donde se comenzó a atender los derechos del niño ciego, proporcionando en algunas instituciones los medios y recursos para brindarles una adecuada formación escolar. De esta forma, los niños y niñas con discapacidad visual comenzaron a tener la oportunidad de formarse en institutos regulares, fomentado además de su educación, su integración social. Actualmente, Uruguay cuenta con diversos espacios que trabajan para estimular al máximo el potencial y la autonomía de estos niños y niñas desde abordajes interdisciplinarios.
Diario La R accedió a conversar con Alberto padre de un alumno de enseñanza primaria en donde su hijo integra una clase de tercer grado y padece discapacidad visual.
Compartimos con ustedes la entrevista.
– Alberto, agradecemos que nos acompañes hoy. ¿Cómo ha sido para ti observar la integración de tu hijo con visión reducida en su entorno escolar?
– Ha sido un camino con sus desafíos, pero también con muchas recompensas. Al principio, tenía muchas preocupaciones sobre cómo se adaptaría y si recibiría el apoyo adecuado que necesitaba.
– ¿Qué medidas específicas ha implementado la escuela para apoyar esta integración?
– La escuela ha tomado un enfoque bastante activo. Han adaptado los materiales de enseñanza para que sean accesibles y han reconfigurado el aula para facilitar su movilidad. Además, los docentes están muy involucrados y han recibido formación específica en el tema.
– ¿Cómo ha reaccionado el grupo de compañeros de su hijo ante esta situación?
– La respuesta ha sido increíblemente positiva. Con un poco de orientación, los niños han mostrado una notable capacidad de aceptación y apoyo. Participaron en actividades de concienciación que realmente marcaron la diferencia.
¿Ha notado algún cambio significativo en su hijo desde que comenzó este proceso de integración?
– Sin duda, su confianza ha crecido notablemente. Se siente más incluido en el grupo y participa activamente en las actividades escolares, lo cual antes le costaba más.
– ¿Qué consejo les darías a otros padres que se encuentran en una situación similar?
– Les aconsejaría trabajar estrechamente con la escuela y no dudar en defender las necesidades de su hijo. Además, fomentar un ambiente de comprensión y apoyo tanto en el hogar como en el entorno escolar es crucial.
– Desde tu perspectiva, ¿qué mejoras podría implementar el sistema educativo para apoyar mejor a los estudiantes con necesidades especiales?
– Sería ideal que todas las escuelas contarán con más recursos para personalizar la enseñanza según las necesidades de cada estudiante. También, una mayor capacitación para los docentes en temas de inclusión sería beneficiosa.
Gracias, Alberto, por compartir tus experiencias con nosotros.
– Gracias a ustedes por abrir este espacio para discutir un tema tan relevante. Espero que mi experiencia pueda servir de guía a otros padres y educadores para trabajar juntos hacia una educación más inclusiva.

