«Sexo cuando deseo, embarazo cuando decido.»

Cada grieta abierta es una semilla. En las calles, en las redes, en las mesas familiares donde antes solo había mandatos, ahora hay preguntas. Y en esas preguntas crece lo nuevo: un mundo que no se conforma con tolerar diferencias, sino que celebra que existan. 

«¡Abre las piernas!»

—Me dijo con voz desafiante—.

«¡Te va a doler, pero debes aguantar!»

No podía ser que tuviera que escuchar esto nuevamente. Temblaba, y las lágrimas que brotaban de mis ojos parecían inundar aquel lugar. Mi cuerpo era un completo caos, sí, al igual que aquella vez; solo que ahora había personas a mi alrededor dándome aliento y diciéndome que todo iba a estar bien.

«¡Abre las piernas!»

Escuché por segunda ocasión, acompañado de un: «Puja un poco». Esto sí no era igual que aquella vez: sentí que querían arrancar una parte de mí, y precisamente era eso lo que hacían.

Ya tenía dos meses de embarazo desde «aquella vez» —la primera relación sexual que experimenté, esa a la que tanto me negué y terminé siendo cómplice del dolor, los golpes y la furia de quien no acepta un «no» por respuesta.

El aborto está lleno de mitos. Esto me hizo recordar cuando tenía alrededor de doce años y acompañé a mi papá en su bici a buscar algo «allá arriba»—como decimos las personas de la periferia cuando vamos al pueblo—. Nos detuvimos en una cafetería, y en la televisión pasaban noticias sobre una concentración de jóvenes y mujeres con carteles que decían: «No al aborto», «No mates a tu bebé», e imágenes de fetos de ocho meses.

Le pregunté a mi papá qué pasaba, y él solo me respondió, con su voz seria y distante, que «hay gente que cree que el aborto es malo» . Desde entonces, pensé que abortar estaba mal, que podríamos irnos al infierno por ello. Solo lo entendí cuando tomé la decisión de no traer al mundo un bebé producto del abuso sexual; cuando, en vez de desnudar mi cuerpo, desnudé mi alma. Cuando aprendí que puedo tener sexo cuando deseo y embarazo cuando decido.

¡Así me hice feminista a los 21 años!

Hoy, años después, comprendo que ambas experiencias tallaron en mi piel un mismo mensaje: el cuerpo de una mujer nunca es neutral. Es un campo de batalla donde se libran guerras ajenas, pero también un santuario donde germinan las revoluciones íntimas.

Aquella niña que creció creyendo en el infierno hoy sabe que el verdadero infierno es la culpa que nos inyectan por elegir. Pero también aprendió que los mitos se derrumban cuando descubrimos que el cielo no está arriba, sino aquí, en el derecho a decidir sin miedo. El feminismo no llegó a mi vida con teorías abstractas: llegó con la urgencia de sanar.

Entendí que la igualdad no se decreta: se cosecha en las grietas. Sin embargo, los prejuicios siguen siendo clandestinos. Y sí, hay esperanza: en cada mujer que se nombra libre, en cada hombre que cuestiona su propio privilegio, en cada ley que se escribe con tinta de empatía.

Y también en los silencios que dejamos atrás; en las risas que ya no toleran chistes que humillan; en los espacios que antes eran exclusivos y hoy se comparten. La esperanza se enciende cuando un niño aprende que llorar no es debilidad; cuando una niña sueña sin pedir permiso; cuando una persona ya no tiene que demostrar que merece dignidad.

Pero la cosecha es lenta. Hay días en que los prejuicios resurgen disfrazados de tradición, de «siempre se hizo así», de «no es para tanto». Ahí es cuando la lucha se vuelve terquedad: seguir nombrando lo injusto, aunque incomode; seguir exigiendo, aunque digan que ya hay igualdad donde sólo hay disfraces de ella.

La igualdad no es un destino, es el camino. Y caminamos juntas, juntos, juntes, con los pies en el barro de la historia y los ojos en un horizonte que, por fin, empieza a ser de todos.

Este relato no es una cápsula de dolor. Porque cuando contamos nuestra verdad, no solo nos estamos sanando, sino que estamos trazando un mapa para que otros no se pierdan. Y en ese acto, en esa cadena de voces rotas y rehechas, se construye la única igualdad que importa: la que nos permite ser dueñas de nuestros cuerpos, de nuestras historias, de los gritos que nacen en la garganta y los silencios que elegimos guardar.

Lo que antes fue orden, hoy es poema:

«Estas piernas se abren como versos, solo cuando la rima es libertad.»

Las mismas palabras que fueron látigo ahora son mi bandera:

“Abre las piernas… solo cuando sea tu grito guerra”.

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2 Comentarios

  1. Esta columna menciona la palabra «empatía»… Lástima que esa empatía no exista para con el ser que viene en gestación y cuya vida es truncada repentinamente por la sola voluntad de quien la viene gestando. Y que no hablen de los embarazos ocurridos por la fuerza, porque la experiencia de más de diez años en nuestro país indica que más del 95 % de esas interrupciones son por sola voluntad de la gestante. Y que tras esos abortos tal vez hayan muerto también las ilusiones de un novel esposo que soñaba con converrtirse en padre.

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