Salomé Ureña de Henríquez: Primera gran poetisa de República Dominicana

Considerada la figura central del romanticismo dominicano y una de las mayores escritoras de su país, Salomé Ureña compaginó una brillante obra lírica con una labor pedagógica pionera.

Salomé Ureña Díaz de Henríquez
Salomé Ureña Díaz de Henríquez

Salomé Ureña Díaz de Henríquez nació en Santo Domingo el 21 de octubre de 1850, en el seno de una familia culta. Hija del escritor y magistrado Nicolás Ureña de Mendoza y de Gregoria Díaz de León, creció rodeada de libros y estímulos intelectuales. 

A los quince años ya se relacionaba con el mundo literario dominicano y publicó sus primeros poemas. Su talento natural, unido a una disciplina férrea, la llevó a convertirse en una de las voces femeninas más influyentes del siglo XIX en Hispanoamérica. Esto junto a figuras como Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. La obra lírica de Salomé Ureña se enmarca en el romanticismo dominicano, formando parte de la llamada “trilogía de los poetas mayores” junto a José Joaquín Pérez y Gastón Fernando Deligne. Sus versos se caracterizan por la claridad expresiva, el uso de moldes clásicos. Así como una profunda reflexión ética sobre la patria y el anhelo de progreso.

Ureña asumió la pedagogía como una misión de transformación social
Ureña asumió la pedagogía como una misión de transformación social

Entre sus temas recurrentes destaca el amor a la nación, expresado en poemas como Ofrenda a la Patria o 27 de Febrero, así como la fe en el avance moral y material de su pueblo, visible en La gloria del progreso y La fe en el porvenir. También cultivó la poesía intimista y doméstica, donde la exquisita sensibilidad de la autora transforma los pequeños acontecimientos cotidianos en material poético de gran vigor. Tal es el caso  de Padre mío, A mi hijo o La llegada del invierno (esta última elogiada por Marcelino Menéndez Pelayo).

En 1874 apareció la antología Lira de Quisqueya, a la que siguió su libro más celebrado, Poesías (1880). Un año después publicó Sombras, un poema pesimista que refleja su desencanto ante la situación sociopolítica de la época. Discípula del gran pensador puertorriqueño Eugenio María de Hostos, Salomé Ureña asumió la pedagogía como una misión de transformación social. En una época en que las oportunidades de educación formal para las mujeres eran casi inexistentes, fundó el Instituto de Señoritas el 3 de noviembre de 1881. Fue la primera institución de educación superior para mujeres en la República Dominicana y un acto revolucionario.

Al frente del instituto durante doce años, logró graduar a las primeras catorce maestras normalistas del país. Entre ellas figuran nombres como Mercedes Laura Aguiar, Altagracia Frier, Luisa Ozema Pellerano y Ana Josefa Puello, entre otras. Su labor formó a toda una generación de educadoras que extendieron la enseñanza laica, científica y de calidad por el territorio dominicano. Hostos dijo de ella: “Cuando se conozcan en América los cánticos patrióticos de Salomé Ureña de Henríquez, no habrá nadie que les niegue la superioridad que tienen entre cualesquiera otros de la misma especie en nuestra América”.

Por su parte, el poeta Rubén Darío la calificó como “una musa justamente famosa, vigorosa y pindárica, sin perder la gracia y el encanto de su alma femenina”. A los veinte años contrajo matrimonio con el médico y político Francisco Henríquez y Carvajal, quien llegaría a ser presidente de la nación. Con él tuvo cuatro hijos: Francisco, Pedro, Max y Camila. De ellos, Pedro Henríquez Ureña y Max Henríquez Ureña se convirtieron en dos de los más importantes escritores y ensayistas de la literatura latinoamericana, continuando el legado de su madre.

Salomé Ureña falleció el 6 de marzo de 1897, a los 47 años, víctima de una tuberculosis. Su obra poética ha sido reeditada en múltiples ocasiones, destacando Poesías completas (1950) en el centenario de su nacimiento.

Salomé Ureña de Henríquez es recordada no solo como una poetisa de primer orden, sino como la mujer que abrió las puertas de la educación superior a las dominicanas. Su vida y obra fueron elogiadas por Joaquín Balaguer, quien señaló: “La afición a las letras no le impidió cultivar una sólida cultura científica. Lo que le permitió encabezar, como maestra, el movimiento a favor de la emancipación intelectual de la mujer dominicana”.

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