Cuando se habla de fuentes icónicas no podemos dejar de mencionar en primera instancia La Fuente de Trevi. Esta es sin discusión, la fuente más célebre de Roma y una de las más hermosas del mundo. Su historia se remonta a los tiempos del emperador Augusto. Según la leyenda, una misteriosa doncella indicó al general Marco Vipsanio Agripa el lugar donde se encontraba un manantial puro y abundante en las afueras de la ciudad. Para llevar esa agua a Roma, Agripa mandó construir un acueducto que fue terminado en el año 19 a.C. Y que, en honor a aquella joven, recibió el nombre de Acqua Virgo. Este acueducto es el único de los antiguos que ha permanecido en funcionamiento continuo hasta nuestros días.
El nombre “Trevi” deriva de un topónimo documentado desde mediados del siglo XII, “Regio Trivii”. Este hace referencia a la confluencia de tres calles en la plaza donde se levanta la fuente. También se ha asociado a la triple salida del agua de la fuente original. La construcción de la fuente actual se debe al papa Clemente XII, quien en 1732 lanzó un concurso entre los principales artistas de la época.

Según documentos antiguos, entre varios proyectos, se eligió el del arquitecto Nicola Salvi. Los trabajos se prolongaron durante treinta años y acabaron arruinando la delicada salud de Salvi, que falleció sin ver terminada su obra maestra. La construcción fue completada por Giuseppe Pannini, quien modificó parcialmente el acantilado escultórico para regularizar las cuencas centrales.
La fuente se apoya en el Palazzo Poli y se desarrolla como un gran acantilado animado por numerosas plantas esculpidas y un espectacular flujo de agua. En el centro domina la estatua de Océano, que conduce un carro en forma de concha tirado por dos caballos, uno enojado y otro plácido, cada uno retenido por un tritón. La fachada, articulada como un arco de triunfo, presenta dos relieves, a la derecha, la virgen indicando la fuente a los soldados romanos. Mientras que a la izquierda, Agripa ordenando el inicio de la construcción del acueducto. Completan el conjunto dos figuras alegóricas, Salubridad y Abundancia, que resaltan los beneficios del agua.
Según la tradición, arrojar una moneda a la fuente asegura el regreso a Roma. Si se desea amor, deben lanzarse dos monedas, con tres, las campanas de boda sonarán pronto. Esta costumbre, carente de fundamento pero universalmente seguida, nació ahí y se ha convertido en un rito para los visitantes.
Del mismo modo hay un detalle que es de los menos conocido que es la llamada “fuente de los enamorados”, una pequeña pila rectangular con dos caños en el lado derecho externo. Las parejas que beben de ella, según la creencia popular, permanecerán enamoradas y fieles para siempre. El ritual se realizaba antiguamente cuando el novio debía ausentarse por largos períodos. En ese entonces la joven llenaba un vaso nuevo y se lo ofrecía a su amado, y luego lo rompía para asegurarse de que él no la olvidara.
La Fontana di Trevi saltó a la fama mundial como escenario de la escena más icónica de la película “La Dolce Vita” de Federico Fellini. Allí, una provocadora Anita Ekberg, con un largo vestido negro, llama a Marcello Mastroianni mientras se sumerge sensualmente en las aguas iluminadas. Ese momento grabó la imagen de la fuente en el imaginario colectivo.
La fuente ha sido restaurada en varias ocasiones. Una gran intervención se llevó a cabo entre 1989 y 1991, y la última gran restauración ocurrió en 2014 con la contribución financiera de la casa de moda Fendi. Hoy, las gradas que descienden hasta el estanque están siempre llenas de turistas, impresionados por el contraste entre la monumentalidad de la fuente y la pequeñez de la plaza circundante. El rito de la moneda, la belleza del agua y la magia del lugar convierten a la Fontana di Trevi en una joya imperdible de la Ciudad Eterna.



