Miguel de Unamuno nació en Bilbao en 1864, estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid, donde leyó a Hegel, Marx y Spencer. Se doctoró con una tesis sobre el origen de la raza vasca y poco después obtuvo la cátedra de lengua y literatura griega en la Universidad de Salamanca, de la que más tarde fue rector. Unamuno articuló su pensamiento sobre la base de la dialéctica hegeliana, pero pronto buscó en Kierkegaard, James y Bergson respuestas a su crisis religiosa. Nunca llegó a construir un sistema filosófico coherente. Prefirió la literatura como expresión de su intimidad.
Su idea central era que el hombre es «ente de carne y hueso» y la vida es un fin en sí mismo. Esa angustia personal se proyectó en obras como En torno al casticismo (1895), Del sentimiento trágico de la vida (1913) y La agonía del cristianismo (1925). En el primero de estos libros, una colección de cinco ensayos, defendió el concepto de «intrahistoria»: la vida latente del pueblo frente a la historia oficial. Propuso entonces que la solución para España era su europeización. Pero años después, en Vida de don Quijote y Sancho (1905), dio un giro. Allí propuso «españolizar Europa». Consideró que la relación entre don Quijote y Sancho simboliza la tensión entre ficción y realidad, locura y razón, la aspiración común a la inmortalidad.

Sus novelas progresaron desde Paz en la guerra (1897) y Amor y pedagogía (1902) hasta la madura La tía Tula (1921). Entre ellas escribió Niebla (1914), Abel Sánchez (1917) y Tres novelas ejemplares y un prólogo (1920). Sus personajes son conflictivos, víctimas de tensiones entre pasiones y normas sociales. Su obra incluye Poesía (1907), El Cristo de Velázquez (1920) y Romancero del destierro (1927), este último fruto de su deportación a Fuerteventura por oponerse a la dictadura de Primo de Rivera. También cultivó el teatro: Fedra (1924), El otro (1932) y Medea (1933).
El 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, Unamuno pronunció un discurso que lo selló su destino. Dijo: «La nuestra es una guerra incivil. Vencer no es convencer. Hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión; el odio a la inteligencia». Defendió a catalanes y vascos. El general Millán Astray, fundador de la Legión, interrumpió el discurso golpeando la mesa y gritó: «¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!»
La esposa de Franco, Carmen Polo, sacó a Unamuno del paraninfo. Fue destituido como rector vitalicio, se le despojó de su dignidad como alcalde vitalicio de Salamanca y su cátedra fue suprimida. Quedó confinado en su domicilio de la calle Bordadores. Oficialmente estaba «protegido», pero tres militares hacían guardia en su puerta con órdenes de «tirar a matar» si intentaba huir.
Sumido en una profunda tristeza, sin su esposa Concha (fallecida en 1934), Unamuno siguió escribiendo. El 31 de diciembre de 1936 recibió la visita de un antiguo alumno falangista, Bartolomé Aragón. Conversaron junto al brasero. Aragón dijo: «A veces pienso si no habrá vuelto Dios la espalda a España disponiendo de sus mejores hijos». Unamuno respondió: «¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!» Luego se desvaneció. Al quedar inconsciente, metió el pie en el brasero, que prendió. Aragón creyó que se había dormido. El olor a quemado lo alertó. Unamuno murió de frío y con el pie ardiendo.
Los médicos dijeron que fue una congestión cerebral por las emanaciones del brasero. Fue enterrado al día siguiente, entre gritos falangistas. Días después, Antonio Machado escribió: «Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en la guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo; acaso también, aunque muchos no lo crean, contra los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo.»

