Augusto Roa Bastos nació en Asunción en 1917 y murió en 2005. Es considerado el escritor paraguayo más importante del siglo XX y uno de los grandes novelistas de la literatura hispanoamericana. En 1936, comenzó a trabajar como periodista en Asunción para el diario El País, del que luego fue director. Por entonces, junto a Josefina Pla, Hérib Campos Cervera y otros pocos, inició la renovación poética de Paraguay en la década de 1940. En 1944 viajó a Gran Bretaña invitado por el Consejo Británico. Trabajó como corresponsal de su periódico y también en la BBC de Londres, donde se convirtió en el primer locutor paraguayo.
El exilio y el guionismo
Poco después de regresar a Paraguay, estalló la Revolución de 1947. Fue ordenado su arresto y se vio forzado al exilio. Vivió fuera de su país más de cuarenta años. Los primeros treinta años transcurrieron en Buenos Aires. Durante ese largo período trabajó como guionista cinematográfico. Él mismo calificó esa profesión como «de supervivencia», pero reconoció que influyó en su estilo descriptivo. Llegó a estructurar los argumentos de una docena de películas.

En 1953 publicó su primer libro importante, la colección de cuentos El trueno entre las hojas. Le siguió en 1960 la novela Hijo de hombre, que recibió el reconocimiento unánime de la crítica. La obra abarca, de manera fragmentaria, cien años de historia paraguaya. Se destaca por el rigor técnico con que el autor construye su complejo relato y la fuerza expresiva de una prosa mestiza, que mezcla español y guaraní para transcribir el habla regional.
En los años siguientes publicó El baldío (1966), Madera quemada (1967) y Moriencia (1969). Pero su fama internacional no llegaría hasta 1974, cuando apareció Yo el Supremo, una novela histórica protagonizada por el dictador Gaspar Rodríguez de Francia, que gobernó Paraguay entre 1814 y 1840.
Yo el Supremo y el boom latinoamericano
Yo el Supremo estableció a Roa Bastos en la vanguardia de los escritores del continente. Pasó a formar parte de la nómina de grandes figuras del llamado boom de la literatura hispanoamericana, junto a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Ernesto Sábato, entre otros.
Gaspar Rodríguez de Francia es una figura siniestra y a la vez fascinante, con visos de déspota ilustrado. Encerró materialmente a Paraguay dentro de un círculo de autoritarismo y aislamiento. En la novela, el narrador tradicional queda sustituido por un compilador que proporciona materiales al lector para que sea este quien monte o construya la historia. Como obra de lenguaje, Yo el Supremo profundiza en las raíces del español paraguayo, en busca de lo que se ha calificado como «oralidad escrita». Eso potencia la creación de neologismos, deformaciones y continuos juegos léxicos y sintácticos.

Cátedra en Francia y regreso a Paraguay
En 1976 se integró al plantel de profesores de la Universidad de Toulouse, en Francia, donde enseñó literatura y guaraní hasta 1984. En 1982, durante una visita a Paraguay, fue expulsado del país. El régimen de Alfredo Stroessner le confiscó el pasaporte y lo acusó de adoctrinar a jóvenes con ideología marxista. Como única prueba, presentaron documentos que demostraban que había estado en Cuba.
A partir de 1985 se convirtió en un opositor activo al gobierno de Stroessner. Actuó como embajador no oficial del Acuerdo Nacional en Europa. En febrero de 1986 publicó una Carta Abierta al pueblo paraguayo, que circuló ampliamente dentro del país y en la que exigía una transición pacífica a la democracia. Poco después de la caída de Stroessner, regresó a Paraguay. En noviembre de 1989 recibió el Premio Cervantes, el máximo galardón de las letras españolas.
Entre sus publicaciones posteriores se cuentan las novelas Vigilia del almirante (1992), El fiscal (1993), Contravida (1994) y Madama Sui (1995). También publicó piezas de teatro y numerosas antologías de relatos, como Los pies sobre el agua (1967), Cuerpo presente y otros cuentos (1971), Lucha hasta el alba (1979) y Antología personal (1980).
El universo guaraní y el neoindigenismo
En algún momento de su vida, Roa Bastos afirmó que la literatura paraguaya del futuro surgiría del equilibrio entre la cultura hispana y la cultura guaraní. Esa dualidad marcó toda su obra. En sus primeros libros, parte de la concepción de un nuevo indigenismo literario que ya se había vislumbrado en las leyendas de Miguel Ángel Asturias y, en los años cincuenta y sesenta, en las obras de José María Arguedas.
Este indigenismo renovado, al que la crítica llamó neoindigenismo, está muy presente a partir de El trueno entre las hojas (1953) y en las obras de la década de 1960, como Hijo de hombre (1960), El baldío (1966), Madera quemada (1967) y Moriencia (1969). En estos libros, el escritor paraguayo hace convivir en el espacio textual el realismo mágico, la intensificación del lirismo y las transformaciones reales de la problemática guaraní.
Lucha por encontrar un lenguaje cuya sintaxis y sentido nos remitan al mundo cultural indígena. Factores como la mitificación y la oralidad atenúan la presencia de la tradición hispánica en sus escritos. Como afirmó el propio autor, el escritor culto que escribe en castellano no va a cometer la tontería de trasladar a sus textos las características formales y técnicas del guaraní. Lo que procura es incorporar su atmósfera, infundir su sentido y su emoción vital.

Hacia lo universal
A partir de Yo el Supremo, su obra busca desenmascarar los discursos del poder, los que en realidad marginan culturas como la guaraní. También cuestiona el carácter absoluto de la escritura y el lenguaje literario que solo redime la palabra escrita frente a la siempre denostada oralidad. La presencia del guaraní en Yo el Supremo aparece reflejada a través de comparaciones, imágenes o metáforas que representan conceptos y abstracciones, en un intento claro de reflejar el carácter aglutinador de una lengua como el guaraní.
A partir de entonces, su compromiso es cultural con todos los pueblos iberoamericanos, aunque el referente casi siempre sea la historia y la cultura paraguaya. Con El fiscal cerró la trilogía sobre el monoteísmo del poder que comenzó con Hijo de hombre y continuó con Yo el Supremo. En Contravida, personajes de su narrativa anterior reaparecen. Los espejismos y los lugares mágicos nos remiten no al neoindigenismo, sino a una nueva consideración de la cultura guaraní en convivencia con otras culturas.
En Madama Sui, reconstruye ficcionalmente la vida de una de las amantes del dictador Stroessner para introducir una cultura distinta, la japonesa. Establece relaciones entre esta y el mundo de la imaginación guaraní. En ambas culturas coexiste, por ejemplo, la fantasía de una Tierra sin Mal, una utopía que anheló Augusto Roa Bastos y cualquier ser humano.


Un grande. Hijo de hombre y Yo el Supremo, una cónica sobre Gaspar Rodríguez de Francia son obras maravilllosas. Lo ignoro, pero creo que deberían estar en los programas de literatura.