Claude Monet creció en El Havre, ciudad portuaria de Normandía y a los 15 años ya era conocido por sus caricaturas al carboncillo. Allí conoció a Eugène Boudin, paisajista que pintaba al aire libre y que lo invitó a acompañarlo. Al principio, Monet rechazó la propuesta, pues no le interesaba ese naturalismo. Sin embargo, Boudin insistió y, finalmente, el joven accedió. Fue una revelación, como bien diría años después “De repente, fue como un velo que se rasga, había comprendido lo que podía ser la pintura”.
A los 19 años se trasladó a París y en contra la voluntad de su padre, que quería que estudiara en la prestigiosa Escuela de Bellas Artes, Monet ingresó en la Academia Suiza, un taller libre donde conoció a Camille Pissarro. Más tarde, formó parte del taller de Charles Gleyre, donde entabló amistad con Renoir, Sisley y Bazille. Todos ellos compartían el deseo de romper con las reglas académicas. Gleyre lo acusaba de ser “demasiado realista”. Monet instó a sus compañeros a abandonar el taller: “El entorno es malsano, falta sinceridad”.

La pintura al aire libre no era nueva, pero Monet la llevó a un extremo inédito. Trabajaba con rapidez, en sesiones que podían durar apenas unos minutos. Buscaba captar la instantaneidad, los efectos cambiantes de la luz y el clima. “El color es mi obsesión diaria, la alegría y el tormento”, dijo. Fue el primero en desarrollar las llamadas pinturas “en serie”: el mismo motivo (pajares, la catedral de Rouen, los nenúfares) representado en diferentes horas del día y condiciones atmosféricas.
En 1874, expuso en el estudio del fotógrafo Nadar un cuadro titulado “Impresión, sol naciente”. El crítico Louis Leroy usó ese título para burlarse del grupo, acuñando el término “impresionismo”. Lo que era un insulto se convirtió en el nombre de uno de los movimientos artísticos más importantes de la historia.
Monet abandonó los contornos nítidos, aplicó pinceladas sueltas, yuxtapuso colores puros y eliminó el negro de su paleta. No mezclaba en el lienzo; dejaba que el ojo del espectador combinara las tonalidades. Su objetivo no era representar objetos, sino las impresiones que esos objetos le producían.
Su situación económica fue precaria durante años. El Salón de París rechazó sus obras sistemáticamente, y recién en la década de 1880, gracias al marchante Durand-Ruel, comenzó a vender con regularidad. En 1883 alquiló una casa en Giverny, que luego compró. Allí construyó su famoso jardín acuático y pintó cerca de trescientas obras de nenúfares, sus últimas grandes series, hoy expuestas en la Orangerie de París.
Afectado por cataratas en sus últimos años, su visión se distorsionó. Sus pinturas de esa época adquirieron tonalidades rojizas y trazos más gestuales, pero aún así, continuó trabajando hasta su muerte, el 5 de diciembre de 1926. Sus restos descansan en Giverny, el mismo jardín que inmortalizó.
Monet nunca tuvo un estudio fijo. “Nunca he tenido un estudio. Y personalmente no entiendo por qué a alguien le gustaría encerrarse en una habitación. Tal vez para dibujar, pero no para pintar”, dijo. La naturaleza fue su taller. Boudin le había enseñado a observar el cielo. Jongkind, otro paisajista holandés, lo influenció en la fluidez de los trazos. Pero fue Monet quien sintetizó esas influencias y creó un lenguaje visual único.
El impresionismo no fue solo una técnica, sino que fue una manera de entender el arte como experiencia sensorial, no como narración. Monet no contaba historias, mostraba lo que veía y sentía en un instante preciso, con una honestidad que sus contemporáneos tardaron en comprender. Hoy, sus obras cotizan en cientos de millones y sus jardines de Giverny reciben miles de visitantes cada año. Su legado no es solo estético, es sin duda, es la reivindicación del acto de mirar.

