Fernando Botero, el artista que devolvió al mundo su propia desmesura

Botero es considerado, el pintor y escultor colombiano más universal. Su obra, inconfundible por sus figuras rotundas y voluminosas, construyó un universo propio donde lo cotidiano se vuelve monumental y la realidad se transforma en una suerte de realismo mágico.

.Fernando Botero Angulo, pintor colombiano

Fernando Botero Angulo nació en Medellín, Colombia, el 19 de abril de 1932. Creció en el barrio Boston, donde se destacó por su destreza con el balón de fútbol y el baile, y también por su gusto por la tauromaquia, que lo llevó incluso a tomar clases de toreo.  A los 14 años creó su primera obra, la cual era la imagen de un torero que vendió a las puertas de la plaza de La Macarena.

En 1948, con apenas 16 años, publicó sus primeras ilustraciones en la revista dominical de El Colombiano, uno de los periódicos más importantes de Medellín. Dos años después, terminó sus estudios secundarios y se trasladó a Bogotá, donde realizó su primera exposición individual en la galería de Leo Matiz. Con su óleo «Frente al mar» logró el segundo puesto en el IX Salón Nacional de Artistas.

Botero es considerado, el pintor y escultor colombiano más universal. Su obra, inconfundible por sus figuras rotundas y voluminosas, construyó un universo propio donde lo cotidiano se vuelve monumental y la realidad se transforma en una suerte de realismo mágico.

Con el dinero del premio y la venta de sus primeras obras, el joven artista viajó a Europa. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en Madrid y se familiarizó con los grandes maestros como Goya, Velázquez y Picasso. Luego continuó su formación en Francia e Italia, donde estudió las técnicas de los maestros italianos junto al historiador Bernard Berenson. También visitó México y Washington, afinando su mirada y construyendo el estilo particular por el que hoy es reconocido.

Su trayectoria vital estuvo atravesada por el amor y el dolor. En 1955 se casó con la gestora cultural Gloria Zea, con quien tuvo tres hijos: Fernando, Lina y Juan Carlos. Se separaron en 1960. En 1964 contrajo matrimonio con Cecilia Zambrano, con quien tuvo a su cuarto hijo, Pedrito, nacido en 1970. La tragedia golpeó a la familia en 1974, cuando el niño, de apenas cuatro años, murió en un accidente de tránsito en España. El matrimonio no superó la pérdida. Ese suceso cambió su estilo y desembocó en su cuadro más querido, «Pedrito Botero».

A lo largo de su carrera, Botero desarrolló un estilo figurativo tan personal que recibió un nombre propio, el «boterismo». Sus figuras, más robustas y gruesas de lo habitual, ocupan el lienzo con una presencia abrumadora. Pero lejos de ser una mera exageración, esa monumentalidad es una exploración profunda de la forma y el volumen, una búsqueda de la «sensualidad de la forma» como él mismo definía su gozo en la pintura.

Su obra bebe de múltiples fuentes: del muralismo mexicano de Diego Rivera, del monumentalismo de Paolo Uccello y Piero della Francesca, y del primitivismo naíf de Rousseau. Pero también está atravesada por una mirada crítica y sarcástica sobre la sociedad. 

Sus personajes desmesurados son caricaturas que retratan la fealdad exterior y estética, no la moral. Y no falta la crítica política: escenas de torturas, masacres y guerras aparecen filtradas por el «boterismo», transformando la crudeza en una reflexión plástica.

Su obra ha recorrido el mundo y se ha exhibido en lugares emblemáticos como los Campos Elíseos de París, la Gran Avenida de Nueva York, el Paseo de Recoletos de Madrid, la Plaza del Comercio de Lisboa, la Plaza de la Señoría en Florencia y hasta las Pirámides de Egipto. Su estilo monumental se nutre de su formación en Europa y de las influencias de los maestros antioqueños, el muralismo mexicano, el expresionismo abstracto y el arte pop.

Fernando Botero falleció el 15 de septiembre de 2023 en el Principado de Mónaco y dejó como legado una obra que no se puede confundir con ninguna otra, que depende más del arte de los grandes maestros, del arte popular, de la tradición precolombina y de la imaginería colonial, que de cualquier moda figurativa. En sus pinturas, esculturas y dibujos, el mundo se vuelve más grande, más lleno, más humano. Y en esa desmesura, quizás, nos devuelve una imagen más verdadera de nosotros mismos.

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