Adela Gleijer nació el 20 de septiembre de 1933 en Montevideo. Su formación actoral comenzó en Uruguay, y su debut sobre las tablas se produjo en 1956 en el Teatro El Galpón, una de las compañías más emblemáticas del país. La obra elegida fue «El centroforward murió al amanecer», de Agustín Cuzzani. Allí no solo inició su vida artística sino que también conoció a quien sería su compañero de escenario y de vida durante décadas: el actor Juan Manuel Tenuta, con quien se casó en 1961 y tuvo a su hija Andrea Tenuta, también actriz.
Dentro de El Galpón, Gleijer integró los elencos de montajes fundamentales como «El círculo de tiza caucasiano», de Bertolt Brecht, y «El Rey Lear», de William Shakespeare, bajo la dirección de Atahualpa del Cioppo. Esa etapa inicial le dio una sólida formación en teatro de grupo y en un estilo de actuación comprometido con la realidad social.

Argentina, su segundo hogar
Posteriormente se radicó en Buenos Aires, donde desarrolló la mayor parte de su carrera sin perder nunca el vínculo con sus raíces uruguayas. En la capital argentina (Buenos Aires) trabajó en los elencos estables del Teatro San Martín y del Teatro Nacional Cervantes. Entre las obras que protagonizó se encuentran «Hombre y superhombre», de Bernard Shaw; «Lo frío y lo caliente», de Pacho O’Donnell; «La máscara» y «Gris de ausencia», de Roberto Cossa, esta última dirigida por Carlos Gandolfo. También participó en «El prisionero de la Segunda Avenida», de Neil Simon, con dirección de Norma Aleandro; «Tres buenas mujeres», de Laura Bonaparte, presentada en el Festival de Guanajuato; y «Greek», de Stephen Berkoff.
Asimismo, su compromiso con el teatro argentino la llevó a formar parte de ciclos emblemáticos como Teatro Abierto y TeatroxlaIdentidad, espacios que en momentos críticos del país reivindicaron la libertad de expresión y los derechos humanos. También integró producciones como «Lupines», «Veraneantes», «¿Cuánto cuesta el hierro?», «El pino de papá», «Encuentro en Roma», «Sangre huesos piel alma», «Al vencedor» y «Con tinta y con sangre».
En entrevistas, Gleijer solía destacar la importancia de la resiliencia y el humor en su vida familiar y profesional. Casada con Juan Manuel Tenuta desde 1961 hasta el fallecimiento de él en 2013, definía su vínculo como una unión atravesada por el amor y la risa. «Lloramos fácil y nos reímos con la misma facilidad», contó en una ocasión. También reflexionó sobre las dificultades económicas que atravesaron como artistas: «Somos laburantes y muchas veces tuvimos apenas para vivir al día. Elegimos darnos gustos cálidos, aunque el auto tuviera veinte años».

Su hija, Andrea Tenuta, siguió sus pasos y compartió con sus padres tanto la vida familiar como hitos del ambiente artístico. La familia Gleijer-Tenuta se convirtió así en una de las dinastías teatrales más respetadas del Río de la Plata.
El exilio de Adela Gleijer y Juan Manuel Tenuta estuvo marcado por su militancia y el compromiso con el Teatro El Galpón de Montevideo. A raíz de la persecución política y la posterior clausura de la institución por la dictadura cívico-militar uruguaya, la pareja debió abandonar el país en la década de 1970 radicando de forma definitiva en Buenos Aires, donde reconstruyeron su vida familiar y profesional. Desde allí mantuvieron siempre una estrecha solidaridad con el proyecto de «El Galpón en el exilio», el cual continuaba operando desde México y realizando giras internacionales para denunciar el terrorismo de Estado en su país de origen.
Trayectoria en la televisión y el cine
En televisión, Gleijer se convirtió en una cara familiar para el público argentino y latinoamericano. Participó en ficciones que marcaron diferentes épocas. En la década de 1980 apareció en «Amo y señor» (1984) e «Increíblemente sola» (1985). En los años noventa integró el elenco de «Rebelde» (1989), «Celeste» (1991), «Princesa» (1992) y «Celeste, siempre Celeste» (1993). Más tarde llegaron «Los buscas de siempre» (2000), «Sos mi vida» (2006), «Mujeres de nadie» (2007) y «Volver a nacer» (2012). También se la vio en «Mujeres asesinas», «Los Roldán», «Verano del 98», «Mi familia es un dibujo», «Verdad consecuencia», «El hombre de tu vida», «Vulnerables», «Trillizos dijo la partera» y «Pobre diabla». Su versatilidad le permitió transitar tanto telenovelas de gran audiencia como unitarios de autor.
En cine, su filmografía incluye títulos como «El señor presidente» (1969), «La fidelidad» (1970), «Clínica con música» (1974), «Contragolpe» (1979), «Donde duermen dos… duermen tres» (1979), «La isla» (1979), «El hombre del subsuelo» (1981), «Flores robadas en los jardines de Quilmes» (1985), «Casi no nos dimos cuenta» (1990), «¿Quién es Alejandro Chomski?» (2002), «Algún lugar en ninguna parte» (2009), «Piedras» (2010), «Cerro Bayo» (2010) y «Una cita, una fiesta y un gato negro» (2011). Muchas de estas películas fueron producciones independientes que retrataron realidades sociales y existenciales de la región. En 2006, la Asociación Argentina de Actores y Actrices junto con el Senado de la Nación le otorgaron el Premio Podestá a la Trayectoria Honorable, un reconocimiento que subrayó su impacto cultural y su larga dedicación a las artes escénicas.

Adela Gleijer falleció a los 92 años, pero su legado queda en la memoria colectiva de quienes disfrutaron de sus interpretaciones en teatro, cine y televisión. Su figura representa el ideal del actor integral: formado en el teatro de grupo, comprometido con su tiempo, capaz de emocionar en una telenovela popular y de sostener un personaje complejo en una sala alternativa. Exploró otras tierras sin perder su identidad uruguaya y se ganó un lugar central en la escena argentina, demostrando que el arte no entiende de fronteras. Su obra, diversa y extensa, sigue siendo una referencia para las nuevas generaciones de actrices y actores de ambas orillas.
Adela Gleijer fue descrita por sus colegas e instituciones de ambas orillas del Río de la Plata como una presencia sólida, versátil y entrañable en el escenario, recordada tanto por su inmensa calidez humana como por su riguroso profesionalismo.
Por su parte, directores y críticos la definieron como una «maestra generosa» y un pilar luminoso de las artes escénicas, destacando que perteneció a una generación de oro para la cual la actuación no era una búsqueda de fama, sino un sinónimo estricto de compromiso ético, sensibilidad y coherencia. Su partida dejó una huella imborrable en la comunidad artística rioplatense, que la despidió con profundo respeto, reconociéndose como una referente fundamental y un ejemplo de amor al oficio teatral.


Sigue actuando con una vigencia y una polenta extraordinarias. Un orgullo para el teatro uruguayo.