La diálisis es un tratamiento que ayuda al organismo a eliminar el exceso de líquido y los productos de desecho de la sangre cuando los riñones ya no pueden realizar esa función. Su primera aplicación exitosa data de la década de 1940 y se convirtió en un procedimiento estándar para la insuficiencia renal en los años setenta, beneficiando desde entonces a millones de pacientes. Este tratamiento se puede realizar en un hospital, en un centro especializado o en el hogar, y la decisión sobre el lugar y el tipo más adecuado depende de la condición médica y las preferencias de cada persona.
La diálisis resulta útil en dos situaciones clínicas bien diferenciadas. Por un lado, en la lesión renal aguda, un episodio repentino de daño renal que ocurre en horas o días y que suele tratarse en el hospital con líquidos intravenosos; en casos graves, la diálisis puede ser necesaria durante un breve período hasta que los riñones se recuperen.

Por otro lado, en la insuficiencia renal crónica, cuando la función renal cae entre el diez y el quince por ciento, medido por un índice de filtración glomerular inferior a quince mililitros por minuto. En esta etapa, conocida como enfermedad renal terminal, los riñones ya no pueden mantener vivo al paciente sin ayuda adicional, y la diálisis solo reemplaza parte del trabajo de los riñones sanos, sin curar la enfermedad. Quienes padecen esta condición necesitarán diálisis el resto de su vida o hasta recibir un trasplante.
Existen dos tipos principales de diálisis. La hemodiálisis utiliza un dializador, una máquina de filtración, para extraer desechos y líquido adicional de la sangre y luego devolverla ya filtrada al cuerpo. Antes de comenzar, se requiere una cirugía menor para crear un acceso vascular, generalmente en el brazo, que permita extraer y retornar la sangre fácilmente. Los tratamientos suelen durar unas cuatro horas y se realizan tres veces por semana, aunque algunas personas necesitan más tiempo según sus necesidades específicas.
La diálisis peritoneal, en cambio, filtra la sangre dentro del propio cuerpo sin necesidad de una máquina. Se utiliza como filtro el peritoneo, la membrana que recubre el abdomen. Antes de iniciar, se coloca quirúrgicamente un catéter o tubo blando en el vientre.
Durante cada tratamiento, se llena la cavidad abdominal con un líquido limpiador llamado dializado, compuesto por agua, sal y otros aditivos. Al fluir la sangre naturalmente por la zona, el dializado actúa como un imán que extrae el líquido adicional y los desechos hacia el abdomen. Pasadas unas horas, se drena la mezcla a través del catéter. Los dos subtipos más comunes son la diálisis peritoneal ambulatoria continua y la diálisis peritoneal automatizada, que varían en duración, frecuencia y equipamiento necesario.
Ambos tipos de diálisis son igualmente eficaces para eliminar desechos y líquidos, aunque no sustituyen por completo todas las funciones renales y no curan la enfermedad. Para aumentar su efectividad, se recomienda completar los tratamientos según el calendario, seguir un plan de alimentación personalizado, realizar actividad física, consultar con el equipo sobre medicamentos, y comunicar cualquier efecto secundario.
Los efectos más frecuentes de la hemodiálisis incluyen presión arterial baja, calambres musculares, picazón y problemas de sueño; la diálisis peritoneal puede provocar infecciones en el catéter, hernia o aumento de peso. Muchos pacientes pueden mantener una rutina normal, viajar programando citas en otros centros e incluso volver al trabajo, aunque quienes realizan esfuerzos físicos intensos quizá deban cambiar de actividad. La adaptación familiar a la nueva rutina lleva tiempo, pero la diálisis suele hacer sentir mejor a las personas al eliminar los desechos acumulados entre sesión y sesión

