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El riesgo detrás del uso excesivo de analgésicos

Los medicamentos con derivados opioides son eficaces para tratar el dolor, pero su uso prolongado puede generar dependencia.

La adicción a los opiáceos golpea a todo el que no sabe controlar esta situación

Los analgésicos con opioides han permitido aliviar dolores que antes eran difíciles de tratar. Se utilizan en pacientes con dolor crónico, después de cirugías o en enfermedades graves. Su eficacia es real, pero también lo es su capacidad para generar dependencia. Cabe destacar que el uso excesivo de analgésicos afecta a la salud pública en dos ámbitos, el daño a los órganos por fármacos de venta libre y la dependencia química por sustancias bajo receta médica.

Medicamentos de consumo cotidiano como el paracetamol, el ibuprofeno o la aspirina se consumen muchas veces ante cualquier molestia física, sin considerar que el cuerpo tiene límites para procesarlos. El abuso de paracetamol es una causa principal de insuficiencia hepática aguda, mientras que el uso continuo de antiinflamatorios no esteroideos como el ibuprofeno daña la mucosa gástrica, provocando úlceras, hemorragias y deterioro de la función renal. Las personas suelen aumentar las dosis de forma unilateral cuando sienten que el comprimido habitual ya no les hace efecto, incrementando el riesgo de daño orgánico.

Los analgésicos crean dependencia

Estos fármacos actúan sobre el sistema nervioso central. Bloquean las señales de dolor, pero también activan áreas del cerebro relacionadas con el placer. Con el uso continuado, el organismo se adapta y necesita dosis más altas para lograr el mismo efecto. Eso se llama tolerancia. Cuando una persona intenta dejar el medicamento, aparecen síntomas de abstinencia: dolor, ansiedad, sudoración y malestar general.

El problema se agrava cuando los médicos recetan estos medicamentos sin un control estricto. En algunos sistemas de salud, la prescripción de opioides fue durante años demasiado flexible. Muchos pacientes recibieron tratamientos prolongados sin saber que estaban generando dependencia. 

Cuando las autoridades intentaron regular el acceso, ya había un número importante de personas con adicción. Sin poder conseguir los medicamentos recetados, algunos recurrieron a opioides ilegales, como la heroína.

El consumo de opioides ha crecido en distintas regiones. En algunos países, el uso de estos fármacos aumentó más del 80% en menos de una década. El perfil de los afectados varía, pero hay patrones comunes. Adultos jóvenes, en su mayoría varones, con bajo nivel educativo y, en muchos casos, en situación de vulnerabilidad. La adicción a los opiáceos no distingue entre clases sociales, pero golpea con más fuerza a quienes tienen menos recursos.

Este es un fenómeno que se ha extendido en varios continentes y que ha puesto en alerta a los sistemas de salud. Las cifras de muertes por sobredosis han aumentado en muchos países, y en algunos casos han superado a las causadas por accidentes de tránsito o violencia.

Los médicos deben prescribir estos medicamentos con criterio, evaluando los riesgos y haciendo seguimiento. Los pacientes deben ser informados sobre los efectos y la posibilidad de dependencia. Las autoridades sanitarias deben establecer sistemas de control que eviten el uso excesivo y el desvío de estos fármacos al mercado ilegal.

Los opioides son una herramienta útil en medicina, pero su poder debe ser manejado con precaución. No se trata de prohibirlos, sino de usarlos de forma adecuada. Un medicamento que alivia el dolor también puede generar problemas si no se controla su uso. 

El escenario cambia con los analgésicos opioides, como el tramadol, la oxicodona o la morfina. Estas sustancias, indicadas para dolores graves, actúan sobre los receptores del sistema nervioso central. Bloquean las señales de dolor y liberan dopamina, alterando los circuitos de recompensa del cerebro. A medida que el cerebro se adapta al fármaco, se desarrolla tolerancia, por lo que el paciente necesita dosis mayores para obtener el mismo alivio o para evitar el malestar.

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