Hay canciones que dejan de pertenecerle a sus creadores para transformarse en el ADN de una comunidad. En Uruguay, trazar un mapa de la identidad urbana, el candombe y la mística futbolera sin la firma de Mauricio Ubal es una tarea imposible.
Con casi cinco décadas de trayectoria en el cancionero popular, el exintegrante del grupo Rumbo y coordinador de la discográfica Ayuí-Tacuabé atraviesa un presente que prefiere la pausa al vértigo, la maduración artesanal de una melodía al bombardeo digital de los algoritmos.
En diálogo con Diario La R, Ubal desentraña las claves de un oficio que se juega tanto en el taller creativo como en el asfalto montevideano. Una de las claves que menciona es el paso del tiempo, que transforma la relación con la creación.
Para el creador de canciones como: Una canción a Montevideo, el presente se plantea desde un lugar despojado de las urgencias de los veinte años. «Ahora todo es más en este momento para mí, y desde hace un tiempo estuve más tranquilo en tanto a las actuaciones, las grabaciones. El camino se hace más lento, más reflexivo. Me tomo más tiempo», confiesa el compositor.
Esta desaceleración voluntaria no implica quietud, sino un cambio de ritmo necesario para mantener vivo el vínculo con el público: «Seguimos trabajando, haciendo canciones, pero no con el ritmo de épocas anteriores, sino un poco más de pausa», señaló.
El ejemplo más reciente de esta filosofía es «Cantora», una pieza que maduró durante años antes de ver la luz de forma definitiva hace apenas unas semanas. «Es un tema que yo compuse hace unos años. Lo grabamos y lo fuimos madurando, empecé a tocarlo y lo grabamos hace un par de años, y aun así después yo me tomé el tiempo para esperar a terminarlo, a mezclarlo bien, a masterizar», explica.
La canción se posiciona como la punta de lanza de un próximo EP (Extended Play) de cuatro o cinco temas proyectado para fines de este año, una modalidad que responde a los drásticos cambios en el consumo cultural.
El artista de 66 años, analiza la transición del formato tradicional de álbum de larga duración hacia las lógicas del streaming. «La modalidad de armar un disco de diez o doce canciones ha pasado a cambiarse por lanzamientos más periódicos de una o dos canciones, un muestreo más determinado», señala.
El año pasado, de hecho, fragmentó un disco en vivo en cuatro lanzamientos consecutivos. «En un mundo donde el bombardeo de lanzamientos es permanente, si sacás un disco de doce canciones es probable que se difunda la primera o la segunda y las últimas no las escuche prácticamente nadie. Ahí es que estamos cambiando el pulso», reflexiona.

“La poética del campito”
Hablar de Mauricio Ubal es evocar, indefectiblemente, la banda sonora del fútbol uruguayo. Con un repertorio de catorce o quince canciones dedicadas a esta temática, entre las que destacan «Al fondo de la red» y «Maravilla negra», el músico fue pionero en dotar de una mirada estética y poética a un ámbito que la música popular solía ignorar.
«Cuando yo arranqué a componer, el fútbol acá en Uruguay y en la región no era un tema que estuviera en la cabeza de los compositores como para que fuera utilizable para hacer canciones», recuerda el músico con más de 10 mil oyentes mensuales en Spotify. Sus primeros abordajes surgieron del juego infantil, de la experiencia lúdica de «jugar a la pelota en el campito”.
Durante la dictadura cívico-militar, el lenguaje futbolero funcionó además como una sutil herramienta de resistencia frente a la censura: «Hicimos un par de canciones con lenguaje futbolero, no hablando precisamente del fútbol en sí, sino utilizando el lenguaje para hablar de temas políticos y sociales. Estábamos en dictadura y nos arreglamos con eso para sugerir temas que la gente enseguida entendía de qué estábamos hablando».
Más tarde llegaría el homenaje exclusivo a la belleza plástica del juego con «Al fondo de la red», un clásico que trascendió fronteras y fue versionado por la banda argentina Bersuit Vergarabat.
Posteriormente, el proyecto 11 canciones en el área (2000), grabado junto a la murga Contrafarsa y centrado en la figura mítica de Leandro Andrade, consolidó su estatus de cronista deportivo-musical.
Sin embargo, el compositor marca una distancia tajante entre la mística integradora que devolvió el proceso de Oscar Washington Tabárez a la selección uruguaya y la realidad actual de las grandes competencias mundiales, fuertemente teñidas por intereses corporativos y geopolíticos.
«Mi intención con los temas tiene que ver con el ‘fútbol chiquito’, no tanto con esta cuestión de los mundiales y toda esta organización. Sino más bien con la situación del campito, del juego porque es lindo jugarlo, compartirlo y divertirse», subraya Ubal, quien observa con honda preocupación las irregularidades logísticas y políticas que rodean a las citas internacionales en el contexto contemporáneo.
«A veces te dan ganas de decir ‘¿sabés qué? No le doy más bola a esto’. Lo que pasa es que en Uruguay es muy grande el peso futbolero y es difícil salirte de eso, pero las situaciones que se dan son vergonzosas», sentencia.
Rodrigo Bentancur: “es un jugador que a uno le encanta”
Al ser consultado sobre qué futbolista actual de la Celeste rescata desde esa mirada de la gracia y la belleza estética del juego, como para dedicar una canción como lo hizo con Andrade, no lo duda: «A mí hay un jugador que me gusta mucho que es Rodrigo Bentancur. Cuando está bien físicamente, es un jugador que tiene todas esas características de delantero o armador, que a uno le encantan».

Nuevas generaciones
El ecosistema musical actual se juega en plataformas como TikTok e Instagram, un territorio dominado por las audiencias jóvenes que se agrupan en redes específicas, muchas veces al margen de los medios tradicionales de comunicación. «El partido de la gran difusión se juega ahí. Existen artistas que de repente no aparecen nunca en la radio y de repente van y te llenan un estadio. Se mueven en circuitos con unos códigos que a los que tenemos más de cuarenta años ya nos dejan afuera», analiza con honestidad.
«Lo más importante es que uno tiene que hacer lo que siente y de la mejor manera posible para no quedarte frustrado. Lo único que nos salva, en el fondo, es realmente hacer lo que uno quiera hacer a nivel técnico y artístico», señala.
Ese relevo generacional es observado por Ubal no como una ruptura, sino como parte de un flujo natural y continuo. «La música y las generaciones son como un oleaje; el que hace música hoy, tarde o temprano se va a parar en lo que hubo antes para proyectar hacia adelante. Lo veo como una cadena donde se van uniendo los distintos actores a lo largo de los años», describe.
Desde su rol como coordinador del emblemático sello Ayuí-Tacuabé, mantiene el compromiso histórico de la discográfica con la excelencia artística por encima de las modas comerciales, enfocándose en la música montevideana, el folklore, el candombe y el género murguero, mientras asume las nuevas lógicas de la producción independiente.
Aunque la institución preserva su perfil identitario y no ha incursionado en géneros urbanos como el hip-hop, Ubal celebra los cruces artísticos recientes y destaca el talento de figuras emergentes como Facundo Balta o el rapero Zeballos, quienes participaron en las revisiones colectivas de «Una canción a Montevideo».
«Estás hablando con ellos y al rato te das cuenta de que, naturalmente, va a haber una continuidad siempre. Por ese lado, la música nos sigue dando sorpresas y gente interesante que va a surgir; de eso no tengo ninguna duda», concluye con optimismo.

