El hospital como residencia de vida

Vidas encajonadas. Re ensamblajes y obras plásticas de Claudio Rama.

La salud no es un estado absoluto, sino un equilibrio precario y apenas momentáneo. Vivimos en una frontera inestable: la enfermedad, con su correlato de consultas, urgencias y visitas hospitalarias, no constituye apenas una interrupción indeseada del curso de la vida real —el trabajo, el estudio, el ocio—, sino una de sus estaciones inevitables. El hospital es también un estadio de nuestra biografía y de nuestro reloj cotidiano. Nacemos, vivimos y morimos en sus recovecos; allí esperamos, con temor y esperanza, más latidos y más oxígeno. Es una geografía olorosa de la existencia, marcada por la dinámica pendular y sorpresiva de alguna enfermedad que pone entre paréntesis todos nuestros otros calendarios. No compite con la vida cotidiana: la prolonga, revela y, a veces, la desnuda.

En sus salas, las horas se transforman en el goteo del suero, en pastillas, rondas médicas, análisis, quirófanos y resultados de diagnósticos tan angustiosos como interminables. Conectados a tubos por donde circulan transfusiones, drenajes, sueros, inyecciones y medicamentos; sometidos a revisiones, curaciones, tactos y aparatos colmados de indicadores, nos volvemos seres enredados en los circuitos técnicos de la vida. Esa conexión nos recuerda nuestra fragilidad. Nos advierte, con una voz silenciosa pero implacable, que no somos el cargo que nos honra, ni la historia familiar que nos trajo hasta aquí, ni la imagen social con la que solemos presentarnos ante los demás. En el hospital, el dolor y la enfermedad no reconocen jerarquías. Allí todos dependemos de especialistas, tratamientos, medicamentos, cuidados y de una espera que vuelve a medir el tiempo con otra escala.

Estar conectados no es solo un acto médico: es una condición existencial. Los fluidos que recorren nuestras venas y arterias nos recuerdan la dualidad fundamental de la vida humana. La vida y la muerte no se encuentran únicamente al final del camino; conviven como compañeros de cuarto que discuten en voz baja mientras intentamos dormir en la incomodidad de una camilla, obligados a encontrarnos con nosotros mismos.

El hospital es, entonces, un espejo. En él se devela nuestro débil envoltorio. Allí, entre la asepsia, el miedo y la esperanza, descubrimos la danza frágil de la existencia: atados a cañerías, drenajes o máquinas que nos vigilan, comprendemos, finalmente, la finitud de la naturaleza humana y lo que serán los últimos días.

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