Conversar con Héctor Laborde lo defino como un viaje, de esos que constituyen el traslado mismo, pero sin mapa, justo hacia el centro de la creación, donde el color deja de ser pigmento para volverse presencia y la forma se desprende del prejuicio para habitar la libertad. Como él mismo dice “es comprender que el arte no se mira, se habita, se dialoga, se sufre y se celebra”.
Nacido en Montevideo en 1943, Laborde no es un artista más en la constelación cultural uruguaya. Es, ante todo, un hombre que ha hecho del arte una forma de vida, no de vida entendida como sustento, sino como razón de ser. Hector Laborde regala a Diario la R una de esas conversaciones que se atesoran, de esas que funcionan así como el arte: “una transferencia espiritual».
Su paso por la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde ingresó a los diecinueve años, lo define como una inmersión en un ambiente revolucionario, donde el arte se entendía como servicio social y compromiso espiritual. “Bellas Artes para mí fue tal vez de las cosas más importantes que ha existido en Uruguay a nivel educativo. Tenía un carácter muy revolucionario, muy nuevo, donde se entendía el arte como una forma de servicio social”, recuerda.

Para él, la expresión es un concepto menor y a menudo malinterpretado. “Yo lo digo a los alumnos cuando me dicen ‘no sé dibujar’. Yo digo: sí, todos saben dibujar. Lo que pasa es que estás arrancado porque se te llenaron de prejuicios cosas que no te pertenecen.” El arte verdadero, el que él ha perseguido durante más de seis décadas, es un diálogo. Entre el artista y la materia, entre el trazo y el silencio, entre la obra y quien la contempla.
Esa generosidad radical recorre toda su trayectoria, lo cual respalda cuando afirma que él “no pinta para ser visto». Pinta para provocar una reacción creativa en el otro. “El arte es una transferencia espiritual. Yo doy vida a un papel o a una tela, pero esa vida no me pertenece. Es del otro.”
El encuentro con Pareja
Hablar de Laborde es hablar de Miguel Ángel Pareja, el maestro que marcó un antes y un después en su vida. El encuentro fue casi casual. Laborde, de veinte años, golpeó la puerta de la dirección. Pareja, calmo, de presencia extraordinaria, lo invitó a sentarse. Allí comenzó una amistad que duró hasta la muerte del maestro. Pero más allá del afecto, quedó la lección. “La primera vez que me corrigió algo me dijo: A esto le falta un rojo. Agarré un pincel y empecé a poner el rojo. Me dice: No. Agarró un papel, cortó un pedazo rojo y lo puso.” Esa anécdota encierra una enseñanza y es que el color no se aplica, se descubre. No se impone, se encuentra.
Laborde no duda al calificar a Pareja como el maestro más importante que ha dado Uruguay. “A nivel docente era ecléctico, respetaba las individualidades, no creía tener verdades absolutas.” Y esa enseñanza de libertad y respeto por la búsqueda personal es la que Laborde ha transmitido durante décadas como profesor universitario, donde alcanzó el grado 5 y el full time de investigación, publicando cinco libros sobre su propia experiencia pictórica.
Al mismo tiempo, recurre a una metáfora vegetal que desarma cualquier soberbia artística. “Si tú eres un manzano, das una manzana. Si eres un naranjo, das una naranja. El arte tiene que tener razón de ser. Una hoja seca en el suelo es extraordinaria, porque tiene razón de ser.” La autenticidad, para él, es la única vía. Y esa autenticidad no se logra imitando, sino excavando en lo propio, en lo sentido. “El arte reivindica al ser humano. No lo hace mejor, lo hace auténtico. Y auténtico ya es mejor.”
Laborde ha trabajado técnicas como la cerámica, serigrafía (fue serígrafo durante cuarenta años), pintura, animación y, desde hace más de dos décadas, arte digital. En esto último fue pionero en Uruguay. “El digital me cambió el mundo. Aprendí dibujo en digital mucho más de lo que aprendí dibujando toda mi vida, es una maravilla.” Laborde no ve contradicción entre lo analógico y lo virtual, al contrario, hace una interacción constante: escanea, transforma, vuelve a imprimir, modifica. “Hoy día siento la materia luz casi como si fuera color.”

“Obras en Construcción”
Hace cuatro o cinco años, Laborde bautizó todo su trabajo con un nombre que es también una declaración de principios: “Obras en Construcción”. La idea surgió de una observación de Pareja, que le dijo: “Vos dejás las cosas sin terminar”. Laborde lo reconoce. Tenía afán por hacer, por producir, pero un día se detuvo, revisó cincuenta años de pintura guardada y entendió que Pareja tenía razón. Entonces comenzó un proceso de reformular cuadros antiguos, repintar sobre ellos, dialogar con su propio pasado artístico como si fuera un intérprete que mejora una partitura.
“Yo soy artista y también soy artista-intérprete. Agarro mi cuadro como si fuera partitura y la mejoro. Mejoro lo que había planteado al comienzo que no supe ver como veo ahora. Esta capacidad de intérprete me ha llevado a mejorar cosas increíblemente. Antes siempre era peor lo que hacía. Ahora siempre es mejor, porque ahora sé ver mucho más.” Esa es la marca de un verdadero creador, el que se reinventa, cuestiona y reconstruye.
En los años setenta, Laborde fundó su casa-taller en Sayago, un espacio creado para hacer arte accesible a los sectores más pobres. Vendían tapices a bajo costo en ferias populares. “Era una idea muy anarca, pero queríamos compensar la falta de educación artística en ciertos niveles sociales.” Allí fue también donde Laborde, con una pequeña trampa cariñosa, logró que Pareja volviera a pintar después de años sin hacerlo. Le tendió un color mal puesto, lo invitó a corregirlo, y el maestro, casi sin querer, retomó el pincel. Esa fue su última etapa creativa, la de los caballos y las liebres. El homenaje que Laborde le rinde hoy no es el de un alumno a un maestro ilustre, sino el de un amigo espiritual a otro.

“Todas las personas son artistas”
Uno de los pensamientos más hermosos que Laborde comparte es que “todos hemos hecho arte alguna vez, sin darse cuenta. A veces el arte es una casualidad, porque todo está justo para que eso ocurra. El profesional es el individuo que elige ser artista como forma de vivir, no para ganarse la vida, sino de vivir. No hay que vivir del arte, hay que vivir para el arte.” Y esa entrega total, ese vivir para, es lo que convierte a Laborde en un faro en la escena cultural uruguaya. A sus 83 años, sigue pintando, sigue reformulando, sigue dialogando con el silencio. “Cuando pinto nunca estoy solo. Está el silencio, que es otro compañero. El proceso se sienta al lado mío. El silencio también habla.”
Laborde resume su búsqueda en dos palabras: forma y espacio. Por encima de la figuración o la abstracción -falsa dicotomía que él desmonta -, el arte es siempre figurativo (porque crea imágenes) y siempre abstracto (porque las imágenes no son la cosa). “El arte es gestual, tiene que ver con nuestra identidad física y espiritual, desde la caverna hasta hoy.” Y en esa gestualidad, en ese trazo que nace del contenido y no de la forma, Laborde encuentra su lugar en el mundo. “Yo nunca le di demasiada importancia a buscar la forma. Siempre busqué el contenido. Y cuando aparece el contenido, aparece la forma.”
Así, conversar con Héctor Laborde es, en efecto, un viaje. Un viaje al corazón de una práctica artística que no conoce el reposo, que se sabe inacabada, que se honra a sí misma en la construcción perpetua.





