La madrugada del 26 de julio de 1953, mientras las calles de Santiago de Cuba aún dormían, un grupo de 135 jóvenes se preparaba para lo que sería la acción más audaz de la oposición cubana hasta entonces. Habían elegido el cuartel Moncada, la segunda fortaleza militar más importante del país, como objetivo principal.
Simultáneamente, otro grupo atacaría el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en la vecina ciudad de Bayamo. La operación había sido planificada al detalle por Fidel Castro, un joven abogado de 26 años que lideraba la llamada “Generación del Centenario” -en honor al centenario del nacimiento del héroe nacional José Martí- y que buscaba desencadenar una insurrección popular que derrocara al gobierno de Fulgencio Batista.
La crisis que vivía Cuba desde el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 había radicalizado a amplios sectores de la población. Batista, que ya había gobernado el país entre 1933 y 1940, suspendió las garantías constitucionales y estableció una dictadura militar que reprimió a la oposición. Frente al inmovilismo de los partidos políticos tradicionales, Castro, entonces militante del Partido Ortodoxo, llegó a la conclusión de que la única vía para derrocar al régimen era la lucha armada.

El plan consistía en tomar por asalto la fortaleza y hacerse con su arsenal. Para luego distribuir las armas entre la población y dar inicio a una rebelión generalizada. Sin embargo, el factor sorpresa falló. Los asaltantes, que partieron desde la Granjita Siboney, una pequeña finca a las afueras de la ciudad, fueron descubiertos cuando una patrulla del ejército los interceptó en las inmediaciones del cuartel. El combate fue breve y desigual, los revolucionarios, inferiores en número y armas, no pudieron tomar la fortaleza. Se retiraron, pero la mayoría fueron capturados en las horas siguientes.
Lo que vino después fue una de las páginas más sangrientas de la dictadura. Batista ordenó una represión y la consigna fue ejecutar a diez revolucionarios por cada soldado muerto. En total, 62 de los asaltantes fueron asesinados. Entre ellos, Abel Santamaría, segundo al mando de la operación, quien fue torturado y ejecutado junto a otros compañeros. También cayó el médico Mario Muñoz Monroy, quien participó en el asalto y fue asesinado ese mismo día vistiendo su bata de galeno, sin haber disparado un tiro.
Los sobrevivientes, entre ellos Fidel y su hermano Raúl Castro, fueron sometidos a un juicio sumario. Pero el juicio, lejos de ser el final, fue el comienzo de la leyenda. El 16 de octubre de 1953, Fidel Castro pronunció su histórico alegato de autodefensa. El cual terminaría con una frase que se convertiría en el lema del movimiento revolucionario: “La historia me absolverá”. En su discurso, no solo defendió su acción, sino que expuso un programa de reformas sociales que incluía la restitución de la Constitución de 1940. Además de la reforma agraria, la industrialización del país y la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas. La fecha del asalto se institucionalizó como el Día de la Rebeldía Nacional tras el triunfo de la Revolución en 1959.
El asalto al cuartel Moncada fue, desde el punto de vista militar, una derrota. Pero desde el punto de vista político y simbólico, fue el punto de partida de un proceso que transformaría a Cuba y a toda América Latina. Como señaló Fidel Castro años después, aquella acción fue “la sentencia de muerte de la opresión neocolonial” en el país.
Los jóvenes asaltantes, en su mayoría trabajadores, obreros, campesinos y empleados, se convirtieron en símbolos de la resistencia y la dignidad. Su ejemplo inspiró a nuevas generaciones y su legado sigue vigente en las luchas por la justicia social en América Latina.
“Siempre es 26”, reza el lema que acompaña la fecha, y que debe significar, como señalan los historiadores, “superación de metas, realizaciones concretas, recordación de héroes, filosofía de lucha y mensaje de convocatoria perenne al cumplimiento de las tareas de la Revolución”.

