Las ciudades prometieron libertad y terminaron construyendo cárceles de jaulas. No tienen barrotes visibles sino paredes, puertas, pantallas y ventanas desde las cuales contemplamos otros encerramientos. Vivimos suspendidos unos junto a otros, separados apenas por centímetros de hormigón y, sin embargo, a distancias humanas cada vez mayores. Los edificios se levantan como inmensos palomares donde cada existencia ocupa los metros cuadrados que pudo comprar, alquilar o conquistar.
Cada espacio es un universo personal. En una, alguien mira la televisión y ve el mundo en imágenes. En otra, un niño juega solo con su muñeco y aprende que la compañía puede ser imaginaria. Una madre abraza a su hijo en su pequeño territorio de afecto. Un hombre empuña un arma cuidando la puerta. Alguien se entrena golpeando el aire en un improvisado ring de boxeo. Otro permanece conectado a una computadora navegando por el mundo a través de una red infinita desde su jaula. Todos estamos ocupados, persiguiendo nuestros desvelos y allí desde los refugios encontramos nuestro entretenimiento, trabajo o miedo. Nos realizamos y nos enajenamos en el encierro. Como los apartamentos y nuestras vidas, las jaulas tienen distintos tamaños: algunas permiten caminar; pero, otras, la mayoría, apenas respirar. Desde ellas se ve la ciudad y los riesgos y peligros urbanos y aunque estamos rodeados de personas, estamos solos. Abajo continúa otra vida. Pequeñas figuras caminan, trabajan, esperan, atraviesan calles o se desplazan dentro de automóviles y entre ellos el riesgo y los peligros urbanos.
Desde las nuevas alturas parecen miniaturas, piezas de una maquinaria cuyo sentido apenas alcanzamos a divisar desde nuestras jaulas encima de otras vidas enjauladas. A estos barrotes les llamamos hogar, seguridad y libertad. En el interior de ellos nacemos, amamos, trabajamos, consumimos, combatimos, nos entretenemos y envejecemos hasta que un día la jaula queda sin vida y nuevamente se vacía para recibir a otros presos y vidas.


