Sergio Abreu está a pocos días de dejar la Secretaría General de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), después de cumplir dos períodos consecutivos al frente del organismo. Llegó al cargo en 2020, en plena irrupción de la pandemia, y se va seis años después convencido de que América Latina necesita cambiar la forma en que entiende la integración. El excanciller uruguayo advierte que la fragmentación política, la burocracia y los déficits de infraestructura siguen frenando la integración.
Su balance se apoya en tres grandes áreas: facilitar el comercio, avanzar en la convergencia regulatoria y mejorar la infraestructura y la logística. A ellas sumó la transformación digital y el apoyo a las micro, pequeñas y medianas empresas.
Pero para Abreu el principal problema sigue siendo que América Latina intenta enfrentar los desafíos de un mundo nuevo con instrumentos concebidos décadas atrás. “Estamos con la cabeza del siglo XX pensando los problemas del siglo XXI”, resume en entrevista con Diario La R. Cuando asumió, la pandemia había dejado expuesta la fragilidad de la cooperación internacional. Las grandes potencias concentraron sus esfuerzos en sus propias necesidades y la crisis sanitaria profundizó las dificultades económicas y sociales. En ese contexto, Abreu identificó uno de los problemas estructurales de la integración: pese a décadas de acuerdos, el comercio intrarregional continúa teniendo un peso reducido. Su apuesta fue entonces priorizar la integración práctica por encima de la creación de nuevos discursos o estructuras.
Menos burocracia, más comercio
Una de las herramientas que deja en funcionamiento es una plataforma digital destinada a facilitar el acceso de las micro, pequeñas y medianas empresas al comercio regional. La iniciativa parte de un dato que considera central: existen unos 20 millones de micro y pequeñas empresas en la región, pero solamente una pequeña proporción participa del comercio exterior. La plataforma permite identificar corrientes comerciales, nomenclaturas arancelarias, preferencias y restricciones no arancelarias. También incorpora herramientas de inteligencia artificial para orientar al empresario. La idea es reducir una de las principales barreras para las pequeñas empresas: el acceso a información especializada. El mismo criterio se aplicó a la modernización de instrumentos comerciales. Abreu destaca, además, avances en la eliminación de obstáculos técnicos y requisitos de etiquetado en sectores como cosméticos y artículos para el hogar, así como el trabajo para transformar el certificado de origen en un documento digital. “Mi objetivo era la convergencia regulatoria”, explica.
Para el secretario general saliente, no tiene sentido hablar de integración mientras un camión puede permanecer varios días detenido en una frontera por trámites que podrían resolverse de manera anticipada y digital. Por eso también se avanzó en cuestiones vinculadas al transporte terrestre y ferroviario y en la armonización de requisitos sanitarios y fitosanitarios.

La logística como desafío
Sin embargo, Abreu considera que la agenda de la integración no termina en las aduanas. El próximo gran desafío es la infraestructura. “Si vos tenés un problema de costos de transporte, de logística, de transporte multimodal, todos esos costos hacen perder competitividad”, sostiene.
La discusión adquiere particular relevancia cuando América Latina busca aumentar sus exportaciones hacia China y otros mercados asiáticos. Para Abreu, no alcanza con producir a precios competitivos: hay que conseguir que la mercadería llegue a destino de manera eficiente.
Por eso observa con atención el desarrollo de puertos, hidrovías y corredores bioceánicos. Entre los ejemplos que menciona está el puerto de Chancay, en Perú, cuya infraestructura y digitalización considera una señal del rumbo que está tomando la logística internacional.
La competencia ya no se define solamente por quién produce más barato. También por quién mueve la mercadería con menor costo y en menos tiempo.
La Hidrovía y Nueva Palmira
En ese escenario, la Hidrovía Paraguay-Paraná ocupa un lugar estratégico. Abreu está culminando un trabajo denominado “Hidrovía 2030”, elaborado con participación de empresarios vinculados al sistema fluvial. Su diagnóstico es que la hidrovía tiene un enorme potencial, pero enfrenta problemas de gobernabilidad y coordinación entre los países.
La cuestión es especialmente relevante para Uruguay y Nueva Palmira.
Brasil, sostiene Abreu, está dando una importancia creciente al transporte fluvial, particularmente por el aumento de la producción de estados como Mato Grosso y Mato Grosso do Sul (centro oeste de Brasil) y la necesidad de encontrar alternativas al transporte carretero. El crecimiento de las cargas de mineral de hierro agrega otro elemento estratégico.
“Estamos hablando de decenas de millones de toneladas”, señala.
La posibilidad de aumentar esos volúmenes dependerá, sin embargo, de una combinación de factores: puertos, dragado, infraestructura, navegación y reglas claras. Abreu diferencia entre los operadores y la gobernanza. La ALADI puede aportar estudios, información y cooperación técnica, pero las decisiones sobre la conducción de la hidrovía corresponden a los Estados. Y allí aparece uno de los grandes obstáculos: estructuras institucionales demasiado lentas frente a una economía que avanza a otra velocidad.

Corredores y competencia por Asia
El mismo razonamiento se aplica a los corredores bioceánicos. Abreu considera necesario multiplicar las conexiones entre el Atlántico y el Pacífico para competir por los mercados asiáticos, aunque advierte que no todos los corredores ofrecen las mismas condiciones.
Los corredores carreteros son necesarios, pero sus costos pueden ser superiores a los de una hidrovía. Por eso plantea combinar transporte fluvial, ferroviario, carretero y portuario. “Una cosa son las políticas de los paralelos, que son Pacífico y Atlántico, y otra cosa es la política de los meridianos, que es la Hidrovía Paraná-Paraguay”, plantea. La competencia será por costos y tiempos de transporte, especialmente cuando China y Asia concentran una proporción creciente de la demanda mundial.
“Los presidentes intercambian más adjetivos que objetivos”
El problema, sin embargo, no es solamente económico. Abreu identifica una dificultad política todavía más profunda: la fragmentación de América Latina. “Los presidentes intercambian más adjetivos que objetivos”, afirma. A su juicio, la integración está condicionada por gobiernos que muchas veces privilegian la política doméstica sobre una estrategia regional de largo plazo. El resultado es que países que comparten infraestructura, mercados y recursos terminan enfrentados por decisiones coyunturales.
Para Abreu, la región carece de pensamiento estratégico de mediano plazo. “Antes de la próxima generación está la próxima elección”, resume. A las diferencias políticas se suman las asimetrías entre los países grandes y pequeños y las diferencias de productividad y desarrollo tecnológico. Abreu identifica tres grandes brechas: la productiva, la digital y la social. A ellas agrega la brecha política.
Un mundo que cambió
El contexto internacional hace todavía más urgente esa discusión. Abreu considera que la disputa entre Estados Unidos y China está modificando las reglas del comercio mundial, pero advierte que el fenómeno no puede explicarse solamente por Donald Trump. Trump representa una expresión del giro proteccionista estadounidense, pero detrás existe una transformación estructural: China se convirtió en una potencia comercial global y amplió sus vínculos con numerosos países. Para América Latina, la respuesta no debería ser el alineamiento automático.
“Nosotros no tenemos que alinearnos con nadie”, sostiene. La prioridad, afirma, debe ser defender el derecho internacional y los intereses propios.
Mientras el sistema multilateral de comercio pierde fuerza, aparecen nuevas rutas, tecnologías y centros de poder. Abreu menciona incluso el futuro desarrollo de la navegación por el Ártico, que podría modificar las rutas marítimas y los costos del transporte entre Asia y Europa. El mapa comercial mundial está cambiando y América Latina deberá adaptarse.
Energía, seguridad y reglas
La agenda de integración, sostiene Abreu, también debe incorporar cuestiones que trascienden el comercio. En materia energética, considera que el desafío no está solamente en aumentar la generación, sino en desarrollar una red regional de transmisión eléctrica que permita complementar los recursos de los distintos países. Uruguay cuenta con una matriz basada en fuentes renovables; Argentina dispone del potencial gasífero de Vaca Muerta y Brasil tiene una importante capacidad hidroeléctrica. Para Abreu, existe espacio para una estrategia regional que conecte esos recursos. Pero también advierte sobre otro problema: la seguridad. El crimen organizado y el narcotráfico generan, según su diagnóstico, una pérdida de soberanía territorial en zonas donde el Estado deja de tener control efectivo. El fenómeno trasciende las fronteras y mueve enormes recursos económicos.
Junto con la seguridad física aparece la seguridad jurídica, que define como “el talón de Aquiles” de la región. “Si vos no tenés seguridad jurídica no vas a tener inversión”, afirma. En un mundo donde se debilitan las reglas multilaterales, la previsibilidad se vuelve un activo fundamental para atraer capital y desarrollar infraestructura. Para Abreu, comercio, inversión y empleo forman parte de una misma ecuación: “Si no hay inversión, no hay comercio; si no hay comercio, no hay empleo; y si no hay empleo, no hay paz social”.

