Hay una vieja costumbre uruguaya que vuelve a aparecer cada vez que un presidente prepara su viaje a Nueva York: transformar su presencia en Naciones Unidas en un acontecimiento de dimensiones internacionales que, en la realidad, está muy lejos de tener.
Yamandú Orsi se prepara para participar nuevamente de la Asamblea General de las Naciones Unidas y desde el Gobierno se ha planteado la importancia de llevar allí la voz de Uruguay, incluso procurando previamente intercambiar posiciones con los líderes de los partidos políticos. El propio presidente ha señalado que pretende transmitir lo que Uruguay es en el mundo y reivindicar su historia y sus vínculos. Todo eso está bien.
Lo que no está bien es sobredimensionar.
La Asamblea General de la ONU es, sin duda, uno de los grandes escenarios diplomáticos del planeta. Allí hablan presidentes, primeros ministros y jefes de Estado de países que representan poblaciones de cientos de millones de personas, potencias militares, economías gigantescas, bloques regionales y actores decisivos de la política internacional.
Y también habla Uruguay.
Pero una cosa es tener derecho a la palabra y otra muy distinta es tener capacidad de incidencia.Ese matiz parece olvidarse con demasiada facilidad.
Los discursos presidenciales en la Asamblea General tienen, en términos generales, un valor político y diplomático, pero rara vez modifican por sí mismos el curso de los acontecimientos internacionales. Las guerras no terminan porque un presidente pronuncie un discurso. Las grandes potencias no modifican sus estrategias porque un mandatario latinoamericano formule una aspiración. Los conflictos comerciales, las disputas geopolíticas, las alianzas militares y las decisiones económicas se resuelven en otros ámbitos, mediante negociaciones, intereses y relaciones de poder.
La ONU ofrece el escenario. El mundo real determina cuánto pesa cada voz.
Uruguay tiene una tradición diplomática que merece ser defendida. Tiene credenciales democráticas, institucionalidad, una historia de participación en organismos internacionales y una reconocida vocación multilateral. El propio Orsi ha reivindicado esa tradición y, en su anterior discurso ante la Asamblea General, presentó a Uruguay como un país dispuesto a promover el diálogo, la mediación y la construcción de paz.Es una política exterior legítima y, además, conveniente.
Pero de ahí a presentar cada intervención presidencial como si Uruguay estuviera a punto de convertirse en un actor central del tablero mundial existe una distancia enorme.
Hay que recuperar el sentido de las proporciones.

