Devoto: ¡Libertad, libertad, libertad! Vicente López y Planes

1

 Nunca me sentí tan libre como en la cárcel. Me di cuenta de a poco, un sábado de mañana. A las siete entré en el bar a dejar unas moneditas y retirar el número de ingreso. Todavía no había nadie, pero los veinte primeros lugares estaban reservados. Después, me coloqué contra la pared a esperar que abrieran la puerta. Desde allí y hasta el pabellón había una hora y media lenta, burda, burocrática y desconfiada. Me palparon y después pasé por el detector. Di mis datos y dejé los documentos, el reloj, el anillo, la cadenita y el cinturón. Todo fue a parar a una bolsa con mi ficha. Mi abuela tenía un Despojador, una especie de cenicero de vidrio con un obelisco donde ensartaba antes de acostarse sus aros, pulseras, collares y anillos. Ella estaba lista para descansar recién cuando se había quitado esa carga. Yo me sentí más fuerte luego del despojo: avancé por esas galerías anchas, cortadas cada tanto por una pared de rejas y sentí la mano protectora del encierro. aspecto vulgar, mediana estatura y sin apéndice, bajás rendido, imaginando que allá arriba se matan a besos, cebadas con caricias de terciopelo, festejando en el nidito de amor la flamante libertad que se les abre de piernas. 

2

Nombre y apellido, número de documento y edad. Después: los dedos por favor, y se limpia con este trapo cuando termina. La siguiente habitación estaba bordeada por unos estrechos gabinetes que parecían baños públicos. Un guardia esperaba en la entrada de cada uno. —Sáquese la ropa… Bien. Súbase las bolsas… Bien. Dese vuelta… Bien. Cuando separé las nalgas, miró adentro con una linterna como un inspector que otea, farol en mano, al ladrón que quizás se esconde en el fondo del pasillo. Miró en mis orejas como si buscara confirmar los síntomas de una otitis y me pidió que al abrir la boca corriera la lengua para los costados, que la pegara al paladar, que la sacara todo lo que pudiera… No quedaba un solo lugar: el guardia, sin que yo supiera por lo menos su nombre, conoció mi cuerpo como nadie. ¿Cómo funcionará en las cabezas de los pesquisantes eso de tomar el cuerpo como un escondite? Para cerrar la operación, hizo un escaneo somero de las axilas, del espacio entre los dedos, incluso del pelo. —Vístase. Me quedaba seguir caminando, ya libre, dentro del penal. 

3

Por el hueco enjaulado de la escalera subía un tufo a podredumbre dulzona que todavía conservo y en los descansos enrejados, las caras emparrilladas de los condenados. Marcelo estaba en una celda con ciento cincuenta personas. Un salón de cuarenta metros por veinte con un techo altísimo. Había una apretada fila de cuchetas de cada lado, divididas en conjuntos irregulares por frazadas o sábanas colgadas. Cuando hay visitas, no puede haber ningún problema: los delincuentes cumplen a rajatabla las leyes no escritas. Respiré la paz que solo pueden asegurar los criminales. Marcelo y yo nos dimos un abrazo y él me llevó hasta una mesa de plástico para conversar con su grupo de compañeros. Había facturas en un plato y tomamos unos mates amargos cebados por un muchacho pálido y mudo, que permaneció parado al costado de la mesa mirándonos solamente cuando le devolvíamos el mate vacío. Yo no pregunté nada. 

—Qué paz se siente acá. —le dije a Marcelo. 

—Y… sí —me contestó. —Acá no te pueden meter preso. 

Todos largaron la risa. 

4

Marcelo me contó que la tranquilidad era una tortura. —Lo mejor —me dijo— es estar peleando por algo. Cuando hay problemas estás metido, pensando en que no te apuñalen, en que no te roben la tarjeta de teléfono, en no perder poder… Cuando no hay drama, te comés la cabeza pensando en lo que pasa afuera… En tu familia, en tu mujer, pensás en la libertad y te volvés loco… —hizo un silencio, algunos se miraron — Por eso es mejor que se pudra todo —concluyó. 

Otra vez largaron la risa. 

5

La cárcel es una de las vanguardias del idioma. Cada tanto escucho en la calle algún término novedoso que oí hace tiempo en Devoto. Allí fue la primera vez que escuché “cuando me quiso aplicar mafia, lo corté”. 

6

Para salir, repetí el proceso con mínimas diferencias. Al final, a unos metros de la gran puerta de hierro, cuando vi por debajo la luz de la calle y escuché el rumor de los autos que pasaban, me desesperé. Era como un salvaje. Incluso comenzó a molestarme todo y empecé a sentir asco de la proximidad de los demás visitantes. A un metro de la puerta, un paso antes de que el último guardia abriera después de echarme su mirada de halcón, pensé que, si se retrasaba la apertura por algún motivo, si algo impedía que saliera en los próximos cinco segundos, iba a empujarlo, a correr el gran pasador y a escapar. Quería calle. Quería el peligro de estar suelto.

7

La quinta vez que visité a Marcelo empecé a dejar el auto a diez cuadras de la entrada: quería volver caminando y aprovechar mientras tanto para pensar en el ruido de las rejas, en el espantoso busto de Juan Vucetich colocado sobre un estante en el área de Identificación, en el paisaje chillón de un cuadro horrible pintado por alguien con apellido ruso, pero además para tratar de descifrar la sensación de paz que había sentido durante la visita, la seguridad que palpaba rodeado de delincuentes en el pabellón y sobre todo, y al mismo tiempo, para saborear el placer de dar esos pasos, de volver a pisar la vereda. Recuerdo que durante las lentas caminatas hacia el auto doblaba en una esquina y daba unas vueltas caprichosas por el barrio, incluso me alejaba varias cuadras y luego corregía la dirección hacia donde lo había estacionado. ¿Es eso? ¿Eso es la libertad: poder hacer algo inútil, sentir que podría hacer lo que quisiera, aunque fuera una estupidez? 

8

Marcelo Héctor Di Paso había sido condenado por comprar un camión de remedios robado. Era dueño de dos farmacias y, según la causa, le ofrecieron la carga y compró. Tenía para dos años y medio, pero al año de estar encerrado, le devolvieron la libertad. A la semana de estar libre, nos fuimos a comer y no paró de hablarme de Cristo: sobre todo de la Virgen. Al despedirnos, me regaló una estampita de un santo. Ya no me acuerdo, pero creo que era San Jorge. 

—Es milagroso… Creé —me dijo, tratando de romper mi exagerada indiferencia hacia las criaturas divinas. 

La verdad es que Marcelo era parte de la banda: estaba a cargo del plan, adquiría los fondos para el robo, negociaba los porcentajes de cada uno y además, definía la fecha más conveniente para el golpe. Yo entraba al final: era el que conseguía las facturas de compra. Esa noche, después de comer y fumar, nos abrazamos en la calle y cada uno se fue por su lado para siempre

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