Hoy, desde Argentina sostienen un espacio de escucha anónimo, militancia pública y la premisa de que cuidar la infancia es una responsabilidad de todos. Dos historias y una certeza que mueve montañas y es que el abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes es un problema social.
Fue en 2012 cuando dos caminos de lucha se cruzaron y decidieron darle voz a esta causa desde sus propios testimonios. Silvia Roxana Piceda venía de defender a su hija de un progenitor abusador. También de pelear contra un Poder Judicial que, en lugar de protegerlas, las revictimizó hasta obligarlas a huir de su casa y vivir clandestinas. Sebastián Cuattromo, por su parte, acababa de condenar a su agresor, un sacerdote y docente de un colegio marianista de Buenos Aires que abusó de él y otros compañeros en la infancia. Doce años de cárcel para Fernando Picciochi, después de un juicio oral y público que Sebastián logró luego de más de una década de silencio.

Dos historia, un camino
Cuando se encontraron, no sólo se enamoraron, también unieron la convicción de que el abuso es un asunto político, cultural, colectivo. Y para enfrentarlo hay que salir a la escena pública sin vergüenza, pero con mucho cuidado. Así nació, ese mismo año, Adultxs por los Derechos de la Infancia. Una asociación que desde entonces sostiene las dos grandes misiones de visibilizar para concientizar, y acompañar solidariamente a víctimas y protectores.
Silvia empezó armando grupos de mamás, mujeres que, como ella, habían tenido que salir a cuidar a sus hijas e hijos de progenitores abusadores y, al mismo tiempo, de jueces y juezas que ordenaban revinculaciones forzadas. “Cuando un padre o una madre abusa, automáticamente deja de serlo. Por eso les decimos progenitores”, explican. Asimismo refirió que la justicia real, la de los tribunales, sigue siendo una de las deudas más grandes que aún queda por saldar, “no puedes encontrar más violencia donde buscas refugio. Por eso tuve que salir alrededor de cincuenta kilómetros de una zona rural hasta la Ciudad de Buenos Aires. Muchos años sin poder volver”.
Por otro lado, Sebastián había llegado a la condena de su agresor tras años de militancia. Cuando su caso se volvió público, otros sobrevivientes empezaron a escribirle. También madres y padres protectores. “Ahí entendimos que no éramos casos aislados”, dice. “Que éramos del 20% de la población, como marcan las estadísticas de la UNICEF y OMS”. Ese porcentaje significa que uno de cada cinco niños, niñas o adolescentes sufre abuso sexual. Y entre el 90 y el 95% de los casos, el agresor es alguien de su entorno cercano, alguien de confianza.
Grupo de pares
Todos los sábados del año, a las 15 horas (hora Argentina), un grupo de personas se conecta de manera virtual. No importa en qué país o continente te encuentres, se reúnen sobrevivientes adultos, madres o padres protectores, personas que sufrieron violencia en la adultez y necesitan un lugar para hablar. “Es un espacio de pares anónimo. Es un lugar de encuentro, escucha y diálogo respetuoso, empático, solidario”, describen. Allí no hay terapeutas, no hay jueces -hay pares- , hay gente que ya estuvo en ese lugar de miedo, culpa y vergüenza. Y que sabe, porque lo vivió. Y que romper el aislamiento es el primer paso para empezar a sanar.
Esa herramienta, es el corazón de Adultxs por los Derechos de la Infancia. Y también lo que más comparten cuando recorren pueblos, ciudades y países: “Es muy fácil generar estos espacios, no se necesita infraestructura, se necesita voluntad y empatía”.

Hablar en público de lo que duele tiene un costo emocional, por eso son extremadamente cuidadosos con la salud mental de quienes integran la asociación. “En la parte comunicacional asumimos nosotros dos» , explica Silvia. “Algún compañero o compañera da el paso a la exposición pública, pero es un proceso. Se trabaja mucho, se aprende. No es para cualquiera ni en cualquier momento”.
Pero también hay quienes, después de sentirse contenidos, eligen dar el salto. Como Vera Iuguenburg ella llegó al grupo con alrededor de 80 años. Había visto a Sebastián en los medios y sintió que por fin podía ponerle palabras a los abusos que sufrió de niña por parte de su progenitor. Vera se convirtió en un pilar del grupo, una referente de sabiduría. Antes de fallecer, logró que el Estado argentino le pidiera disculpas por no haberla protegido cuando era chica. Una conquista enorme, íntima y colectiva a la vez.
Historias como la de Vera están reunidas en un libro que ya es parte del andar de la asociación: “Somos sobrevivientes. Crónicas de abuso sexual en la infancia”, editado por Alfaguara. Lo escribieron ocho destacados escritores argentinos -Claudia Piñeiro, Sergio Olguín, Félix Bruzzone, Claudia Aboaf, Gabriela Cabezón Cámara, Juan Carlos Kreimer, Fabián Martínez Siccardi y Dolores Reyes- a partir de los testimonios reales de integrantes del grupo. Algunos relatos usan nombres ficticios, otros son públicos. Todos con el mismo respeto por los tiempos y las decisiones de cada persona.
“La literatura para desarmar tabúes nos parece magnífico”. Y sueñan con que artistas plásticos, músicos, cineastas se sumen a romper el silencio desde sus disciplinas. Pero el llamado también es para la sociedad en general. “No hace falta cambiarle toda la vida a alguien”, reflexionan. “Un gesto de cuidado, una palabra amorosa a tiempo, estar atento a conductas de riesgo en un niño o adolescente, acercarse, mostrar que el sufrimiento infantil no te es indiferente: eso cambia absolutamente la vida de quien está sufriendo”. Y agregan: “Los abusadores no son invencibles. Actúan en base al silenciamiento, a que no tomamos postura, a que no nos unimos las personas de buena voluntad. Cuando nos organizamos, podemos”.

La deuda de la Justicia
En la asociación sostienen que el abuso contra las infancias es el delito más impune del planeta. Menos del 10% de los casos llega al Poder Judicial. Y de ese porcentaje, solo uno llega a una condena. El 99% queda en la nada y lo peor es que muchas veces, por orden judicial, se obliga a niños y niñas a revincularse con sus agresores denunciados.
“Por eso nuestra presencia es permanente”, dicen. “Solo con presión social se fuerza a la justicia a cambiar prácticas”. Frente a ese panorama, una herramienta se vuelve central es la Educación Sexual Integral (ESI). La ley en Argentina es de 2006, pero su aplicación real sigue siendo una deuda enorme. “Recorremos el país y vemos gobiernos de distintos signos políticos que no capacitan a docentes, no comprometen a las comunidades educativas”, alertan.
Y sin embargo, insisten: “La ESI es una herramienta hermosa porque permite que los chicos expresen sus emociones, que hablen con confianza. Si los docentes están capacitados, van a saber ver los dibujos, los juegos, los cambios de actitud. Los niños nos gritan sin palabras. Solo hace falta aprender a escuchar”.
Sebastián afirma que “una vez que un delito sale a la luz, comienza la recuperación”. Lo aprendió en carne propia. “Para criar a un niño o niña hace falta una aldea. Y en esa aldea somos todos: vecinos, docentes, periodistas, jueces, madres, padres, abuelos. Defender la infancia es tarea de cada uno”.


En los centros educativos se debe abordar el tema por especialistas psicólogos y el primer punto es que los chicos deben saber a quiénes acudir en un momento crítico Tener a un adulto de confianza que les crea Sea un familiar o un maestro También deben saber que pueden enviar un correo a lineazul@inau.gub.uy donde pueden contar lo que a veces no pueden hacer en forma presencial
Corrijo lineaazul@inau.gub.uy